martes, 3 de julio de 2018

El encargo


El encargoregido
José Pedro Sergio Valdés Barón
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No podía evitar sentir miedo, las manos le sudaban y tenía un leve tic en la boca. Su hija no paraba de parlotear, tal vez buscando distraerlo sin lograrlo. El tiempo transcurría lentamente, pero sin remedio se acercaba la hora para enfrentarse a su realidad.
            Más que temer a quedarse ciego, experiencia que ya había sufrido durante varios meses, le aterraba perder la esperanza de recuperar la visión si fracasaba el trasplante de córneas, porque entonces ya no habría otra opción. Perder la ilusión de recuperar la vista, aunque no fuera muy buena, le parecía más deprimente que aceptar la realidad de quedarse ciego.     
            Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y las voces del oftalmólogo y enfermeras, quienes después de saludar a su hija se dirigieron hacia él preguntando cómo se sentía. Con la boca pastosa arrastró las palabras para responder: —muy bien—. Explicando lo que iban hacerle y debía esperar, el médico comenzó a quitarle la venda de los ojos y muy despacio los parches, indicándole abrir los parpados poco a poco. Primero no vio nada, después la luz le molestó, y al fin fue distinguiendo las figuras borrosas de las personas que estaban en la habitación del hospital esperando ansiosas el resultado. Ante la expectativa de los presentes mirándolo, él sólo sonrió.
            Los días se sucedieron acercando la Navidad, mientras él se iba adaptando a volver a ver. Sentía molestias en los ojos y debía ponerse diferentes gotas todo el día y usar lentes oscuros cuando salía a la calle, pero valía la pena por volver a contemplar los amaneceres, los rasgones del cielo azul entre las nubes amenazando lluvia, a la gente alrededor suyo y a todo lo que alcanzaba contemplar su nueva visión. Se sentía contento y parecía que sus días se deslizaban sin contratiempos, aunque su hija volvió alejarse absorbida por los quehaceres cotidianos y continuó con su vida regresando a la normalidad. Sin embargo, demasiado pronto unas sombras inexplicables se le comenzaron aparecer empañando esa felicidad.
            Durante el tiempo permanecido en la oscuridad esperando que su hija juntara el dinero para la operación y por un donador de córneas, vivió como encapsulado. Casi no salía a la calle, consumía el tiempo escuchando música o frente al televisor imaginando lo que pasaba, daba la bienvenida a la señora que le llevaba la comida de una fonda cercana y esperaba con ansiedad las visitas de su hija. Ahora volvía a gozar su liberad, podía hacer e ir a donde quisiera, ver la televisión y caminar por el malecón disfrutando las puestas de sol, viendo cómo se sumergía el astro rey en el horizonte dejando detrás el firmamento naranja seguido del manto de estrellas, y algunas veces también bebía una o dos cervezas en algún bar en la zona turística. Para su mala fortuna su regreso a la tranquilidad no duró mucho.
            Al principio sólo eran rápidos movimientos en la periferia de sus ojos cuando acostado en su cama miraba el televisor, o en los momentos en que se paraba al baño por las noches. Después se fueron convirtiendo en sombras indefinidas que de improviso aparecían por breves instantes, y sucedía dondequiera dentro del departamento y a cualquier hora del día. La primera vez que apareció una estaba recostado en su cama mirando el televisor, y repentinamente el cuarto se enfrió a pesar del calor que hacía en el exterior y de no estar prendido el aire acondicionado. En seguida distinguió una mancha borrosa que le puso de punta los vellos en la nuca, y sin poder moverse la vio atravesar la habitación hasta salir por la puerta. No supo qué hacer, si salir corriendo o quedarse inmóvil, pero hizo consciente que la figura no dio señas de notarlo, y como por nada del mundo abandonaría su casa optó por quedarse. Trató sobreponerse pensando que algo no había salido bien en la operación, y se presentó a consulta con el oftalmólogo para que le aclarara sus dudas y le explicara qué podía estar sucediendo. En el rostro del médico apareció un gesto de incredulidad al informarle la experiencia vivida, pero una vez que el médico le revisó los ojos aventuró dos o tres explicaciones, la más lógica les pareció que era la inflamación de los ojos que le producía vibraciones en el cristalino y deslumbramiento. Le recetó gotas antiinflamatorias y otras antihipertensivas intraoculares, esperando con eso resolver los síntomas. Por algunos días se sintió bien, sólo de vez en cuando le parecía ver por un segundo las visiones, las cuales no se volvían a presentar por prolongados periodos.
            Por desgracia paulatinamente las sombras regresaron más abrumadoras, obligándolo a permanecer mayor tiempo en la calle tratando de evitarlas, sólo desaparecían cuando estaba presente su hija. Intentó explicarle lo que estaba sucediendo, pero ella solamente rió pensando se trataba de una broma, y él nunca insistió. Por las noches temía regresar a su departamento, aunque en realidad nunca se había visto amenazado por los espectros. Sin embargo, comenzó a notar que en la calle algunas personas se comportaban raras, caminaban con lentitud y si les hablaba no le respondían, y había mucha gente que al parecer no las percibían. Comenzó a creer que se estaba volviendo loco y de alguna manera el trasplante de córneas estaba relacionado, pero como no quería terminar en el manicomio decidió callarse y no tocar el tema con nadie. Casi sin darse cuenta se fue acostumbrando a sus visiones y ya no le afectaban demasiado, hasta que un día apareció ella.
En los días anteriores había pasado mayor tiempo en el malecón; ahí se sentía relajado y casi se olvidaba de sus fantasmas. En el bello paseo a la orilla del mar disfrutaba observar la gran cantidad de turistas tomándose fotografías y comprando artículos artesanales; las estatuas asentadas a lo largo del malecón y las obras de arte en la playa hechas con arena por escultores locales, como la Virgen Guadalupana, delfines, ballenas, tritones, sirenas y castillos. En algún momento se dio cuenta que una niña lo miraba a unos veinte metros de distancia, tendría siete u ocho años, se veía sucia y desaliñada, con trenzas enmarañadas y ojos grandes reflejando profundo miedo. Mientras dudaba qué hacer se distrajo por un instante, y al decidir acercarse ya había desaparecido. La buscó durante varios minutos, pero no la vio más. Caminando de regreso a su hogar, se preguntaba si la visión había sido real o sólo fue un engaño más de su mente alterada por sus percepciones extrasensoriales. Le pareció volver a verla fugazmente en una o dos ocasiones, pero no estaba seguro, así que intentó olvidarse de ella. Fue extraño, pero desde el día en que vio a la niña disminuyeron sus visiones, a cambio de que la pequeña se le aparecía con mayor frecuencia sin hacer nada más que mirarlo con sus ojos tristes, como si tratara decirle algo; sin embargo al intentar aproximarse a ella para hablarle se esfumaba.
La mañana previa a la Nochebuena platicaba con su hija sentados en la barda que separa el malecón de la playa, frente la escultura de unos niños trepando una escalera. — ¡Papá, quiero que vayas a la casa a cenar esta noche! —Insistió su hija, sin dejar duda que no aceptaría un no por respuesta. —No te preocupes ahí estaré, aunque no tengo ningún regalo excepto para mi nieto —respondió mirando fijamente la nada. Intrigada, su hija le preguntó qué miraba con tanta insistencia. Él sólo le respondió que lo esperara y se levantó caminando hasta el otro lado de la estatua. La hija observó cómo se alejaba su padre y se detuvo de repente, empezando a mover las manos como si hablara con alguien a quien ella no veía. Comenzando a preocuparse se dirigió hacia él, pero antes de llegar hasta donde se encontraba, él volteó lentamente con algo en la mano. — ¿Qué pasa, papá? — quiso saber. —Me habló —respondió el padre asombrado. Un tanto desconcertada volvió a preguntar: — ¿Quién te habló? ¿Qué tienes en la mano?— Ambos contemplaron un pequeño medallón con forma de corazón y una cadenita rota de plata. — ¿Quién te lo dio? ¡Papá me estás asustando!— El viejo sonriendo le contestó: —Tal vez ahora me creas.
La cena en Nochebuena estuvo llena de alegría, sabrosa comida y la felicidad de todos los presentes. Fue hasta que se abrieron los regalos y se fueron los padres de su yerno después de quedarse dormido su nieto, cuando su hija abordó el tema que la tenía intrigada y nerviosa. — ¡Papá! Ya le platiqué a mi esposo lo que pasó y no me cree— Empezó su hija buscando respuestas. — ¿Qué puedo decirles? No sé lo que me está sucediendo. Todo comenzó cuando me recuperaba de la operación de mis ojos y no tengo ninguna explicación, sólo puedo decirles que son reales las extrañas cosas que veo. Hasta ahora sólo había visto personas raras atravesar muros, pero hoy me habló la niña quien nadie más ve— Con cara incrédula le inquirió el yerno: — ¿Y qué le dijo?— Después de un corto silencio, el viejo respondió con voz entrecortada: — ¡Que le entregara esto a su madre!— Mostrando el medallón de plata procedieron a observarlo detenidamente. Fue su hija quien descubrió un pequeño broche que al moverlo se abrió mostrando la diminuta fotografía de una mujer abrazando una niña, a quien él reconoció como la que le había entregado el medallón, a pesar de estar riendo, limpia y con sus trenzas bien peinadas.
Por un buen rato estuvieron discutiendo si era real lo que estaba pasando, y cuando al fin la evidencia los obligó aceptarlo a pesar de no encontrar una explicación lógica, se preguntaron qué podían hacer. No sabían quién era la niña ni la madre, cómo se llamaban o dónde las podían encontrar, y además les era imposible dejar de sentir algún miedo por la circunstancia sobrenatural. Cansados y con sueño se fueron a dormir sin haber acordado nada. Acostado en el sofá decidió esperar que la niña se le volviera aparecer y aclarara bien lo que le pedía. Mientras tanto él buscaría alguna información en los diarios locales haciendo caso a una corazonada.
Durante varios días estuvo hurgando en la hemeroteca local, buscando en la sección policiaca de los diarios algún reporte sobre niñas extraviadas. Su perseverancia dio resultado y en el periódico Tribuna de la Bahía, fechado un mes atrás, encontró un comunicado con la fotografía de la niña. Se veía más pequeña pero la reconoció de inmediato, aunque el anuncio sólo ofrecía una recompensa a quien diera informes para encontrarla, sin más detalles aparecía un teléfono que resultó ser de la policía.
Con su hija y su yerno acordó no hablar con las autoridades, sin duda no les creerían y podrían involucrarlos como sospechosos de la desaparición de la niña. Su única posibilidad era indagar en el periódico sin descartar que hubiera cierto riesgo, pero si deseaban ayudar a la niña les pareció que valía la pena intentarlo. A pesar de no ignorar que su causa era muy confusa e inexplicable, por el momento parecía tomar forma más real y lógica. Algo le había sucedido a la niña y de alguna manera que no comprendían estaba pidiendo auxilio, y ellos no podían ignorarlo.
Su hija dio con el responsable de la sección policiaca del periódico, y como sólo las mujeres saben hacerlo lo convenció para que le diera la información que necesitaban, a cambio de la promesa de darle un interesante tema sobre la desaparición de niñas en la localidad. Ahora, con los datos obtenidos, se encontraban con la disyuntiva de si era conveniente hablar con la madre o no. Para empezar no sabían cómo explicarle a la madre el encuentro paranormal con su pequeña, ni cómo lo tomaría; podría pensar que eran charlatanes, o peor aún que eran los secuestradores. En eso estaban cuando esa misma noche, en su departamento, el viejo despertó de una pesadilla en la que veía los cadáveres de unas niñas, y empapado de sudor frio sintió un fuerte dolor en su brazo derecho. Al prender la lámpara de su buró no lo podía creer, asombrado pudo leer en su piel del antebrazo las palabras en relieve que decían: Cipriano.
Sin decir nada a su hija y al yerno, a la mañana siguiente decidió darse una vuelta por donde vivía la madre de la niña, esperando encontrar algo en los alrededores de su domicilio. En el bulevar Francisco Medina tomó un camión que lo llevó hasta Valle Dorado, donde con mucho trabajo encontró la calle que buscaba. El número 521 era una modesta casa de una sola planta y fachada color amarillo; nadie parecía estar dentro. Por un buen rato se quedó observando en espera de ver alguien, pero nada se movía y el calor era insoportable. El sol caía a plomo y la intensa humedad lo hacía sudar a cántaros provocándole deshidratación y que su boca la sintiera pastosa y seca. A media cuadra de donde se encontraba, había una calle transversal en la que estaba un tendejón llamado La parrita, a la cual se dirigió para comprar una bebida energética. La tiendita era chica pero estaba bien surtida, y cuando con la bebida en mano esperaba para pagar a la persona que fungía como cajero, una señora le habló por su nombre: —Don Cipriano, deme también un kilo de azúcar— Sintió como un campanazo en la cabeza, y cuando el robusto hombre mal encarado le preguntó si el refresco era todo lo que iba a comprar, él se quedó congelado por un momento antes de responder: — ¡No!... Creo que también me voy a llevar unas papitas— Dejando el refresco en el mostrador, se dirigió al estrecho pasillo en el que estaba la comida chatarra y en el fondo una pequeña puerta con doble cerrojo y un candado. De pronto algo le llamó la atención, en el piso bajo el entrepaño que contenía jabones y detergentes estaba un trocito de cadena plateada. Sin poder ocultar su nerviosismo pagó al tipo el refresco energético y las papitas, saliendo disparado de regreso hasta su casa.
Nuevamente tenían los tres un dilema, el trocito de cadena coincidió a la perfección con la del medallón. El hecho les demostraba que lo más probable era que la niña había sido atacada en ese lugar, sólo faltaba encontrar a la víctima y la puerta que estaba al fondo del pasillo de la tienda parecía la mejor respuesta. No obstante ir con la policía seguía siendo un riesgo, pero no encontraban ninguna otra solución y sin saber por qué sentían que el tiempo apremiaba. Pasado un rato de meditación a su hija se le ocurrió algo: su jefe tenía cierta amistad con al alcalde de la ciudad, y tal vez él pudiera hablar con las autoridades correspondientes para que los ayudaran sin parecerles sospechosos. Y claro sin mencionar la parte tenebrosa de los hechos, sólo dirían que de casualidad habían encontrado en la calle el medallón y después el pedazo de cadenita en la tienda de don Cipriano. Esperando que les creyeran así lo hicieron, y gracias a la recomendación del alcalde la policía se movilizó de inmediato, procediendo arrestar a don Cipriano como sospechoso y a catear su tienda.
Todo el mundo quedó sorprendido cuando la policía encontró a la niña golpeada y abusada pero con vida. Sin embargo fue mayor la sorpresa general, cuando se encontraron los cadáveres de cinco niñas más enterradas en aquel cuarto.
Los tres no ocultaron su alegría, al ver en La Tribuna de la Bahía la fotografía de la madre abrazando a la pequeña Angélica en el momento de regresar a su hogar. La feliz madre quizá nunca sabría el papel desempeñado por ellos, y tal vez ni la misma Angélica sabía cómo había sido posible el milagro. Por desgracia, con las otras víctimas sólo se pudo dar un poco de consuelo a sus familias, y hacer justicia con el desalmado don Cipriano quien no llegó a ser juzgado, en la prisión preventiva los presidiarios le aplicaron la ley del talión.
Por otra parte, el viejo se sintió satisfecho prometiéndose que algún día entregaría a la madre el medallón olvidado por todos y así completar el encargo de Angélica. Pensó que sus extrañas visiones habían tenido un propósito loable y ahora esperaba que no se presentaran más, pero en ese momento no sabía cuán equivocado estaba. Tan solo unos días después le llamó la atención un hombre que lo miraba fijamente, a corta distancia, con sus ojos expresando una infinita tristeza; pero a diferencia de Angélica parte de su quijada y nariz estaban descarnadas… pero eso es otro cuento.

Fin

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