lunes, 28 de mayo de 2018

Amigas


AMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Era buena hora, se había levantado un poco más temprano para recoger a ¿Marlen? Bueno, casi estaba segura que ese era su nombre; pero no importaba, pronto la conocería. Ayudar a las personas le hacía sentirse bien. Desde pequeña Andrea había sido una niña hermosa por fuera y por dentro; era buena hija, y aunque a veces su fuerte carácter le hacía rebelarse, siempre terminaba por obedecer a sus padres. En la escuela destacó como buena estudiante, estimada por amigas y amigos a quienes lideraba para organizar fiestas, reuniones, paseos o días de campo. Además, también se desvivía por ayudar a los animales heridos, perdidos o sin dueño, y si por ella hubiera sido a todos habría adoptado, pero sus padres se negaban a convertir su hogar en un asilo de mascotas. No obstante, al final, sucumbieron ante la insistencia de su hija y debieron aceptar un perrito medio ciego y un gato sin cola. Al perrito lo llamaron nube por la mancha blanca cubriéndole parte de un ojo, y al gato sinco con “S” para abreviar sin cola.
            Andrea creció siendo independiente y emprendedora, con frecuencia andaba vendiendo alguna cosa para ahorrar y poderse comprar lo que deseara o necesitara sin afligir a sus padres, o si mucho les pedía completarle algún faltante; lo cual aprovechaban sus progenitores para imponerle retos si deseaba su ayuda, y casi siempre los lograba haciéndolos sentirse orgullosos de su hija y ella quedara satisfecha consigo misma. Al entrar a la universidad era una joven muy ocupada, además de sus estudios de veterinaria, aprendía inglés, hacía deporte en el gym y jugaba en un equipo de tochito mixto. Aunque tenía muchas amigas y amigos, no tenía novio porque pensaba que era pérdida de tiempo valioso, ya tendría espacio para el romance una vez alcanzadas sus principales metas en la vida.
            Para nadie fue sorpresa cuando un día leyendo la pizarra de anuncios en la facultad, repentinamente le llamara la atención a Andrea una solicitud de ayuda. Se trataba de una joven estudiante en la facultad de medicina, quien requería la transportaran de su casa a la facultad y si era posible regresarla a su casa. Como al parecer le quedaba por el camino a Andrea, no tuvo inconveniente en contactar a la solicitante y ponerse de acuerdo para pasar por ella al día siguiente. Sus padres sólo movieron la cabeza al ser informados por Andrea del compromiso echado a cuestas, pero sabiendo que así era su hija y no la harían cambiar de opinión aceptaron su decisión.
            Al fin dio con el domicilio, y estacionando su carrito caminó hasta la puerta de una casa de clase media y tocó el timbre. El rostro bondadoso de una mujer madura apareció al abrirse la puerta, y sonrió al preguntar si era la persona que llevaría a su hija a la universidad. Al responder afirmativamente, Andrea fue invitada a pasar al interior de la casa que se apreciaba acogedora, y al entrar a la sala se llevó una mayúscula sorpresa al toparse de frente con una joven, con cara angelical, desplazándose con la ayuda de una andadera ortopédica. Nadie le había aclarado que se trataba de una persona con discapacidad y a ella no se le ocurrió preguntar. Por un momento dudó y por su mente cruzó la idea de disculparse por no poder cumplir el compromiso, pero ya era demasiado tarde y no le pareció correcto, por lo tanto disimulando su confusión mostró su mejor sonrisa. Una vez hechas las presentaciones, Andrea ayudó a Marlen a llegar hasta su coche, prometiéndole a la madre hacer todo lo posible para sincronizar sus horarios y regresarla a casa. Por el camino Marlen le explicó que su novio era quien la llevaba y traía en su auto, pero había terminado con él y por ello se vio en la necesidad de solicitar ayuda, la cual le agradecía. Andrea quiso saber por qué había terminado con el novio, explicándole la joven haber descubierto que la engañaba con una compañera. Aún sin mostrar Marlen alguna señal de amargura, Andrea decidió no profundizar más en el tema, mientras recapacitaba que ahora parecía adquirir mayor importancia ayudar a la joven con discapacidad.  
            Durante el trayecto a la universidad ambas congeniaron de inmediato, una admiraba la valentía de la otra, y ésta estaba sorprendida que una mujer tan joven no sólo pensara en ella misma, en hombres y diversión, sino además se interesara en ayudar al prójimo. Al llegar a la facultad de medicina, no muy alejada a la de veterinaria, ya habían coordinado sus horarios y exceptuando los martes, jueves y sábados que Andrea iba a clases de inglés y no podría regresarla a casa, el resto de los días ella la llevaría y traería sin ningún problema. Marlen le aseguró que los días en los cuales no pudiera Andrea, ella encontraría algún compañero para llevarla, y si nadie podía usaría un taxi para regresar a su hogar.
            Con el paso de los días su amistad creció. Además de bellas e inteligentes, las dos tenían muchas cosas en común, les encantaba la misma música, se peleaban por los galanes de moda, eran fanáticas de la poesía, se reían de sus locuras y tenían metas similares. Por desgracia con frecuencia la salud de Marlen se debilitaba y debía permanecer en casa, no obstante el inconveniente no impidió que Andrea la visitara cuando podía, y una de esas veces Marlen le explicó que hacía varios años había sufrido un accidente cerebrovascular dejándola parapléjica, y desde entonces sólo podía caminar con la ayuda de la andadera. Sin embargo, el mayor problema era la diabetes que padecía y las complicaciones por su condición, como hipertensión, estreñimiento y la pérdida de masa muscular en sus piernas dificultándole cada vez más caminar. A pesar de ello le daba gracias a Dios por cada minuto que le regalaba de vida. Sin proponérselo, Andrea la admiraba más cada día convivido con ella y llegó el momento en el cual la consideró su mejor amiga.
            Una lluviosa tarde sonó el celular de Andrea, era Marlen quien le preguntaba si podría pasar por ella, porque nadie pudo llevarla a su casa y no encontraba ningún taxi. Preocupada por ser tan tarde y Marlen siguiera en la calle probablemente sin comer, Andrea se salió de la clase de inglés y se apresuró para ir por su amiga. La encontró en la caseta de vigilancia en la entrada a la facultad, toda empapada por buscar un taxi bajo la lluvia, y cuando el guardia logró persuadirla para cobijarse en el interior de la caseta ya no había remedio, escurría agua hasta por la andadera. Desde ese día, Andrea decidió abandonar las clases de inglés para llevar a Miranda a la facultad y regresarla a su casa  todos los días, el inglés podría esperar o ya encontraría otra manera de aprenderlo.
            Así transcurrieron las semanas y los meses, hasta que llegaron las fiestas finales del año. Los padres de Andrea acostumbraban festejar la Navidad en casa de los abuelos, quienes radicaban en una ciudad cercana donde se juntaba tradicionalmente toda la familia y ése año no sería la excepción. Resignadas, Marlen y Andrea se despidieron con la promesa de hablarse la noche del veinticuatro para desearse una feliz Navidad, y el dos de enero al regresar Andrea, juntas festejarían el año nuevo.     
            Antes de la cena de Nochebuena, Andrea se comunicó con Marlen y por teléfono se desearon una feliz Navidad y un maravilloso año nuevo, prometiendo volverse a comunicar la noche de fin del año. Durante toda la semana Andrea disfrutó a sus abuelos y a toda la familia, pero algo le inquietaba en su pecho, lo cual se explicó diciéndose que se debía por extrañar a su amiga. Emocionada, Andrea esperó hasta cerca de la media noche del último día del año para hablarle a Marlen, pero se le rompió el corazón, cuando la madre de su amiga le informó que Marlen había fallecido la mañana del veinticinco de diciembre; su salud se había deteriorado muy rápido y su corazón simplemente se detuvo. Sin poder contener el llanto Andrea soltó el teléfono y corrió al cuarto donde dormía en casa de sus abuelos.
            La mañana del día primero, Andrea viajaba en el auto familiar con sus padres, quienes habían consentido regresar a su casa cuanto antes. Mientras miraba por la ventanilla el paisaje semidesértico, con las montañas lejanas deslizándose hacia atrás y las escasas nubes como algodones flotando en el firmamento azul, Andrea meditaba sobre la vida truncada de su amiga Marlen. Sin duda, y a pesar de su drama, había sido feliz. Su alma fue tan grande que compensó por mucho la fragilidad de su cuerpo, permitiendo a su mente soñar, tener ilusiones y disfrutar cada instante de su vida sin impedírselo sus limitaciones. Andrea se consolaba pensando que su querida amiga por fin había descansado y encontrado la paz en el paraíso. Fue entonces cuando Andrea se propuso cumplir con la principal meta de Marlen, y decidió cambiar de carrera para convertirse en neurocirujana y ayudar a las personas que sufrían paraplejía, honrando así a su inolvidable amiga cumpliendo su sueño.
            Abrazadas, Andrea y la madre de Marlen lloraron hasta secarse sus ojos, y entonces tomando un sobre del pequeño árbol de Navidad, la madre se lo entregó a Andrea explicándole que era el regalo dejado por su hija para ella. Con las manos temblorosas, Andrea sacó una tarjeta navideña del sobre y con la mirada borrosa por las lágrimas la leyó:
Andrea
Feliz Navidad y próspero año nuevo
Gracias por tu amistad

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