miércoles, 11 de julio de 2018

El regreso





El regreso  
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Por unos minutos me estiré cuan largo era y bostecé hasta dolerme la quijada; después miré lentamente a mi alrededor, reconociendo el oscuro callejón donde me parecía haber pasado la mayor parte de mi vida, aunque yo sabía que no habían transcurrido más de unas cuantas horas desde mi aparición en ese lugar.
       Un compañero ocasional me preguntó: « cómo me sentía» a lo cual le respondí: «como nuevo». Y era verdad; me encontraba rejuvenecido, lleno de energía, como en mis mejores tiempos. Pero algo estaba mal y trataba de abrirse paso en mi cerebro, algo me angustiaba y molestaba porque no podía hacerlo consciente en mi mente. Miré hacia un extremo del callejón, más allá de donde pasó veloz una enorme rata erizándome los pelos de la nuca, aunque por alguna extraña razón me abrió el apetito. Ahí, la callejuela desembocaba en una avenida poco iluminada, por la cual transitaban varios vehículos en ambos sentidos y alguna que otra persona trasnochada caminando con rumbo desconocido. No obstante, me dirigí hacia la luz sintiendo una imperiosa necesidad de ir algún lado, el cual no podía recordar por más esfuerzos que hacía.
       Al llegar a la bocacalle miré en ambas direcciones y me pregunté: « ¿Y ahora para dónde me dirijo?» Mientras indeciso volteaba a uno y otro lado, algo dentro de mí me indicó la dirección que debía tomar, y hacia allí me dirigí sin saber con certeza la razón.
       No sabía la hora, pero la larga calle cada vez se veía más desierta, y ya solo era transitada por algún automóvil solitario interrumpiendo el silencio de la noche mientras se perdía a la distancia. Algunos negocios mantenían iluminados sus escaparates adornados con luces y motivos decembrinos, al igual que unas pocas ventanas de los edificios adyacentes estaban decoradas con algún adorno Navideño. En tanto algunos restoranes, de los que permanecían abiertos toda la noche, lucían también ornamentos de la temporada y albergaban a dos o tres clientes trasnochados.
       La banqueta y el pavimento de la calle se encontraban mojados y con pequeños cúmulos de nieve ennegrecida negándose a derretirse, restos de la reciente nevada caída en toda la ciudad durante varias horas consecutivas. A pesar de ello no sentía demasiado frío y solo me agobiaba la creciente angustia de ir algún lado, necesidad que se resistía hacerse consciente. De pronto, la decoración Navideña del escaparate en una tienda de juguetes me iluminó el cerebro, y con sus luces centelleantes me hizo recordar lo escondido dentro de mi cabeza. Ahora sabía con claridad lo que deseaba, con un fervor tan intenso que me estrujaba el corazón. Debía reunirme con mi nieto esa misma Nochebuena como se lo había prometido no hacía mucho tiempo, y antes que mi familia terminara de cenar y mi nieto Sebastián se fuera a dormir desilusionado por mi ausencia. A pesar ser solo un niño de cinco años, era muy inteligente y no era fácil engañarlo. Cualquier pretexto para justificar mi falta no lo consolaría.
       No obstante desconocer la hora, sabía que esa noche era Nochebuena y lo único por hacer era apresurarme para llegar a mi hogar lo antes posible. Comencé a trotar lo más rápido posible con mis renovadas piernas, manteniéndome cerca de los muros como parecía ser mi reciente costumbre, algo hasta entonces desconocido por mí. Mientras corría pensé en mi nieto Sebastián, en su carita tan expresiva, en sus grandes ojos color miel siempre mirándome con tal profundidad que nos permitía comunicarnos muchas veces sin hablar, sabiendo de alguna manera que éramos afines y compartíamos una inexplicable armonía espiritual, a pesar del contraste de nuestras edades. Él era casi un bebé y yo un anciano agotado.  
       En mi mente lo vi poniendo gran atención cuando me preguntaba algo y yo se lo explicaba como si fuese adulto, con la certeza de saber que él me entendería. Lo observé concentrado jugando con sus juguetes y platicando con ellos, y enojado cuando no le permitía hacer alguna travesura. Sonreí recordando las veces cuando al ver algún comercial en el televisor anunciando un juguete, me preguntaba: « ¿Abuelo, me compras ése?» y yo le respondía « ¡Síííí!» Entonces con su vocecita me daba las gracias con ternura, conformándose tan solo con la promesa. ¡Dios mío! amaba tanto a ese niño que no había nada no hiciera por él. 
       Pronto las avenidas se convirtieron en calles y estas, como en un laberinto confuso, me llevaron casi sin darme cuenta al fraccionamiento residencial donde había pasado la mayor parte de mi vida y de inmediato reconocí. Como ahora me movía en terreno conocido decidí tomar un atajo y, aunque había cierto riesgo de toparme con algún perro poco amigable, salté la cerca que me llevaría por el patio trasero de una residencia hasta el callejón posterior de varios bloques de viviendas, acortando la distancia hasta mi hogar.
       Corrí en medio de la oscuridad, asombrado por poder distinguir hasta los detalles más pequeños de los objetos amontonados en el corredor de los traspatios residenciales, con una capacidad visual desconocida por mí hasta entonces. No obstante desplazarme en completo silencio, de improviso un perro labrador, enorme y furioso, se me abalanzó tratando de morderme. Para mí fortuna una malla ciclónica lo contuvo, impidiendo a sus colmillos amenazantes incrustarse en mi anatomía; sin embargo, no pude evitar que esta vez se me erizaran los pelos de la espalda y exclamara un extraño sonido. Después del susto continué corriendo sin sentir cansancio, hasta llegar a la inconfundible calle donde se encontraba mi hogar. Pronto distinguí la fachada de mi casa y en un instante estuve frente a su puerta, pero ahí comenzaron mis verdaderos problemas, nadie parecía escuchar mis toquidos ni mis gritos; sin embargo debo reconocer que me sonaban raros y hasta a mí me parecían incomprensibles. Al asomarme por el ventanal de la sala comenzaron a caer grandes copos de nieve empañando los vidrios, pero aún así pude distinguir una escena sobrecogedora: mi esposa se encontraba sentada en un sillón, mostrando en su cara una tristeza que no podía ocultar. Mi hijo Santiago trataba de consolarla, y mi nuera Karla atendía algunos vecinos y amigos, quienes ahora me parecían una parte importante de mi vida. En ese instante y tal vez por el frío, comprendí lo imprescindibles que eran esos momentos abrigadores en compañía de mis seres queridos, haciéndome reconocer lo estúpido que había sido por sentir frustración y deprimirme por no poder tener una residencia más grande, un automóvil último modelo, por no lograr el reconocimiento de la gente o no ser famoso y millonario. Ahora me arrepentía no haber disfrutado lo suficiente de todo lo que sí tenía, el no haber estado más tiempo en compañía de mi esposa y mi hijo con el pretexto y la justificación de trabajar mucho para ellos, y el corazón me dolió por los momentos perdidos lejos de mi nieto, al estar concentrado en conseguir lo que en realidad no era tan importante.
       Pero todo eso cambiaría, desde ese momento emplearía todo mi tiempo en disfrutar a mi familia y amigos por el resto de mi vida. Una vez más traté de llamarles la atención a mis familiares y conocidos reunidos tras la ventana de la sala, pero todo fue inútil, nadie parecía escucharme. Como mi prioridad era encontrar a mi nieto Sebastián y lo más sensato era que a esa hora estuviera en su habitación dormido, me dirigí corriendo al patio trasero de la casa y por las ramas del viejo sauce trepé como felino hasta el tejado lateral de la cochera. Por un instante creí resbalar en la nieve blanda empezando acumularse, pero de manera inusitada mis manos y pies se sujetaron a los bordes de las tejas, y con asombrosa agilidad llegué hasta la ventana del cuarto de mi nieto.
       Golpeando los vidrios congelados de la ventana y volviendo a emitir los extraños sonidos saliendo de mi garganta, le rogué a Dios para que Sebastián sí me escuchara. No pasó mucho tiempo para percibirse movimientos dentro del cuarto y, de pronto, distinguí su rostro ingenuo y hermoso tras la ventana intentando ver quién le estaba llamando con tanta insistencia. Después de limpiar el vaho del vidrio me miró asombrado, y un tanto confundido tardó en reconocerme, pero al fijar sus  sus ojos en los míos de inmediato abrió la ventana para permitirme el paso, gritando con alegría: «Abelo, shí legaste».
       Adentrándome en la recamara y mientras me comenzaba a reconfortar con el calor imperando en su interior, le respondí: «Claro, ¿acaso pensaste no iba a cumplir mi promesa?». «No abelo, yo shabía ibash a venil ¿Ya legó Shanta?» Me inquirió ansioso en tanto me abrazaba saltando de gusto. «No y no lo hará mientras permanezcas despierto a estas horas de la noche; ahora nos vamos a la cama de inmediato» Le expliqué, al mismo tiempo que nos acurrucábamos cubriéndonos con los gruesos cobertores. Sin poderse contener más, volteó su carita mirándome fijamente a los ojos y me preguntó: «¿Qué eshtá pashando abelo, polqué ahola eles…?”. Tapándole la boca con mi mano le callé y regresándole la mirada traté de calmarlo, diciendo: «Mañana te lo aclaro todo, ahora debes dormirte para que llegue Santa Claus» Aunque yo mismo no sabía explicarme lo que estaba sucediendo.
       Obedeciéndome cerró sus tiernos ojitos y más tranquilo fue conciliando el sueño, hasta quedarse paulatinamente dormido un poco inquieto. Soñoliento lo observé por un buen rato, rebosando de amor por ese pequeño ser representando la continuidad de mi descendencia.
       No sé cuánto tiempo transcurrió, pero la casa se encontraba en completo silencio y me parecía que se aproximaba el amanecer y pronto el sol trataría de penetrar por entre las nubes plomizas, en un vano intento por calentar el nevado paisaje. Miré a mi pequeño Sebastián dormido a mi lado, y más calmado comencé a meditar sobre lo sucedido unas horas antes. Todo me parecía confuso, y al parecer lo único en quedarme bien claro desde el principio era la necesidad de reunirme con mi nieto y así cumplir con mi promesa hecha no hacía mucho tiempo. Al pensar en ello, con lentitud los vagos recuerdos comenzaron a tomar forma y de repente me vi en la cama del hospital donde me habían llevado de emergencia, después que me desvanecí al sentir un fuerte dolor en mi pecho y como si una corriente eléctrica recorriera todo mi cuerpo, adormeciéndome poco a poco hasta perder el conocimiento.
       Cuando volví en mí me sentía mareado y confuso. Me dolía todo el cuerpo como si me hubiese pasado por encima un pesado camión. Por un buen tiempo solo percibía un fuerte olor a medicinas, enfermeras moviéndose de un lado a otro y de vez en cuando algún médico auscultándome minuciosamente. Más tarde me sentí mejor, cuando por fin reconocí el rostro de mi esposa amada, la compañera de toda mi vida en las buenas y en las malas, y mi alegría fue completa cuando mi hijo me acercó a mi nieto Sebastián, para darme un prolongado beso en mi mejilla y un fuerte abrazo “del oso” como él y yo lo llamábamos.
       No pudieron quedarse mucho tiempo por mi estado delicado. El médico había hecho una excepción dejándolos visitarme, pero antes de retirarse mi nieto me hizo prometerle no faltar a la cena de Nochebuena, para estar con él cuando llegara Santa Claus y le trajera muchos juguetes. Al volver en mí, y después de mi confusión inicial, fue lo primero en lo cual pude pensar con claridad y a Dios gracias ya estaba junto a él. De pronto sentí el hambre de muchas horas sin alimento, y decidí ir en busca de algo para comer de todas las delicias cocinadas por mi esposa y nuera para la cena Navideña. Con gran cuidado, para no despertar a Sebastián, salté de la cama y sin que nadie me oyera me deslicé por la casa hasta llegar a la frecuentada cocina, donde me atraqué del famoso pavo especialidad de mi nuera.
       Satisfecho y moviéndome como un marrano en engorda crucé por la sala desierta, comenzando a iluminarse con los primeros tímidos rayos de luz entrando por entre las rendijas de las cortinas, permitiéndome contemplar el hermoso árbol Navideño lleno de regalos resaltando en la sala por delante del gran ventanal, a pesar de estar apagadas sus luces multicolores que lo adornaban y la brillante estrella coronando su punta más alta.
       Sin duda la dicha reinaba en ese hogar, aunque me parecía haber algo ensombreciéndolo desde no hacía muchos días, pero de alguna manera sabía que la felicidad no tardaría en regresar y pronto la herida solo sería una cicatriz que nunca desaparecería, pero la vida continúa y siempre es un regalo de Dios.
       Caminando por la alfombra de la sala me sentía feliz, completo y realizado; estaba de nuevo con mi familia y mi nieto amado. Le di gracias a Dios por tanta dicha, con la cual me había bendecido tantas veces a pesar acordarme de él solo en los momentos difíciles de mi vida. En ese preciso instante, cuando iba a subir por los primeros peldaños de la escalera, me topé con los mosaicos de espejos adornando el muro extremo de la estancia, y súbitamente me quedé paralizado por lo que veía.
       No podía dar crédito a mis ojos, pero ahora comprendía todo después de aceptar lo que representaba mi imagen reflejada en el muro de espejos, quedándome bien claro. Por fin entendía lo que había pasado y debí reconocer la omnipotencia de Dios. Él en su infinita misericordia me había concedido mi último deseo, cuando en la cama del hospital volví a sentir el intenso cosquilleo por todo mi cuerpo, y sin poder respirar a pesar de todos mis esfuerzos le pedí fervientemente con todo mi corazón, como nunca antes lo había hecho, permitirme cumplir mi promesa dada a mi nieto de estar con él esa Nochebuena.
       La imagen que en ese momento mi visión agudizada veía reflejada y mis nuevos sentidos percibían era la de un negro, grande y hermoso gato.    

Fin.

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