miércoles, 11 de julio de 2018

El regreso





El regreso  
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Por unos minutos me estiré cuan largo era y bostecé hasta dolerme la quijada; después miré lentamente a mi alrededor, reconociendo el oscuro callejón donde me parecía haber pasado la mayor parte de mi vida, aunque yo sabía que no habían transcurrido más de unas cuantas horas desde mi aparición en ese lugar.
       Un compañero ocasional me preguntó: « cómo me sentía» a lo cual le respondí: «como nuevo». Y era verdad; me encontraba rejuvenecido, lleno de energía, como en mis mejores tiempos. Pero algo estaba mal y trataba de abrirse paso en mi cerebro, algo me angustiaba y molestaba porque no podía hacerlo consciente en mi mente. Miré hacia un extremo del callejón, más allá de donde pasó veloz una enorme rata erizándome los pelos de la nuca, aunque por alguna extraña razón me abrió el apetito. Ahí, la callejuela desembocaba en una avenida poco iluminada, por la cual transitaban varios vehículos en ambos sentidos y alguna que otra persona trasnochada caminando con rumbo desconocido. No obstante, me dirigí hacia la luz sintiendo una imperiosa necesidad de ir algún lado, el cual no podía recordar por más esfuerzos que hacía.
       Al llegar a la bocacalle miré en ambas direcciones y me pregunté: « ¿Y ahora para dónde me dirijo?» Mientras indeciso volteaba a uno y otro lado, algo dentro de mí me indicó la dirección que debía tomar, y hacia allí me dirigí sin saber con certeza la razón.
       No sabía la hora, pero la larga calle cada vez se veía más desierta, y ya solo era transitada por algún automóvil solitario interrumpiendo el silencio de la noche mientras se perdía a la distancia. Algunos negocios mantenían iluminados sus escaparates adornados con luces y motivos decembrinos, al igual que unas pocas ventanas de los edificios adyacentes estaban decoradas con algún adorno Navideño. En tanto algunos restoranes, de los que permanecían abiertos toda la noche, lucían también ornamentos de la temporada y albergaban a dos o tres clientes trasnochados.
       La banqueta y el pavimento de la calle se encontraban mojados y con pequeños cúmulos de nieve ennegrecida negándose a derretirse, restos de la reciente nevada caída en toda la ciudad durante varias horas consecutivas. A pesar de ello no sentía demasiado frío y solo me agobiaba la creciente angustia de ir algún lado, necesidad que se resistía hacerse consciente. De pronto, la decoración Navideña del escaparate en una tienda de juguetes me iluminó el cerebro, y con sus luces centelleantes me hizo recordar lo escondido dentro de mi cabeza. Ahora sabía con claridad lo que deseaba, con un fervor tan intenso que me estrujaba el corazón. Debía reunirme con mi nieto esa misma Nochebuena como se lo había prometido no hacía mucho tiempo, y antes que mi familia terminara de cenar y mi nieto Sebastián se fuera a dormir desilusionado por mi ausencia. A pesar ser solo un niño de cinco años, era muy inteligente y no era fácil engañarlo. Cualquier pretexto para justificar mi falta no lo consolaría.
       No obstante desconocer la hora, sabía que esa noche era Nochebuena y lo único por hacer era apresurarme para llegar a mi hogar lo antes posible. Comencé a trotar lo más rápido posible con mis renovadas piernas, manteniéndome cerca de los muros como parecía ser mi reciente costumbre, algo hasta entonces desconocido por mí. Mientras corría pensé en mi nieto Sebastián, en su carita tan expresiva, en sus grandes ojos color miel siempre mirándome con tal profundidad que nos permitía comunicarnos muchas veces sin hablar, sabiendo de alguna manera que éramos afines y compartíamos una inexplicable armonía espiritual, a pesar del contraste de nuestras edades. Él era casi un bebé y yo un anciano agotado.  
       En mi mente lo vi poniendo gran atención cuando me preguntaba algo y yo se lo explicaba como si fuese adulto, con la certeza de saber que él me entendería. Lo observé concentrado jugando con sus juguetes y platicando con ellos, y enojado cuando no le permitía hacer alguna travesura. Sonreí recordando las veces cuando al ver algún comercial en el televisor anunciando un juguete, me preguntaba: « ¿Abuelo, me compras ése?» y yo le respondía « ¡Síííí!» Entonces con su vocecita me daba las gracias con ternura, conformándose tan solo con la promesa. ¡Dios mío! amaba tanto a ese niño que no había nada no hiciera por él. 
       Pronto las avenidas se convirtieron en calles y estas, como en un laberinto confuso, me llevaron casi sin darme cuenta al fraccionamiento residencial donde había pasado la mayor parte de mi vida y de inmediato reconocí. Como ahora me movía en terreno conocido decidí tomar un atajo y, aunque había cierto riesgo de toparme con algún perro poco amigable, salté la cerca que me llevaría por el patio trasero de una residencia hasta el callejón posterior de varios bloques de viviendas, acortando la distancia hasta mi hogar.
       Corrí en medio de la oscuridad, asombrado por poder distinguir hasta los detalles más pequeños de los objetos amontonados en el corredor de los traspatios residenciales, con una capacidad visual desconocida por mí hasta entonces. No obstante desplazarme en completo silencio, de improviso un perro labrador, enorme y furioso, se me abalanzó tratando de morderme. Para mí fortuna una malla ciclónica lo contuvo, impidiendo a sus colmillos amenazantes incrustarse en mi anatomía; sin embargo, no pude evitar que esta vez se me erizaran los pelos de la espalda y exclamara un extraño sonido. Después del susto continué corriendo sin sentir cansancio, hasta llegar a la inconfundible calle donde se encontraba mi hogar. Pronto distinguí la fachada de mi casa y en un instante estuve frente a su puerta, pero ahí comenzaron mis verdaderos problemas, nadie parecía escuchar mis toquidos ni mis gritos; sin embargo debo reconocer que me sonaban raros y hasta a mí me parecían incomprensibles. Al asomarme por el ventanal de la sala comenzaron a caer grandes copos de nieve empañando los vidrios, pero aún así pude distinguir una escena sobrecogedora: mi esposa se encontraba sentada en un sillón, mostrando en su cara una tristeza que no podía ocultar. Mi hijo Santiago trataba de consolarla, y mi nuera Karla atendía algunos vecinos y amigos, quienes ahora me parecían una parte importante de mi vida. En ese instante y tal vez por el frío, comprendí lo imprescindibles que eran esos momentos abrigadores en compañía de mis seres queridos, haciéndome reconocer lo estúpido que había sido por sentir frustración y deprimirme por no poder tener una residencia más grande, un automóvil último modelo, por no lograr el reconocimiento de la gente o no ser famoso y millonario. Ahora me arrepentía no haber disfrutado lo suficiente de todo lo que sí tenía, el no haber estado más tiempo en compañía de mi esposa y mi hijo con el pretexto y la justificación de trabajar mucho para ellos, y el corazón me dolió por los momentos perdidos lejos de mi nieto, al estar concentrado en conseguir lo que en realidad no era tan importante.
       Pero todo eso cambiaría, desde ese momento emplearía todo mi tiempo en disfrutar a mi familia y amigos por el resto de mi vida. Una vez más traté de llamarles la atención a mis familiares y conocidos reunidos tras la ventana de la sala, pero todo fue inútil, nadie parecía escucharme. Como mi prioridad era encontrar a mi nieto Sebastián y lo más sensato era que a esa hora estuviera en su habitación dormido, me dirigí corriendo al patio trasero de la casa y por las ramas del viejo sauce trepé como felino hasta el tejado lateral de la cochera. Por un instante creí resbalar en la nieve blanda empezando acumularse, pero de manera inusitada mis manos y pies se sujetaron a los bordes de las tejas, y con asombrosa agilidad llegué hasta la ventana del cuarto de mi nieto.
       Golpeando los vidrios congelados de la ventana y volviendo a emitir los extraños sonidos saliendo de mi garganta, le rogué a Dios para que Sebastián sí me escuchara. No pasó mucho tiempo para percibirse movimientos dentro del cuarto y, de pronto, distinguí su rostro ingenuo y hermoso tras la ventana intentando ver quién le estaba llamando con tanta insistencia. Después de limpiar el vaho del vidrio me miró asombrado, y un tanto confundido tardó en reconocerme, pero al fijar sus  sus ojos en los míos de inmediato abrió la ventana para permitirme el paso, gritando con alegría: «Abelo, shí legaste».
       Adentrándome en la recamara y mientras me comenzaba a reconfortar con el calor imperando en su interior, le respondí: «Claro, ¿acaso pensaste no iba a cumplir mi promesa?». «No abelo, yo shabía ibash a venil ¿Ya legó Shanta?» Me inquirió ansioso en tanto me abrazaba saltando de gusto. «No y no lo hará mientras permanezcas despierto a estas horas de la noche; ahora nos vamos a la cama de inmediato» Le expliqué, al mismo tiempo que nos acurrucábamos cubriéndonos con los gruesos cobertores. Sin poderse contener más, volteó su carita mirándome fijamente a los ojos y me preguntó: «¿Qué eshtá pashando abelo, polqué ahola eles…?”. Tapándole la boca con mi mano le callé y regresándole la mirada traté de calmarlo, diciendo: «Mañana te lo aclaro todo, ahora debes dormirte para que llegue Santa Claus» Aunque yo mismo no sabía explicarme lo que estaba sucediendo.
       Obedeciéndome cerró sus tiernos ojitos y más tranquilo fue conciliando el sueño, hasta quedarse paulatinamente dormido un poco inquieto. Soñoliento lo observé por un buen rato, rebosando de amor por ese pequeño ser representando la continuidad de mi descendencia.
       No sé cuánto tiempo transcurrió, pero la casa se encontraba en completo silencio y me parecía que se aproximaba el amanecer y pronto el sol trataría de penetrar por entre las nubes plomizas, en un vano intento por calentar el nevado paisaje. Miré a mi pequeño Sebastián dormido a mi lado, y más calmado comencé a meditar sobre lo sucedido unas horas antes. Todo me parecía confuso, y al parecer lo único en quedarme bien claro desde el principio era la necesidad de reunirme con mi nieto y así cumplir con mi promesa hecha no hacía mucho tiempo. Al pensar en ello, con lentitud los vagos recuerdos comenzaron a tomar forma y de repente me vi en la cama del hospital donde me habían llevado de emergencia, después que me desvanecí al sentir un fuerte dolor en mi pecho y como si una corriente eléctrica recorriera todo mi cuerpo, adormeciéndome poco a poco hasta perder el conocimiento.
       Cuando volví en mí me sentía mareado y confuso. Me dolía todo el cuerpo como si me hubiese pasado por encima un pesado camión. Por un buen tiempo solo percibía un fuerte olor a medicinas, enfermeras moviéndose de un lado a otro y de vez en cuando algún médico auscultándome minuciosamente. Más tarde me sentí mejor, cuando por fin reconocí el rostro de mi esposa amada, la compañera de toda mi vida en las buenas y en las malas, y mi alegría fue completa cuando mi hijo me acercó a mi nieto Sebastián, para darme un prolongado beso en mi mejilla y un fuerte abrazo “del oso” como él y yo lo llamábamos.
       No pudieron quedarse mucho tiempo por mi estado delicado. El médico había hecho una excepción dejándolos visitarme, pero antes de retirarse mi nieto me hizo prometerle no faltar a la cena de Nochebuena, para estar con él cuando llegara Santa Claus y le trajera muchos juguetes. Al volver en mí, y después de mi confusión inicial, fue lo primero en lo cual pude pensar con claridad y a Dios gracias ya estaba junto a él. De pronto sentí el hambre de muchas horas sin alimento, y decidí ir en busca de algo para comer de todas las delicias cocinadas por mi esposa y nuera para la cena Navideña. Con gran cuidado, para no despertar a Sebastián, salté de la cama y sin que nadie me oyera me deslicé por la casa hasta llegar a la frecuentada cocina, donde me atraqué del famoso pavo especialidad de mi nuera.
       Satisfecho y moviéndome como un marrano en engorda crucé por la sala desierta, comenzando a iluminarse con los primeros tímidos rayos de luz entrando por entre las rendijas de las cortinas, permitiéndome contemplar el hermoso árbol Navideño lleno de regalos resaltando en la sala por delante del gran ventanal, a pesar de estar apagadas sus luces multicolores que lo adornaban y la brillante estrella coronando su punta más alta.
       Sin duda la dicha reinaba en ese hogar, aunque me parecía haber algo ensombreciéndolo desde no hacía muchos días, pero de alguna manera sabía que la felicidad no tardaría en regresar y pronto la herida solo sería una cicatriz que nunca desaparecería, pero la vida continúa y siempre es un regalo de Dios.
       Caminando por la alfombra de la sala me sentía feliz, completo y realizado; estaba de nuevo con mi familia y mi nieto amado. Le di gracias a Dios por tanta dicha, con la cual me había bendecido tantas veces a pesar acordarme de él solo en los momentos difíciles de mi vida. En ese preciso instante, cuando iba a subir por los primeros peldaños de la escalera, me topé con los mosaicos de espejos adornando el muro extremo de la estancia, y súbitamente me quedé paralizado por lo que veía.
       No podía dar crédito a mis ojos, pero ahora comprendía todo después de aceptar lo que representaba mi imagen reflejada en el muro de espejos, quedándome bien claro. Por fin entendía lo que había pasado y debí reconocer la omnipotencia de Dios. Él en su infinita misericordia me había concedido mi último deseo, cuando en la cama del hospital volví a sentir el intenso cosquilleo por todo mi cuerpo, y sin poder respirar a pesar de todos mis esfuerzos le pedí fervientemente con todo mi corazón, como nunca antes lo había hecho, permitirme cumplir mi promesa dada a mi nieto de estar con él esa Nochebuena.
       La imagen que en ese momento mi visión agudizada veía reflejada y mis nuevos sentidos percibían era la de un negro, grande y hermoso gato.    

Fin.

martes, 3 de julio de 2018

El encargo


El encargoregido
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
No podía evitar sentir miedo, las manos le sudaban y tenía un leve tic en la boca. Su hija no paraba de parlotear, tal vez buscando distraerlo sin lograrlo. El tiempo transcurría lentamente, pero sin remedio se acercaba la hora para enfrentarse a su realidad.
            Más que temer a quedarse ciego, experiencia que ya había sufrido durante varios meses, le aterraba perder la esperanza de recuperar la visión si fracasaba el trasplante de córneas, porque entonces ya no habría otra opción. Perder la ilusión de recuperar la vista, aunque no fuera muy buena, le parecía más deprimente que aceptar la realidad de quedarse ciego.     
            Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y las voces del oftalmólogo y enfermeras, quienes después de saludar a su hija se dirigieron hacia él preguntando cómo se sentía. Con la boca pastosa arrastró las palabras para responder: —muy bien—. Explicando lo que iban hacerle y debía esperar, el médico comenzó a quitarle la venda de los ojos y muy despacio los parches, indicándole abrir los parpados poco a poco. Primero no vio nada, después la luz le molestó, y al fin fue distinguiendo las figuras borrosas de las personas que estaban en la habitación del hospital esperando ansiosas el resultado. Ante la expectativa de los presentes mirándolo, él sólo sonrió.
            Los días se sucedieron acercando la Navidad, mientras él se iba adaptando a volver a ver. Sentía molestias en los ojos y debía ponerse diferentes gotas todo el día y usar lentes oscuros cuando salía a la calle, pero valía la pena por volver a contemplar los amaneceres, los rasgones del cielo azul entre las nubes amenazando lluvia, a la gente alrededor suyo y a todo lo que alcanzaba contemplar su nueva visión. Se sentía contento y parecía que sus días se deslizaban sin contratiempos, aunque su hija volvió alejarse absorbida por los quehaceres cotidianos y continuó con su vida regresando a la normalidad. Sin embargo, demasiado pronto unas sombras inexplicables se le comenzaron aparecer empañando esa felicidad.
            Durante el tiempo permanecido en la oscuridad esperando que su hija juntara el dinero para la operación y por un donador de córneas, vivió como encapsulado. Casi no salía a la calle, consumía el tiempo escuchando música o frente al televisor imaginando lo que pasaba, daba la bienvenida a la señora que le llevaba la comida de una fonda cercana y esperaba con ansiedad las visitas de su hija. Ahora volvía a gozar su liberad, podía hacer e ir a donde quisiera, ver la televisión y caminar por el malecón disfrutando las puestas de sol, viendo cómo se sumergía el astro rey en el horizonte dejando detrás el firmamento naranja seguido del manto de estrellas, y algunas veces también bebía una o dos cervezas en algún bar en la zona turística. Para su mala fortuna su regreso a la tranquilidad no duró mucho.
            Al principio sólo eran rápidos movimientos en la periferia de sus ojos cuando acostado en su cama miraba el televisor, o en los momentos en que se paraba al baño por las noches. Después se fueron convirtiendo en sombras indefinidas que de improviso aparecían por breves instantes, y sucedía dondequiera dentro del departamento y a cualquier hora del día. La primera vez que apareció una estaba recostado en su cama mirando el televisor, y repentinamente el cuarto se enfrió a pesar del calor que hacía en el exterior y de no estar prendido el aire acondicionado. En seguida distinguió una mancha borrosa que le puso de punta los vellos en la nuca, y sin poder moverse la vio atravesar la habitación hasta salir por la puerta. No supo qué hacer, si salir corriendo o quedarse inmóvil, pero hizo consciente que la figura no dio señas de notarlo, y como por nada del mundo abandonaría su casa optó por quedarse. Trató sobreponerse pensando que algo no había salido bien en la operación, y se presentó a consulta con el oftalmólogo para que le aclarara sus dudas y le explicara qué podía estar sucediendo. En el rostro del médico apareció un gesto de incredulidad al informarle la experiencia vivida, pero una vez que el médico le revisó los ojos aventuró dos o tres explicaciones, la más lógica les pareció que era la inflamación de los ojos que le producía vibraciones en el cristalino y deslumbramiento. Le recetó gotas antiinflamatorias y otras antihipertensivas intraoculares, esperando con eso resolver los síntomas. Por algunos días se sintió bien, sólo de vez en cuando le parecía ver por un segundo las visiones, las cuales no se volvían a presentar por prolongados periodos.
            Por desgracia paulatinamente las sombras regresaron más abrumadoras, obligándolo a permanecer mayor tiempo en la calle tratando de evitarlas, sólo desaparecían cuando estaba presente su hija. Intentó explicarle lo que estaba sucediendo, pero ella solamente rió pensando se trataba de una broma, y él nunca insistió. Por las noches temía regresar a su departamento, aunque en realidad nunca se había visto amenazado por los espectros. Sin embargo, comenzó a notar que en la calle algunas personas se comportaban raras, caminaban con lentitud y si les hablaba no le respondían, y había mucha gente que al parecer no las percibían. Comenzó a creer que se estaba volviendo loco y de alguna manera el trasplante de córneas estaba relacionado, pero como no quería terminar en el manicomio decidió callarse y no tocar el tema con nadie. Casi sin darse cuenta se fue acostumbrando a sus visiones y ya no le afectaban demasiado, hasta que un día apareció ella.
En los días anteriores había pasado mayor tiempo en el malecón; ahí se sentía relajado y casi se olvidaba de sus fantasmas. En el bello paseo a la orilla del mar disfrutaba observar la gran cantidad de turistas tomándose fotografías y comprando artículos artesanales; las estatuas asentadas a lo largo del malecón y las obras de arte en la playa hechas con arena por escultores locales, como la Virgen Guadalupana, delfines, ballenas, tritones, sirenas y castillos. En algún momento se dio cuenta que una niña lo miraba a unos veinte metros de distancia, tendría siete u ocho años, se veía sucia y desaliñada, con trenzas enmarañadas y ojos grandes reflejando profundo miedo. Mientras dudaba qué hacer se distrajo por un instante, y al decidir acercarse ya había desaparecido. La buscó durante varios minutos, pero no la vio más. Caminando de regreso a su hogar, se preguntaba si la visión había sido real o sólo fue un engaño más de su mente alterada por sus percepciones extrasensoriales. Le pareció volver a verla fugazmente en una o dos ocasiones, pero no estaba seguro, así que intentó olvidarse de ella. Fue extraño, pero desde el día en que vio a la niña disminuyeron sus visiones, a cambio de que la pequeña se le aparecía con mayor frecuencia sin hacer nada más que mirarlo con sus ojos tristes, como si tratara decirle algo; sin embargo al intentar aproximarse a ella para hablarle se esfumaba.
La mañana previa a la Nochebuena platicaba con su hija sentados en la barda que separa el malecón de la playa, frente la escultura de unos niños trepando una escalera. — ¡Papá, quiero que vayas a la casa a cenar esta noche! —Insistió su hija, sin dejar duda que no aceptaría un no por respuesta. —No te preocupes ahí estaré, aunque no tengo ningún regalo excepto para mi nieto —respondió mirando fijamente la nada. Intrigada, su hija le preguntó qué miraba con tanta insistencia. Él sólo le respondió que lo esperara y se levantó caminando hasta el otro lado de la estatua. La hija observó cómo se alejaba su padre y se detuvo de repente, empezando a mover las manos como si hablara con alguien a quien ella no veía. Comenzando a preocuparse se dirigió hacia él, pero antes de llegar hasta donde se encontraba, él volteó lentamente con algo en la mano. — ¿Qué pasa, papá? — quiso saber. —Me habló —respondió el padre asombrado. Un tanto desconcertada volvió a preguntar: — ¿Quién te habló? ¿Qué tienes en la mano?— Ambos contemplaron un pequeño medallón con forma de corazón y una cadenita rota de plata. — ¿Quién te lo dio? ¡Papá me estás asustando!— El viejo sonriendo le contestó: —Tal vez ahora me creas.
La cena en Nochebuena estuvo llena de alegría, sabrosa comida y la felicidad de todos los presentes. Fue hasta que se abrieron los regalos y se fueron los padres de su yerno después de quedarse dormido su nieto, cuando su hija abordó el tema que la tenía intrigada y nerviosa. — ¡Papá! Ya le platiqué a mi esposo lo que pasó y no me cree— Empezó su hija buscando respuestas. — ¿Qué puedo decirles? No sé lo que me está sucediendo. Todo comenzó cuando me recuperaba de la operación de mis ojos y no tengo ninguna explicación, sólo puedo decirles que son reales las extrañas cosas que veo. Hasta ahora sólo había visto personas raras atravesar muros, pero hoy me habló la niña quien nadie más ve— Con cara incrédula le inquirió el yerno: — ¿Y qué le dijo?— Después de un corto silencio, el viejo respondió con voz entrecortada: — ¡Que le entregara esto a su madre!— Mostrando el medallón de plata procedieron a observarlo detenidamente. Fue su hija quien descubrió un pequeño broche que al moverlo se abrió mostrando la diminuta fotografía de una mujer abrazando una niña, a quien él reconoció como la que le había entregado el medallón, a pesar de estar riendo, limpia y con sus trenzas bien peinadas.
Por un buen rato estuvieron discutiendo si era real lo que estaba pasando, y cuando al fin la evidencia los obligó aceptarlo a pesar de no encontrar una explicación lógica, se preguntaron qué podían hacer. No sabían quién era la niña ni la madre, cómo se llamaban o dónde las podían encontrar, y además les era imposible dejar de sentir algún miedo por la circunstancia sobrenatural. Cansados y con sueño se fueron a dormir sin haber acordado nada. Acostado en el sofá decidió esperar que la niña se le volviera aparecer y aclarara bien lo que le pedía. Mientras tanto él buscaría alguna información en los diarios locales haciendo caso a una corazonada.
Durante varios días estuvo hurgando en la hemeroteca local, buscando en la sección policiaca de los diarios algún reporte sobre niñas extraviadas. Su perseverancia dio resultado y en el periódico Tribuna de la Bahía, fechado un mes atrás, encontró un comunicado con la fotografía de la niña. Se veía más pequeña pero la reconoció de inmediato, aunque el anuncio sólo ofrecía una recompensa a quien diera informes para encontrarla, sin más detalles aparecía un teléfono que resultó ser de la policía.
Con su hija y su yerno acordó no hablar con las autoridades, sin duda no les creerían y podrían involucrarlos como sospechosos de la desaparición de la niña. Su única posibilidad era indagar en el periódico sin descartar que hubiera cierto riesgo, pero si deseaban ayudar a la niña les pareció que valía la pena intentarlo. A pesar de no ignorar que su causa era muy confusa e inexplicable, por el momento parecía tomar forma más real y lógica. Algo le había sucedido a la niña y de alguna manera que no comprendían estaba pidiendo auxilio, y ellos no podían ignorarlo.
Su hija dio con el responsable de la sección policiaca del periódico, y como sólo las mujeres saben hacerlo lo convenció para que le diera la información que necesitaban, a cambio de la promesa de darle un interesante tema sobre la desaparición de niñas en la localidad. Ahora, con los datos obtenidos, se encontraban con la disyuntiva de si era conveniente hablar con la madre o no. Para empezar no sabían cómo explicarle a la madre el encuentro paranormal con su pequeña, ni cómo lo tomaría; podría pensar que eran charlatanes, o peor aún que eran los secuestradores. En eso estaban cuando esa misma noche, en su departamento, el viejo despertó de una pesadilla en la que veía los cadáveres de unas niñas, y empapado de sudor frio sintió un fuerte dolor en su brazo derecho. Al prender la lámpara de su buró no lo podía creer, asombrado pudo leer en su piel del antebrazo las palabras en relieve que decían: Cipriano.
Sin decir nada a su hija y al yerno, a la mañana siguiente decidió darse una vuelta por donde vivía la madre de la niña, esperando encontrar algo en los alrededores de su domicilio. En el bulevar Francisco Medina tomó un camión que lo llevó hasta Valle Dorado, donde con mucho trabajo encontró la calle que buscaba. El número 521 era una modesta casa de una sola planta y fachada color amarillo; nadie parecía estar dentro. Por un buen rato se quedó observando en espera de ver alguien, pero nada se movía y el calor era insoportable. El sol caía a plomo y la intensa humedad lo hacía sudar a cántaros provocándole deshidratación y que su boca la sintiera pastosa y seca. A media cuadra de donde se encontraba, había una calle transversal en la que estaba un tendejón llamado La parrita, a la cual se dirigió para comprar una bebida energética. La tiendita era chica pero estaba bien surtida, y cuando con la bebida en mano esperaba para pagar a la persona que fungía como cajero, una señora le habló por su nombre: —Don Cipriano, deme también un kilo de azúcar— Sintió como un campanazo en la cabeza, y cuando el robusto hombre mal encarado le preguntó si el refresco era todo lo que iba a comprar, él se quedó congelado por un momento antes de responder: — ¡No!... Creo que también me voy a llevar unas papitas— Dejando el refresco en el mostrador, se dirigió al estrecho pasillo en el que estaba la comida chatarra y en el fondo una pequeña puerta con doble cerrojo y un candado. De pronto algo le llamó la atención, en el piso bajo el entrepaño que contenía jabones y detergentes estaba un trocito de cadena plateada. Sin poder ocultar su nerviosismo pagó al tipo el refresco energético y las papitas, saliendo disparado de regreso hasta su casa.
Nuevamente tenían los tres un dilema, el trocito de cadena coincidió a la perfección con la del medallón. El hecho les demostraba que lo más probable era que la niña había sido atacada en ese lugar, sólo faltaba encontrar a la víctima y la puerta que estaba al fondo del pasillo de la tienda parecía la mejor respuesta. No obstante ir con la policía seguía siendo un riesgo, pero no encontraban ninguna otra solución y sin saber por qué sentían que el tiempo apremiaba. Pasado un rato de meditación a su hija se le ocurrió algo: su jefe tenía cierta amistad con al alcalde de la ciudad, y tal vez él pudiera hablar con las autoridades correspondientes para que los ayudaran sin parecerles sospechosos. Y claro sin mencionar la parte tenebrosa de los hechos, sólo dirían que de casualidad habían encontrado en la calle el medallón y después el pedazo de cadenita en la tienda de don Cipriano. Esperando que les creyeran así lo hicieron, y gracias a la recomendación del alcalde la policía se movilizó de inmediato, procediendo arrestar a don Cipriano como sospechoso y a catear su tienda.
Todo el mundo quedó sorprendido cuando la policía encontró a la niña golpeada y abusada pero con vida. Sin embargo fue mayor la sorpresa general, cuando se encontraron los cadáveres de cinco niñas más enterradas en aquel cuarto.
Los tres no ocultaron su alegría, al ver en La Tribuna de la Bahía la fotografía de la madre abrazando a la pequeña Angélica en el momento de regresar a su hogar. La feliz madre quizá nunca sabría el papel desempeñado por ellos, y tal vez ni la misma Angélica sabía cómo había sido posible el milagro. Por desgracia, con las otras víctimas sólo se pudo dar un poco de consuelo a sus familias, y hacer justicia con el desalmado don Cipriano quien no llegó a ser juzgado, en la prisión preventiva los presidiarios le aplicaron la ley del talión.
Por otra parte, el viejo se sintió satisfecho prometiéndose que algún día entregaría a la madre el medallón olvidado por todos y así completar el encargo de Angélica. Pensó que sus extrañas visiones habían tenido un propósito loable y ahora esperaba que no se presentaran más, pero en ese momento no sabía cuán equivocado estaba. Tan solo unos días después le llamó la atención un hombre que lo miraba fijamente, a corta distancia, con sus ojos expresando una infinita tristeza; pero a diferencia de Angélica parte de su quijada y nariz estaban descarnadas… pero eso es otro cuento.

Fin

lunes, 28 de mayo de 2018

Amigas


AMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Era buena hora, se había levantado un poco más temprano para recoger a ¿Marlen? Bueno, casi estaba segura que ese era su nombre; pero no importaba, pronto la conocería. Ayudar a las personas le hacía sentirse bien. Desde pequeña Andrea había sido una niña hermosa por fuera y por dentro; era buena hija, y aunque a veces su fuerte carácter le hacía rebelarse, siempre terminaba por obedecer a sus padres. En la escuela destacó como buena estudiante, estimada por amigas y amigos a quienes lideraba para organizar fiestas, reuniones, paseos o días de campo. Además, también se desvivía por ayudar a los animales heridos, perdidos o sin dueño, y si por ella hubiera sido a todos habría adoptado, pero sus padres se negaban a convertir su hogar en un asilo de mascotas. No obstante, al final, sucumbieron ante la insistencia de su hija y debieron aceptar un perrito medio ciego y un gato sin cola. Al perrito lo llamaron nube por la mancha blanca cubriéndole parte de un ojo, y al gato sinco con “S” para abreviar sin cola.
            Andrea creció siendo independiente y emprendedora, con frecuencia andaba vendiendo alguna cosa para ahorrar y poderse comprar lo que deseara o necesitara sin afligir a sus padres, o si mucho les pedía completarle algún faltante; lo cual aprovechaban sus progenitores para imponerle retos si deseaba su ayuda, y casi siempre los lograba haciéndolos sentirse orgullosos de su hija y ella quedara satisfecha consigo misma. Al entrar a la universidad era una joven muy ocupada, además de sus estudios de veterinaria, aprendía inglés, hacía deporte en el gym y jugaba en un equipo de tochito mixto. Aunque tenía muchas amigas y amigos, no tenía novio porque pensaba que era pérdida de tiempo valioso, ya tendría espacio para el romance una vez alcanzadas sus principales metas en la vida.
            Para nadie fue sorpresa cuando un día leyendo la pizarra de anuncios en la facultad, repentinamente le llamara la atención a Andrea una solicitud de ayuda. Se trataba de una joven estudiante en la facultad de medicina, quien requería la transportaran de su casa a la facultad y si era posible regresarla a su casa. Como al parecer le quedaba por el camino a Andrea, no tuvo inconveniente en contactar a la solicitante y ponerse de acuerdo para pasar por ella al día siguiente. Sus padres sólo movieron la cabeza al ser informados por Andrea del compromiso echado a cuestas, pero sabiendo que así era su hija y no la harían cambiar de opinión aceptaron su decisión.
            Al fin dio con el domicilio, y estacionando su carrito caminó hasta la puerta de una casa de clase media y tocó el timbre. El rostro bondadoso de una mujer madura apareció al abrirse la puerta, y sonrió al preguntar si era la persona que llevaría a su hija a la universidad. Al responder afirmativamente, Andrea fue invitada a pasar al interior de la casa que se apreciaba acogedora, y al entrar a la sala se llevó una mayúscula sorpresa al toparse de frente con una joven, con cara angelical, desplazándose con la ayuda de una andadera ortopédica. Nadie le había aclarado que se trataba de una persona con discapacidad y a ella no se le ocurrió preguntar. Por un momento dudó y por su mente cruzó la idea de disculparse por no poder cumplir el compromiso, pero ya era demasiado tarde y no le pareció correcto, por lo tanto disimulando su confusión mostró su mejor sonrisa. Una vez hechas las presentaciones, Andrea ayudó a Marlen a llegar hasta su coche, prometiéndole a la madre hacer todo lo posible para sincronizar sus horarios y regresarla a casa. Por el camino Marlen le explicó que su novio era quien la llevaba y traía en su auto, pero había terminado con él y por ello se vio en la necesidad de solicitar ayuda, la cual le agradecía. Andrea quiso saber por qué había terminado con el novio, explicándole la joven haber descubierto que la engañaba con una compañera. Aún sin mostrar Marlen alguna señal de amargura, Andrea decidió no profundizar más en el tema, mientras recapacitaba que ahora parecía adquirir mayor importancia ayudar a la joven con discapacidad.  
            Durante el trayecto a la universidad ambas congeniaron de inmediato, una admiraba la valentía de la otra, y ésta estaba sorprendida que una mujer tan joven no sólo pensara en ella misma, en hombres y diversión, sino además se interesara en ayudar al prójimo. Al llegar a la facultad de medicina, no muy alejada a la de veterinaria, ya habían coordinado sus horarios y exceptuando los martes, jueves y sábados que Andrea iba a clases de inglés y no podría regresarla a casa, el resto de los días ella la llevaría y traería sin ningún problema. Marlen le aseguró que los días en los cuales no pudiera Andrea, ella encontraría algún compañero para llevarla, y si nadie podía usaría un taxi para regresar a su hogar.
            Con el paso de los días su amistad creció. Además de bellas e inteligentes, las dos tenían muchas cosas en común, les encantaba la misma música, se peleaban por los galanes de moda, eran fanáticas de la poesía, se reían de sus locuras y tenían metas similares. Por desgracia con frecuencia la salud de Marlen se debilitaba y debía permanecer en casa, no obstante el inconveniente no impidió que Andrea la visitara cuando podía, y una de esas veces Marlen le explicó que hacía varios años había sufrido un accidente cerebrovascular dejándola parapléjica, y desde entonces sólo podía caminar con la ayuda de la andadera. Sin embargo, el mayor problema era la diabetes que padecía y las complicaciones por su condición, como hipertensión, estreñimiento y la pérdida de masa muscular en sus piernas dificultándole cada vez más caminar. A pesar de ello le daba gracias a Dios por cada minuto que le regalaba de vida. Sin proponérselo, Andrea la admiraba más cada día convivido con ella y llegó el momento en el cual la consideró su mejor amiga.
            Una lluviosa tarde sonó el celular de Andrea, era Marlen quien le preguntaba si podría pasar por ella, porque nadie pudo llevarla a su casa y no encontraba ningún taxi. Preocupada por ser tan tarde y Marlen siguiera en la calle probablemente sin comer, Andrea se salió de la clase de inglés y se apresuró para ir por su amiga. La encontró en la caseta de vigilancia en la entrada a la facultad, toda empapada por buscar un taxi bajo la lluvia, y cuando el guardia logró persuadirla para cobijarse en el interior de la caseta ya no había remedio, escurría agua hasta por la andadera. Desde ese día, Andrea decidió abandonar las clases de inglés para llevar a Miranda a la facultad y regresarla a su casa  todos los días, el inglés podría esperar o ya encontraría otra manera de aprenderlo.
            Así transcurrieron las semanas y los meses, hasta que llegaron las fiestas finales del año. Los padres de Andrea acostumbraban festejar la Navidad en casa de los abuelos, quienes radicaban en una ciudad cercana donde se juntaba tradicionalmente toda la familia y ése año no sería la excepción. Resignadas, Marlen y Andrea se despidieron con la promesa de hablarse la noche del veinticuatro para desearse una feliz Navidad, y el dos de enero al regresar Andrea, juntas festejarían el año nuevo.     
            Antes de la cena de Nochebuena, Andrea se comunicó con Marlen y por teléfono se desearon una feliz Navidad y un maravilloso año nuevo, prometiendo volverse a comunicar la noche de fin del año. Durante toda la semana Andrea disfrutó a sus abuelos y a toda la familia, pero algo le inquietaba en su pecho, lo cual se explicó diciéndose que se debía por extrañar a su amiga. Emocionada, Andrea esperó hasta cerca de la media noche del último día del año para hablarle a Marlen, pero se le rompió el corazón, cuando la madre de su amiga le informó que Marlen había fallecido la mañana del veinticinco de diciembre; su salud se había deteriorado muy rápido y su corazón simplemente se detuvo. Sin poder contener el llanto Andrea soltó el teléfono y corrió al cuarto donde dormía en casa de sus abuelos.
            La mañana del día primero, Andrea viajaba en el auto familiar con sus padres, quienes habían consentido regresar a su casa cuanto antes. Mientras miraba por la ventanilla el paisaje semidesértico, con las montañas lejanas deslizándose hacia atrás y las escasas nubes como algodones flotando en el firmamento azul, Andrea meditaba sobre la vida truncada de su amiga Marlen. Sin duda, y a pesar de su drama, había sido feliz. Su alma fue tan grande que compensó por mucho la fragilidad de su cuerpo, permitiendo a su mente soñar, tener ilusiones y disfrutar cada instante de su vida sin impedírselo sus limitaciones. Andrea se consolaba pensando que su querida amiga por fin había descansado y encontrado la paz en el paraíso. Fue entonces cuando Andrea se propuso cumplir con la principal meta de Marlen, y decidió cambiar de carrera para convertirse en neurocirujana y ayudar a las personas que sufrían paraplejía, honrando así a su inolvidable amiga cumpliendo su sueño.
            Abrazadas, Andrea y la madre de Marlen lloraron hasta secarse sus ojos, y entonces tomando un sobre del pequeño árbol de Navidad, la madre se lo entregó a Andrea explicándole que era el regalo dejado por su hija para ella. Con las manos temblorosas, Andrea sacó una tarjeta navideña del sobre y con la mirada borrosa por las lágrimas la leyó:
Andrea
Feliz Navidad y próspero año nuevo
Gracias por tu amistad

lunes, 1 de enero de 2018

Encuentro con el pasado

Encuentro con el pasado
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
A pesar de las incomodidades y el cansancio se sentía entusiasmado, viajaban desde hacía veinticuatro horas en un autobús del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah). Ir a la zona arqueológica de Kohunlich en Quintana Roo era la culminación de su tesis para recibirse como antropólogo, y además como un atractivo adicional los acompañaba la bella asistente del Dr. Federico Álvarez jefe de la expedición arqueológica del inah. El grupo lo completaban dos arqueólogos más y un experto en criptología maya. La cultura maya le fascinaba e iba con la ilusión de descubrir secretos ocultos cientos de años atrás, sin embargo nunca imaginó la espeluznante sorpresa que le esperaba en aquellas ruinas cubiertas por densa vegetación.
              Molidos por el viaje decidieron hacer una parada en la ciudad colonial de Villahermosa, Tabasco. Se hospedaron en el hotel Olmeca Plaza, y desde ahí turistearon un poco en el parque Tomás Garrido caminando por el malecón de la Laguna de las Ilusiones, visitaron la Catedral del señor de Tabasco y el Museo de Historia de Tabasco. Por la tarde, después de comer los deliciosos platillos autóctonos en el restorán Las Jícaras, se la pasaron descansando en el hotel. En la noche, Elizabeth, la bella asistente del Dr. Álvarez, y Samuel se sacudieron el cansancio y fueron a pasear por el parque Juárez disfrutando el espectáculo de la fuente cantarina. No tenían mucho tiempo de conocerse, lo hicieron apenas unas semanas antes de emprender el viaje a Quintana Roo, no obstante desde el principio se sintieron atraídos el uno al otro, y esa noche se tomaron de las manos, cruzándose tiernas miradas al despedirse en el lobby del hotel para dirigirse a sus respectivas habitaciones. Al día siguiente, muy temprano se desplazaban ya por la carretera Nº 186 y al llegar a la población de Escárcega se dirigieron hacia Chetumal capital del estado de Quintana Roo. Cincuenta y un kilómetros antes de Chetumal se desviaron por un maltrecho camino rumbo a la zona arqueológica de Kohunlich.
            La exuberante vegetación de pronto se interrumpió al llegar a un claro, mostrando de improviso increíbles estructuras de arquitectura maya como salidas de una bella estampa. Como el Dr. Álvarez había explorado las ruinas con anterioridad, dispuso el lugar, restringido al público, para levantar las cuatro tiendas de campaña donde dormirían durante el tiempo que permanecieran en el lugar, una sería para el Doctor, otra para su asistente y en las dos restantes se quedarían los arqueólogos Jaime Dorantes y Ben Tyler en una, y el criptólogo Benito Salmuera y Samuel Camal en la última; además debieron acondicionar dos carpas, una como sanitario y baño, y otra para el equipo y materiales de exploración y análisis. Bañados en sudor, oliendo a león y muertos de hambre finalmente cenaron su primer alimento en lata, antes de caer exhaustos en sus respectivos camastros para dormir como fardos de soldado.
            Ese primer día se levantaron tarde, y aunque todavía se sentía fresco el clima pronto el calor y la humedad serían sofocantes como sucedía en esa época del año. Casi sin darse cuenta se fueron adaptando a la rutina de trabajo diaria y las dos primeras semanas hicieron excavaciones cercanas al Templo de los Mascarones, donde encontraron no muy lejos un Mascaron apenas explorado cubierto por la selva semi tropical que llamó la atención del Dr. Álvarez, Tyler y Dorantes. De manera espontánea al mismo tiempo fue creciendo un romántico sentimiento entre Elizabeth y Samuel que, sin manifestarlo, todos los integrantes del equipo se dieron cuenta, y por ello nadie se sorprendía cuando por las noches, después de cenar alrededor de la fogata, la joven pareja permanecía ahí durante horas mirándose y platicando lo que harían al regresar a la civilización, o caminaban entre las ruinas haciéndolos sentir que el tiempo se fusionaba en un solo momento donde ellos eran el centro del universo. También a veces permanecían sentados en las escalinatas del Templo de los Mascarones disfrutando la espectacular danza de estrellas y nebulosas entre la negrura del firmamento; sin embargo, ninguno sospechaba el misterio escondido muy cerca de ellos.
            Unos días antes de dar por terminada la misión arqueológica que no había aportado nada relevante, a Elizabeth y Samuel se les ocurrió tomarse fotografías en el Mascaron junto al lugar de exploración. Cuando Samuel enfocaba a Elizabeth a un lado del Mascaron, con los últimos rayos del sol sumergiéndose por arriba de la exuberante selva, distinguió una sombra que le llamó la atención. Claramente tenía la forma de un diminuto hombre de pie señalando con la mano una protuberancia oculta en la piedra, la cual por extraña casualidad solo se podía apreciar en ese instante del día y época del año.
            Sin responderle a Elizabeth preguntando qué pasaba, intrigado Samuel se acercó a la protuberancia y la oprimió. Ambos se sorprendieron al ver al Mascaron abrirse unos centímetros, suficientes para permitir a un hombre introducirse a la oscuridad interior. Samuel no quiso importunar a las demás personas posiblemente dormidas, y en silencio tomó una lámpara para regresar con Elizabeth que esperaba ansiosa frente al Mascaron. Dentro era un pasillo estrecho taladrado en la roca caliza terminando en una puerta de piedra, y en los muros se apreciaban jeroglíficos y dibujos mayas de indescriptible belleza. Con gran esfuerzo los dos jóvenes lograron abrir el portal a una amplia cavidad sin ningún ornamento u objeto ceremonial. Solo se encontraba en el centro una especie de ataúd de piedra del tamaño para dar cabida a un hombre grande. Como pudieron deslizaron la pesada cubierta llena de tierra acumulada y curiosos lentamente alumbraron el interior, y no se frustraron, dentro estaba un cuerpo cubierto con una manta de henequén a punto de pulverizarse de vieja. Indecisos, al fin optaron por esperar hasta el amanecer a que sus colegas despertaran, para con su ayuda y el equipo necesario descubrieran con mucho cuidado al residente del Mascaron, al fin y al cabo no sucedería nada si aguardaban unas cuantas horas más, de las muchas que permaneció oculto el personaje dormido hacía una eternidad.
            Durante el desayuno, Elizabeth les comunicó su descubrimiento en el Mascaron 9B a todos los integrantes del equipo arqueológico, quienes incrédulos dejaron sus humeantes cafés y guiados por Samuel casi corrieron al mentado Mascaron. Eran poco antes de las once de la mañana cuando iniciaron, con mucho cuidado, el desprendimiento de la manta que cubría el cadáver, ayudándose con sofisticados elementos de vanguardia y con la guía del Dr. Álvarez. Al quedar descubierto el rostro del difunto momificado, conservado  asombrosamente y vestido a la usanza de los supremos sacerdotes mayas, sin excepción se quedaron pasmados por el parecido con Samuel; nadie puso en duda su similitud y mucho menos Samuel, a quien le pareció mirarse en un espejo bastante más viejo y por supuesto más arrugado. Transcurrido el asombro comenzaron las preguntas y elucubraron las respuestas, pero nadie quedó conforme y mucho menos Samuel, parecía un enigma imposible de aclarar. Al parecer era una inverosímil coincidencia que todos trataron de asimilar.
            Durante los siguientes días hicieron pruebas de carbono 14, las cuales resultaron con una antigüedad próxima a los ochocientos años, y enviaron a México material de adn para hacer una comparación genética con Samuel. Simultáneamente el experto criptógrafo Salmuera y Samuel intentaron descifrar los jeroglíficos y dibujos mayas plasmados en los muros de la cripta, y unos días después de intenso trabajo el resultado dejó a todo mundo aún más perplejos, la trascripción muy elaborada parecía describir un evento inexplicable:
En el sitio sagrado de los dioses, donde cada 100 años la puerta del cielo se abre en el momento en que el dios sol más grande la ilumina en el tercer plano del templo. Del portal de los dioses arribó Ka´ansah para enseñarnos con su sabiduría los secretos de la tierra y el cielo, hasta cuando su alma abandonó su cuerpo en nuestros brazos.
            Con algunas diferencias entre ellos la traducción les explicaba a todos que el difunto era una especie de dios, quien les enseño posiblemente agricultura y les explicó fenómenos naturales como la lluvia y los cambios climáticos hasta su muerte; sin embargo no les aclaraba en dónde estaba el sitio sagrado o la puerta que se abría cada cien años, ni cuál era el momento en que el dios sol la iluminaba, ni cuál era el tercer plano del templo. 
            Mientras los expertos trataban responder sus dudas, la relación de Elizabeth y Samuel creció hasta convertirse en un intenso amor que parecía unirlos para siempre, no obstante ella se dio cuenta que Samuel comenzó a obsesionarse con el misterio encerrado en la existencia de un sacerdote maya semejante a él, una incongruencia en la cual todos coincidieron porque no solo era perturbador el parecido con su compañero de equipo, sino además no se explicaban cómo las características anatómicas de una momia maya eran las de un hombre caucásico de estatura superior a la de los hombres de esa etnia y un poco menor a la de Samuel. Por desgracia el tiempo de la misión y las provisiones se habían agotado y todos debían regresar a la Ciudad de México. Con extremo cuidado acomodaron el cuerpo momificado en el féretro mandado hacer en el cercano poblado El Puentecito colocándolo en la parte que acondicionaron del autobús, y para terminar desde muy temprano levantaron el campamento excepto la tienda de campaña de Samuel, quien se negó rotundamente a marcharse del lugar pretextando que ahí estaba la solución del enigma que les intrigaba, y no se iría sin encontrar la verdad.
            Nunca lo habían hecho, pero durante la noche previa a la partida de ella, Elizabeth y Samuel se amaron con pasión, y recostados sobre una manta, mirándose a los ojos bajo el firmamento repleto de estrellas, ella puso en el cuello desnudo de él una medalla de oro grabada diciendo: el verdadero amor todo lo puede, y con un último beso se dijeron adiós. Ambos sabían que no se volverían a ver, pero sin decir nada aceptaron su destino que irremediablemente los separaba. Llegó la mañana tristemente nublada, y Elizabeth, comprendiendo la necesidad de él para quedarse, por una ventanilla del autobús con la mano le dijo adiós a su amado, quien erguido delante de las ruinas mayas pareció irse empequeñeciendo hasta que la selva lo ocultó. Entonces ella sintió que su corazón se partía en dos.
            Samuel estaba dispuesto a explorar cada centímetro de la zona arqueológica hasta encontrar la respuesta al enigma que lo atormentaba, aunque sin saber cómo, él estaba seguro que la solución se encontraba en el mismo Mascaron 9B. Después de escudriñar minuciosamente el sepulcro no encontró nada, entonces leyó y releyó mil veces la transcripción de los glifos pintados en las paredes del pasillo sin decirle nada. Una noche en la cual disfrutaba la frescura del ambiente sentado en las escalinatas de la Acrópolis, tal y como lo hacía con Elizabeth, meditaba la necesidad de buscar en otro sitio lo desconocido, pero con la seguridad de reconocerlo cuando lo viera. Sin proponérselo se le iluminó el cerebro repitiendo el texto de la traducción jeroglífica memorizada, y como en secuencia retardada descifró la pista que lo llevaría a resolver el misterio de su doble maya.
            Esperó dos largos días, y al amanecer del tercero se instaló bajo la cúpula central del Templo del Rey a esperar se iniciara el equinoccio de primavera a las doce horas con tres minutos. No tenía ninguna duda que algo pasaría y él estaba consciente en reconocerlo, apostaba su vida en ello. Los segundos, minutos y horas desfilaron lentamente por todos sus sentidos, y de pronto un hilo de luz solar apareció por un glifo del sol grabado en lo alto de la cúpula. Se desplazaba tan despacio siguiendo la curvatura del muro que parecía no moverse, no obstante al llegar a la tercera imagen representando al planeta tierra causó un destello de luz cegadora, convirtiendo la imagen en una superficie acuosa y circular de unos dos metros de diámetro. Samuel no lo pensó, y como si eso fuera lo esperado se lanzó a través del círculo que se cerró un segundo después.
            No lo podía creer, Elizabeth, pero las evidencias eran incuestionables. La tercera prueba de carbono 14 confirmaba que la momia tenía una antigüedad poco menos de ochocientos años y las pruebas de adn demostraron, sin lugar a dudas, que pertenecían a Samuel Camal. Ninguno de quienes se enteraron del inexplicable fenómeno pudo encontrar una respuesta plausible para aclararlo, y cada uno elaboraba extravagantes hipótesis sin satisfacer a nadie. Harta de tantas incoherencias y preocupada porque Samuel no daba señales de vida, sin pensarlo más tomó el primer vuelo con destino a Chetumal, Quintana Roo, y fue en busca de su amado.
            En las instalaciones de administración y vigilancia a la entrada del complejo arqueológico le informaron a Elizabeth no saber nada. Lo echaron de menos hacia solo unos días, y al no encontrar más que la tienda de campaña con todas sus pertenencias dentro las guardaron y llamaron a la policía federal, quienes iniciaron las respectivas investigaciones sin resultados a la fecha, y aunque sospechaban de un robo mal logrado los hechos no concordaban con las evidencias, simplemente el señor Camal se había esfumado de la faz de la tierra. Con lágrimas en sus bellos ojos, Elizabeth buscó en las pertenencias de Samuel cualquier indicio para aclarar lo sucedido, pero nada encontró. Desesperada quiso ver en persona el lugar que tantos bellos recuerdos le traía y recorrió palmo a palmo todas las ruinas mayas, pero al final debió desistir, no encontró ninguna señal del amor de su vida.
            Deprimida y con un misterio más sin respuesta regresó a la Ciudad de México. No quería saber nada de arqueología, así que después de meditarlo durante un buen tiempo, mientras superaba su pena, decidió estudiar Historia Precolombina. No volvió a saber nada de los integrantes de la expedición a la zona arqueológica de Kohunlich, incluyendo a su jefe el Dr. Álvarez, únicamente durante varios años se mantuvo en contacto con la policía federal esperando le informaran si encontraban cualquier cosa de su amado Samuel Camal.
            Un día Elizabeth asistió a una conferencia sobre la cultura maya en el Museo Nacional de Antropología e Historia, y al terminar la conferencia se le apeteció comer algo rápido en el restorán del museo. El lugar estaba lleno, pero un hombre apuesto le ofreció sentarse en una de las sillas de la mesa que ocupaba. No iba aceptarlo, pero al ver sus ojos sintió paralizarse su corazón sin ninguna explicación y le fue imposible negarse. Mientras comían iniciaron una plática sobre la conferencia a la cual ambos habían asistido, pero a pesar ser amena la charla ella sentía que su subconsciente deseaba decirle lo que su consciente no quería escuchar, sin embargo no pudo rechazar la invitación que le hizo el hombre llamado Samael Camal.
            Comenzaron a salir disfrutando de su mutua compañía, fueron a conciertos, visitaron las ruinas del templo mayor y la gran Tenochtitlan, y les encantaba ir al cine o a bailar. Pasados los días, Elizabeth comprendió que estaba enamorada de Samael desde mucho tiempo antes de conocerlo, el destino tenía muchos caminos y su amado Samuel encontró la manera de volver a ella a través de su descendiente Samael, quien era tres años menor que ella y había nacido en Chetumal, Quintana Roo, en el seno de una antigua familia con una historia ancestral perdida en la bruma del tiempo. Ahora, Elizabeth conocía la verdad a partir del momento en que vio los ojos de su amado en el rostro de Samael. De alguna manera Samuel pudo viajar en el tiempo por la puerta que se abría cada cien años y no vivió lo suficiente para regresar por la misma. Sin embargo debió tener relaciones con una mujer maya, y a través de su descendencia pudo lograrlo creando una paradoja temporal que lo devolvió a ella.
            La primera noche en su luna de miel con Samael, Elizabeth reconoció la medalla de oro colgada en el pecho desnudo de él con la inscripción que decía: el verdadero amor todo lo puede.


Fin

martes, 19 de diciembre de 2017

La bicicleta



La bicicleta
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Los días se le hicieron eternos desde que su hermana María le reveló haber escuchado a sus padres decir lo que le regalarían esa Navidad. Su familia acostumbraba festejar el nacimiento del niño Jesús rezando frente a un hermoso pesebre, e intercambiaban regalos al terminar la cena Navideña. Sus papás no les inculcaron la fantasía anglosajona de la visita de Santa Claus trayéndoles presentes a los niños durante la Nochebuena, ni la de los Reyes Magos la noche del cinco de enero. Aunque Stefan tenía solo diez años, respetaba las tradiciones de Santa y los Reyes Magos creídas con ilusión por la mayoría de sus amiguitos de la escuela, y a diferencia de los niños que ya habían descubierto la verdad él no se burlaba de ellos, y si le preguntaban qué les había pedido, solo sonreía al responderles que él siempre esperaba una sorpresa. Y era cierto, sus papás nunca les anticipaban el obsequio que recibirían él y su hermana María, los cuales previamente eran colocados junto al pesebre y el árbol Navideño, así como ellos tampoco les decían a sus padres cuál sería su regalo en Nochebuena.
            Durante meses, por no decir años, Stefan estuvo insinuando su deseo de que le regalaran una bicicleta, pero como la situación económica familiar no era boyante, sus padres se hacían los disimulados. Así las cosas, a Stefan solo le quedaba envidiar a sus amigos cuando paseaban en sus bicis, o conformarse con ir parado en los diablitos de la bicicleta de su mejor amigo, mientras vagaban por las calles de la colonia con toda la palomilla. Ahora estaba impaciente porque los días faltantes para el veinticuatro de diciembre parecían no transcurrir, y su corazón palpitaba apresurado al pensar que, según lo dicho por su hermana, esa Navidad al fin le regalarían la tan ansiada bicicleta. A veces también le saltaban las dudas y temía que su hermana le hubiera jugado una broma pesada de las muchas que con frecuencia le hacía.
            Como esa Nochebuena la celebrarían en la casa del tío Ramón, comenzó a visitar más seguido a sus primos Pablo y Hugo, quienes eran un poco mayores, con la esperanza de descubrir si ahí habían escondido el tan esperado obsequio, pues en esa casa, por ser mucho más grande que la suya, podrían esconder la bici con mayor facilidad, pero las visitas se acumularon sin lograr descubrir nada. Solo le quedaba la poco confiable confidencia de María y se aferraba a ella esperando se convirtiera en realidad. María, compadeciendo a su hermano al verlo tan angustiado, le juraba y perjuraba que era verdad lo que escuchó decir a sus padres, y le aconsejaba tener paciencia porque ya estaba muy cerca la Nochebuena.   
            Ese día despertó más temprano que de costumbre, no podía evitar su nerviosismo. En el desayuno casi no comió nada, se mantuvo observando a sus progenitores en busca de una señal que les delatara en dónde escondían su regalo; pero nada, actuaban con la normalidad acostumbrada, si acaso de vez en cuando hacían alguna alusión a la fiesta de esa noche a celebrarse en casa del tío Ramón, y solo en una ocasión mencionaron la necesidad de llevar sus presentes en la camioneta. Esa pequeña pista le provocó un vuelco en su corazón, porque no podrían ocultar la bicicleta en la camioneta sin que él se diera cuenta, por lo tanto concluyó que lo más probable era que su obsequio navideño no sería el ansiado por él, lo cual confirmó la caja envuelta con un moño navideño aparecida junto al pesebre con su nombre escrito en una tarjeta. Desilusionado se subió a su cuarto a rumiar su pena, se consolaba pensando que si no era en esa fecha tal vez fuera posible se la regalaran en su cumpleaños no muy lejano.
            Estuvo a punto de llorar al mirar, por la ventana de su habitación, a sus amigos  dirigiéndose al parque cercano en sus bicis, y solo obedeció a su madre para bajar a comer, porque sin desearlo el hambre atormentaba su estómago; tenía veinticuatro horas casi sin probar alimento, apenas ingirió bocado durante la cena y muy poco desayunó por la mañana. Intentó imaginarse el contenido de la caja con su regalo, pero nada lo consolaba, cualquier cosa parecía insuficiente para compensar lo que ya temía no recibir. Así llegó la hora en subir los presentes a la camioneta y trasladarse a la casa del tío Ramón. Por el camino debió aparentar la alegría que no sentía mientras cantaba villancicos con su familia, y en el hogar del tío Ramón casi sin darse cuenta se fue integrando a la felicidad reinante entre familiares y amigos, quienes le hicieron olvidar por un momento su frustración. Por fin, al terminar una cena deliciosa y rezar frente al nacimiento, todo mundo se reunió alrededor del enorme árbol navideño luciendo esplendoroso con los adornos y lleno de regalos para todos los presentes. Su madre le entregó la caja con su obsequio abrazándolo y al mismo tiempo deseándole una feliz Navidad. Sin mucho entusiasmo, Stefan abrió el regalo sorprendiéndose al ver solo un sobre con su nombre, dentro del cual había una nota que al leerla despertó una sospecha y aceleró su respiración. Escrito a mano reconoció la letra de su madre que decía: En el porche te espera una sorpresa.
            Sin ocultar la emoción que le embargaba corrió hacía el porche en medio de las miradas y rostros sonrientes de la familia y amistades. No se desilusionó, recargada en la entrada al porche estaba la bicicleta roja más hermosa del mundo adornada con un moño blanco: una MTB LiderBike Sport con 18 velocidades y una parrilla trasera. Fue tal su felicidad que se soltó llorando de alegría, hasta cuando sus padres, hermana y su tío lograron calmarlo, después de prometerle retornar a su casa pedaleando su bici detrás de la camioneta con su familia.
            A partir de esa noche la LiderBike, a la cual nombró Sirin, se convirtió en parte de Stefan, solo se separaba de su bicicleta durante las clases en la escuela y en la misa dominical, aunque a la escuela se iba y regresaba en ella y a la iglesia seguía a su familia quienes viajaban en la camioneta. Por las tardes al terminar su tarea salía a disfrutar su bici acompañado de sus amigos, y en su casa la guardaba en su habitación durmiendo cerca de ella. Siete eran los integrantes de la palomilla que se juntaban con mayor frecuencia para vagar en sus bicis por su colonia y los alrededores; sin embargo, el lugar donde más les gustaba ir era a la pagoda china. No les quedaba muy cerca de sus casas, pero el parque con sinuosos caminos y estanques con puentes curvos alrededor de un edificio con cuatro pisos y arquitectura china era para ellos pura diversión. Ahí se podían pasar horas jugando al que hace la mano hace la atrás, compitiendo en carreras entre ellos o haciendo peligrosas piruetas con las bicis. La palomilla de Stefan, quienes se autonombraron los Halcones, no era la única en disfrutar la pagoda china, y sus principales oponentes eran los de la pandilla de los Rebeldes. Su líder a quien le decían el Piter, un niño unos dos años mayor que Stefan, era sin duda el más diestro con la bici de todos los niños y adolescentes que frecuentaban el parque de la pagoda china. Con su bicicleta negra Benotto XC-6000 era el más veloz, y sus acrobacias asombraban hasta los adultos haciéndose famosas entre los ciclistas de todas las edades. Por alguna razón desconocida, el Piter se sintió amenazado por Stefan y lo hizo objeto de su agresividad. Primero hubo enfrentamientos competitivos entre los Rebeldes y los Halcones, más tarde derivaron en pequeñas escaramuzas apenas controladas, y finalmente terminaron en una descarada agresión contra Stefan. Una tarde soleada, coincidieron a propósito los Rebeldes con los Halcones desplazándose a gran velocidad por los intricados caminos del parque. En determinado momento el Piter y Stefan quedaron emparejados al frente de las palomillas de ciclistas, y sin ceder ninguno de los dos volaron por los estrechos caminos de la pagoda china, hasta aparecer el puente dorado el más largo y angosto de todos. Sabiendo la dificultad que tendrían los dos riders gladiadores en cruzarlo a la velocidad que se desplazaban, mirándose de reojo ninguno se rindió y sin pestañear se abalanzaron sobre la entrada del paso. A escasos metros antes de llegar al puente, el Piter sorprendió a todos pateando la bici de Stefan, quien salió volando estrellándose estrepitosamente con un poste de la entrada al puente. Los riders que venían detrás apenas pudieron detenerse, aunque algunos no evitaron caerse y otros, de la pandilla de los Rebeldes, continuaron siguiendo a su líder perdiéndose entre las calles circunvecinas a la pagoda china.
            Alarmados los Halcones se acercaron a Stefan, quien sin moverse yacía inconsciente a un lado del estanque que cruzaba el puente dorado. Luis, el mejor amigo de Stefan, fue quien primero se acercó al rider caído; sin saber qué hacer, solo acertó contemplarlo hasta que su amigo abrió con lentitud los ojos con la mirada perdida. Sin duda se había golpeado la cabeza y era evidente una pierna fracturada; sin embargo, fuera de eso, la mejor señal que se encontraba bien fue al preguntar de inmediato por el estado de su bici Sirin. Ninguno de sus amigos se atrevió a informarle que tenía la llanta delantera destrozada y la tijera y manubrio doblados, únicamente lo tranquilizaron diciéndole que no estaba muy dañada.
            Su familia y amigos esperaban preocupados, en la sala de espera de la Cruz Roja, a que saliera algún médico a informarles sobre el estado de Stefan. Alguien llamó a la ambulancia que lo trasladó a emergencias del benemérito nosocomio. Todo mundo se tranquilizó al ver a un médico sonriendo dirigirse a ellos esperando impacientes. Sin dejar de sonreír, el galeno les informó que el accidentado estaba bien y no había nada porque preocuparse, posiblemente gracias al casco no se dañó la cabeza y la tomografía cerebral salió negativa, solo debieron enyesar la pierna fracturada que obligaría al lesionado a permanecer unos tres meses incapacitado.
            Durante casi todo el tiempo en el cual Stefan permaneció convaleciente, se dedicó a arreglar su adorada Sirin y al final se le ocurrió pintar su nombre a los lados del cuadro de la bici. El nombre Sirin lo leyó en alguna parte, y era el de un ser mitológico de las leyendas rusas con la cabeza de una mujer hermosa y el cuerpo de ave simbolizando la armonía del mundo, la felicidad y la valentía.
             A pesar que todos los padres les habían prohibido volver a la pagoda china, al sentirse Stefan listo los Halcones se atrevieron ir a escondidas. No supieron nada del Piter y los Rebeldes desde el día de la agresión, pero decidieron que ya era tiempo para enfrentarlos y cobrar la afrenta pendiente con ellos. Sin embargo, ese día no se encontraron con ninguno de la pandilla de los Rebeldes, fue hasta la tercera ocasión que los fueron a buscar cuando se toparon cara a cara. Al preguntar por el Piter, quien no se veía por ningún lado, se enteraron que el joven había sufrido un accidente dejándolo parapléjico. Al tercer día después del incidente con Stefan en el puente, Piter fue atropellado por un auto al transitar la pandilla velozmente por las calles de su colonia. La noticia paralizó a los Halcones, y fue Stefan quién preguntó primero cómo se encontraba. Todos se impresionaron al saber que aquel joven que hacía maravillas en su bicicleta, ahora permanecía confinado a una silla de ruedas por el resto de sus días. La tensión entre las dos palomillas se convirtió en un sentimiento empático que se difundió en todos los riders, y esa tarde juntos pedalearon sus bicis por toda la pagoda china.
            A ciencia cierta no sabían la razón, pero los Halcones, encabezados por Stefan, sintieron la necesidad de visitar a su enemigo en desgracia, pero con quien compartían la misma pasión, y una tarde guiados por los Rebeldes se presentaron en la casa del Piter. Stefan sintió que se le humedecieron los ojos al contemplar al joven, antes tan lleno de vida, entristecido ahora por la tragedia sentado en una silla de ruedas. Al principio, Piter creyó que los Halcones iban a burlarse, pero al ver la cara de Stefan supo que tendría un amigo, y es en esos momentos cuando se reconocen a los verdaderos.
            Con sus consejos, Piter le enseñó a Stefan todos los trucos de su repertorio de acrobacias en la bici, y el alumno no tardó mucho tiempo para convertirse en un experto, quien incluso muchos pensaban que superaba al maestro. Sintiéndose seguro de su capacidad en la bici y azuzado por su asesor Piter, Stefan comenzó a competir en carreras a campo traviesa. Más pronto de lo esperado el novato se dio a conocer y su primer triunfo en competición fue en la ruta de montaña en el cerro El Aserrín en el estado de Querétaro, y se consagró en el ciclismo acrobático en el Clandestino Internacional Jam III en la ciudad de Oaxaca.
            Ahora, Piter hizo consciente la razón por la cual agredió a su antiguo enemigo, temía que tal vez él era el único quien lo podría superar, algo que ya nunca comprobarían. Lo que si era real, era el sentirse orgulloso por los logros de su discípulo que le devolvieron el brillo a sus ojos; no obstante, su salud se deterioraba rápidamente y unos pocos meses después El Piter abandonó este mundo con una sonrisa, acompañado de todos los riders que compartieron su pasión ciclista.
            Para Stefan fue una gran pérdida, en ese momento creyó que nunca algo la superaría, sin embargo no pasó mucho tiempo en comprobar lo equivocado que estaba. Ese domingo aciago, Stefan fue a misa siguiendo a sus padres y hermana quienes viajaban en la camioneta, y como siempre lo hacía dejó su Sirin en el aparca bicis frente la iglesia. Al terminar la misa se despidió de su familia para ir al club de ciclismo acrobático, pero al llegar al aparca bicis no vio su bicicleta. No daba crédito a sus ojos y tardó un momento en entender que alguien se la había llevado. Sintiendo un vacío en su vientre comenzó a buscarla por los alrededores preguntando a todas las personas que se encontraba si la habían visto. En un principio se consolaba pensando que era una broma de algún conocido, pero conforme transcurría el tiempo debió aceptar la posibilidad que se la hubieran robado, después de todo la  MTB LiderBike Sport era muy llamativa y valiosa.
            Cuando anochecía llegó a su casa en una patrulla. La policía se compadeció del joven después de solicitar su ayuda para buscar su amada bici, y dos uniformados se ofrecieron llevarlo a casa, una vez que le prometieron hacer todo lo posible por encontrarla. Como Stefan tenía cierta fama en la localidad por sus éxitos en ciclismo, familiares, amigos y vecinos junto con autoridades removieron cielo y tierra en busca de Sirin. A pesar de ello todo fue inútil, pareció como si se hubiera esfumado de la faz del planeta. Después de unos días todo mundo se dio por vencido y dejaron de buscar la bicicleta, solo su hermana y su mejor amigo Luis le siguieron ayudando en lo que podían. Sus padres intentaron consolarlo prometiéndole comprarle otra bici, pero Stefan siguió deshecho buscando su Sirin durante meses. Por fin, un día despertó aceptando su desgracia, y dando vuelta a su vida comenzó a trabajar en el negocio del padre, quien se dedicaba a la remodelación de viviendas.
            El negocio familiar no era muy productivo, sin embargo con la ayuda de Stefan comenzó a crecer y con el paso de los años permitió a la economía familiar prosperar y a la familia vivir en muchas mejores condiciones. Stefan se casó con Isabela su novia de la primaria y tuvo con ella tres hijas y un varón llamado Mauricio, y aunque no estudió una carrera como lo hizo su hermana María, al morir su padre, quien no pudo soportar ni un año la muerte de su amada esposa y madre de sus hijos, Stefan se encargó del negocio y se convirtió en la cabeza de la familia Sacchini. Los años se fueron acumulando sin que Stefan olvidara su Sirin, y a pesar de sus esfuerzos para que su familia no se percatara que inconscientemente continuaba buscándola, todos se daban cuenta cuando la mirada de Stefan se perdía al ver una bici de montaña. Aunque a su hijo Mauricio y a sus hijas les regaló excelentes bicicletas y todos se sentían orgullosos de las hazañas de su padre, en ninguno creció la pasión por el ciclismo; las usaron y se divirtieron con ellas, pero pasado un tiempo las fueron abandonando en la cochera.  
            Es natural que la vida transcurra sin sentirlo, y a poco más de un mes antes de la Navidad previa al sesenta y cinco aniversario de Stefan, su hijo Mauricio llegó con una curiosa noticia: la hija de un antiguo vecino, quien vivió hasta su muerte en la casona frente a la casa anterior de la familia Sacchini, deseaba contratarlos para remodelarla. Stefan conoció bien al vecino de nombre Anastasio, con quien sin importar vivir uno frente al otro nunca congenió. A pesar ser de la misma edad, Anastasio era retraído y a Stefan le parecía que le era antipático y lo envidiaba sin saber con certeza el motivo. Es ineludible que la vida de muchas vueltas y hay veces son tan extrañas que nos dejan perplejos. Así sucedió en esa ocasión. Dos semanas antes de Navidad, Mauricio se presentó en la casona para hacer un presupuesto y dárselo a la hija del antiguo vecino Anastasio, ella deseaba remodelarla con la intención de venderla. La casa hacía tiempo la habían abandonado y solo quedaban los restos de algunos muebles, pero la cochera estaba repleta de tiliches inservibles la mayoría. Al quitar un asador y ver el estado del muro del fondo, Mauricio se quedó congelado. Nunca supo explicar cómo reconoció la MTB LiderBike Sport roja de su padre, pero al levantarla pudo corroborarlo al distinguir, aún con el polvo adherido, el nombre Sirin pintado a los lados del cuadro. Entonces cayó en cuenta de lo irónico que a veces es la vida, Sirin estuvo muchos años a unos cuantos pasos de su dueño.     
            Stefan iba sentado a un lado de su hijo Mauricio, se dirigían con toda la familia a la casa del Tío Ramón, la cual no obstante haber dejado este mundo su dueño todas las familias Sacchini radicadas en México la seguía llamando la casa del Tío Ramón. Los Sacchini acostumbraban turnar cada año el festejo Navideño y en esa ocasión le tocó a Pablo, quien al morir también su hermano Hugo se convirtió junto con su madre la Tía Lucina en el único heredero de la fortuna del Tío Ramón.  
            Siempre que veía la fachada de la residencia del Tío Ramón, Stefan sentía en la boca del estómago una sensación de amarga nostalgia, por lo cual no le agradaba ir a ese lugar. Además a su edad y con la artritis le costaba esfuerzo caminar aun ayudándose con un bastón, y no tardaba mucho para quedarse dormido en las reuniones familiares a las cuales se veía obligado acudir. Esa Nochebuena logró mantenerse despierto hasta la cena que estuvo excelente, aunque él solo probó algunos bocados, y no muy entusiasmado estuvo presente en la entrega de regalos junto al árbol Navideño. Su esposa Isabela, quien no obstante su edad se mantenía bella y llena de vida, le entregó su obsequio al mismo tiempo que le daba un beso deseándole feliz navidad.
            Sin dejar de sonreír Stefan abrió el regalo, y como sucedió hacía muchos años se volvió a sorprender al ver solo un sobre con su nombre, dentro del cual había una nota que al leerla se repitió la sospecha y volvió acelerar su respiración. Escrito a mano ahora reconoció la letra de su esposa que decía: En el porche te espera una sorpresa.
            Como pudo caminó acelerado arrastrando su bastón y apoyándose en su hijo Mauricio en medio de toda la familia Sacchini y amigos, quienes intentaban reprimir la emoción que les embargaba. En la entrada al porche estaba recargada una MTB LiderBike Sport con 18 velocidades y una parrilla trasera. De inmediato Stefan reconoció su adorada Sirin roja, y sin comprender lo sucedido las lágrimas volvieron a surcar por sus mejillas.

Fin


PD. Por ser este un obsequio puedes olvidarlo, poner un no like, escribir un comentario negativo o positivo, compartirlo o de perdis alegrarme con un like.