lunes, 1 de enero de 2018

Encuentro con el pasado

Encuentro con el pasado
José Pedro Sergio Valdés Barón
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A pesar de las incomodidades y el cansancio se sentía entusiasmado, viajaban desde hacía veinticuatro horas en un autobús del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah). Ir a la zona arqueológica de Kohunlich en Quintana Roo era la culminación de su tesis para recibirse como antropólogo, y además como un atractivo adicional los acompañaba la bella asistente del Dr. Federico Álvarez jefe de la expedición arqueológica del inah. El grupo lo completaban dos arqueólogos más y un experto en criptología maya. La cultura maya le fascinaba e iba con la ilusión de descubrir secretos ocultos cientos de años atrás, sin embargo nunca imaginó la espeluznante sorpresa que le esperaba en aquellas ruinas cubiertas por densa vegetación.
              Molidos por el viaje decidieron hacer una parada en la ciudad colonial de Villahermosa, Tabasco. Se hospedaron en el hotel Olmeca Plaza, y desde ahí turistearon un poco en el parque Tomás Garrido caminando por el malecón de la Laguna de las Ilusiones, visitaron la Catedral del señor de Tabasco y el Museo de Historia de Tabasco. Por la tarde, después de comer los deliciosos platillos autóctonos en el restorán Las Jícaras, se la pasaron descansando en el hotel. En la noche, Elizabeth, la bella asistente del Dr. Álvarez, y Samuel se sacudieron el cansancio y fueron a pasear por el parque Juárez disfrutando el espectáculo de la fuente cantarina. No tenían mucho tiempo de conocerse, lo hicieron apenas unas semanas antes de emprender el viaje a Quintana Roo, no obstante desde el principio se sintieron atraídos el uno al otro, y esa noche se tomaron de las manos, cruzándose tiernas miradas al despedirse en el lobby del hotel para dirigirse a sus respectivas habitaciones. Al día siguiente, muy temprano se desplazaban ya por la carretera Nº 186 y al llegar a la población de Escárcega se dirigieron hacia Chetumal capital del estado de Quintana Roo. Cincuenta y un kilómetros antes de Chetumal se desviaron por un maltrecho camino rumbo a la zona arqueológica de Kohunlich.
            La exuberante vegetación de pronto se interrumpió al llegar a un claro, mostrando de improviso increíbles estructuras de arquitectura maya como salidas de una bella estampa. Como el Dr. Álvarez había explorado las ruinas con anterioridad, dispuso el lugar, restringido al público, para levantar las cuatro tiendas de campaña donde dormirían durante el tiempo que permanecieran en el lugar, una sería para el Doctor, otra para su asistente y en las dos restantes se quedarían los arqueólogos Jaime Dorantes y Ben Tyler en una, y el criptólogo Benito Salmuera y Samuel Camal en la última; además debieron acondicionar dos carpas, una como sanitario y baño, y otra para el equipo y materiales de exploración y análisis. Bañados en sudor, oliendo a león y muertos de hambre finalmente cenaron su primer alimento en lata, antes de caer exhaustos en sus respectivos camastros para dormir como fardos de soldado.
            Ese primer día se levantaron tarde, y aunque todavía se sentía fresco el clima pronto el calor y la humedad serían sofocantes como sucedía en esa época del año. Casi sin darse cuenta se fueron adaptando a la rutina de trabajo diaria y las dos primeras semanas hicieron excavaciones cercanas al Templo de los Mascarones, donde encontraron no muy lejos un Mascaron apenas explorado cubierto por la selva semi tropical que llamó la atención del Dr. Álvarez, Tyler y Dorantes. De manera espontánea al mismo tiempo fue creciendo un romántico sentimiento entre Elizabeth y Samuel que, sin manifestarlo, todos los integrantes del equipo se dieron cuenta, y por ello nadie se sorprendía cuando por las noches, después de cenar alrededor de la fogata, la joven pareja permanecía ahí durante horas mirándose y platicando lo que harían al regresar a la civilización, o caminaban entre las ruinas haciéndolos sentir que el tiempo se fusionaba en un solo momento donde ellos eran el centro del universo. También a veces permanecían sentados en las escalinatas del Templo de los Mascarones disfrutando la espectacular danza de estrellas y nebulosas entre la negrura del firmamento; sin embargo, ninguno sospechaba el misterio escondido muy cerca de ellos.
            Unos días antes de dar por terminada la misión arqueológica que no había aportado nada relevante, a Elizabeth y Samuel se les ocurrió tomarse fotografías en el Mascaron junto al lugar de exploración. Cuando Samuel enfocaba a Elizabeth a un lado del Mascaron, con los últimos rayos del sol sumergiéndose por arriba de la exuberante selva, distinguió una sombra que le llamó la atención. Claramente tenía la forma de un diminuto hombre de pie señalando con la mano una protuberancia oculta en la piedra, la cual por extraña casualidad solo se podía apreciar en ese instante del día y época del año.
            Sin responderle a Elizabeth preguntando qué pasaba, intrigado Samuel se acercó a la protuberancia y la oprimió. Ambos se sorprendieron al ver al Mascaron abrirse unos centímetros, suficientes para permitir a un hombre introducirse a la oscuridad interior. Samuel no quiso importunar a las demás personas posiblemente dormidas, y en silencio tomó una lámpara para regresar con Elizabeth que esperaba ansiosa frente al Mascaron. Dentro era un pasillo estrecho taladrado en la roca caliza terminando en una puerta de piedra, y en los muros se apreciaban jeroglíficos y dibujos mayas de indescriptible belleza. Con gran esfuerzo los dos jóvenes lograron abrir el portal a una amplia cavidad sin ningún ornamento u objeto ceremonial. Solo se encontraba en el centro una especie de ataúd de piedra del tamaño para dar cabida a un hombre grande. Como pudieron deslizaron la pesada cubierta llena de tierra acumulada y curiosos lentamente alumbraron el interior, y no se frustraron, dentro estaba un cuerpo cubierto con una manta de henequén a punto de pulverizarse de vieja. Indecisos, al fin optaron por esperar hasta el amanecer a que sus colegas despertaran, para con su ayuda y el equipo necesario descubrieran con mucho cuidado al residente del Mascaron, al fin y al cabo no sucedería nada si aguardaban unas cuantas horas más, de las muchas que permaneció oculto el personaje dormido hacía una eternidad.
            Durante el desayuno, Elizabeth les comunicó su descubrimiento en el Mascaron 9B a todos los integrantes del equipo arqueológico, quienes incrédulos dejaron sus humeantes cafés y guiados por Samuel casi corrieron al mentado Mascaron. Eran poco antes de las once de la mañana cuando iniciaron, con mucho cuidado, el desprendimiento de la manta que cubría el cadáver, ayudándose con sofisticados elementos de vanguardia y con la guía del Dr. Álvarez. Al quedar descubierto el rostro del difunto momificado, conservado  asombrosamente y vestido a la usanza de los supremos sacerdotes mayas, sin excepción se quedaron pasmados por el parecido con Samuel; nadie puso en duda su similitud y mucho menos Samuel, a quien le pareció mirarse en un espejo bastante más viejo y por supuesto más arrugado. Transcurrido el asombro comenzaron las preguntas y elucubraron las respuestas, pero nadie quedó conforme y mucho menos Samuel, parecía un enigma imposible de aclarar. Al parecer era una inverosímil coincidencia que todos trataron de asimilar.
            Durante los siguientes días hicieron pruebas de carbono 14, las cuales resultaron con una antigüedad próxima a los ochocientos años, y enviaron a México material de adn para hacer una comparación genética con Samuel. Simultáneamente el experto criptógrafo Salmuera y Samuel intentaron descifrar los jeroglíficos y dibujos mayas plasmados en los muros de la cripta, y unos días después de intenso trabajo el resultado dejó a todo mundo aún más perplejos, la trascripción muy elaborada parecía describir un evento inexplicable:
En el sitio sagrado de los dioses, donde cada 100 años la puerta del cielo se abre en el momento en que el dios sol más grande la ilumina en el tercer plano del templo. Del portal de los dioses arribó Ka´ansah para enseñarnos con su sabiduría los secretos de la tierra y el cielo, hasta cuando su alma abandonó su cuerpo en nuestros brazos.
            Con algunas diferencias entre ellos la traducción les explicaba a todos que el difunto era una especie de dios, quien les enseño posiblemente agricultura y les explicó fenómenos naturales como la lluvia y los cambios climáticos hasta su muerte; sin embargo no les aclaraba en dónde estaba el sitio sagrado o la puerta que se abría cada cien años, ni cuál era el momento en que el dios sol la iluminaba, ni cuál era el tercer plano del templo. 
            Mientras los expertos trataban responder sus dudas, la relación de Elizabeth y Samuel creció hasta convertirse en un intenso amor que parecía unirlos para siempre, no obstante ella se dio cuenta que Samuel comenzó a obsesionarse con el misterio encerrado en la existencia de un sacerdote maya semejante a él, una incongruencia en la cual todos coincidieron porque no solo era perturbador el parecido con su compañero de equipo, sino además no se explicaban cómo las características anatómicas de una momia maya eran las de un hombre caucásico de estatura superior a la de los hombres de esa etnia y un poco menor a la de Samuel. Por desgracia el tiempo de la misión y las provisiones se habían agotado y todos debían regresar a la Ciudad de México. Con extremo cuidado acomodaron el cuerpo momificado en el féretro mandado hacer en el cercano poblado El Puentecito colocándolo en la parte que acondicionaron del autobús, y para terminar desde muy temprano levantaron el campamento excepto la tienda de campaña de Samuel, quien se negó rotundamente a marcharse del lugar pretextando que ahí estaba la solución del enigma que les intrigaba, y no se iría sin encontrar la verdad.
            Nunca lo habían hecho, pero durante la noche previa a la partida de ella, Elizabeth y Samuel se amaron con pasión, y recostados sobre una manta, mirándose a los ojos bajo el firmamento repleto de estrellas, ella puso en el cuello desnudo de él una medalla de oro grabada diciendo: el verdadero amor todo lo puede, y con un último beso se dijeron adiós. Ambos sabían que no se volverían a ver, pero sin decir nada aceptaron su destino que irremediablemente los separaba. Llegó la mañana tristemente nublada, y Elizabeth, comprendiendo la necesidad de él para quedarse, por una ventanilla del autobús con la mano le dijo adiós a su amado, quien erguido delante de las ruinas mayas pareció irse empequeñeciendo hasta que la selva lo ocultó. Entonces ella sintió que su corazón se partía en dos.
            Samuel estaba dispuesto a explorar cada centímetro de la zona arqueológica hasta encontrar la respuesta al enigma que lo atormentaba, aunque sin saber cómo, él estaba seguro que la solución se encontraba en el mismo Mascaron 9B. Después de escudriñar minuciosamente el sepulcro no encontró nada, entonces leyó y releyó mil veces la transcripción de los glifos pintados en las paredes del pasillo sin decirle nada. Una noche en la cual disfrutaba la frescura del ambiente sentado en las escalinatas de la Acrópolis, tal y como lo hacía con Elizabeth, meditaba la necesidad de buscar en otro sitio lo desconocido, pero con la seguridad de reconocerlo cuando lo viera. Sin proponérselo se le iluminó el cerebro repitiendo el texto de la traducción jeroglífica memorizada, y como en secuencia retardada descifró la pista que lo llevaría a resolver el misterio de su doble maya.
            Esperó dos largos días, y al amanecer del tercero se instaló bajo la cúpula central del Templo del Rey a esperar se iniciara el equinoccio de primavera a las doce horas con tres minutos. No tenía ninguna duda que algo pasaría y él estaba consciente en reconocerlo, apostaba su vida en ello. Los segundos, minutos y horas desfilaron lentamente por todos sus sentidos, y de pronto un hilo de luz solar apareció por un glifo del sol grabado en lo alto de la cúpula. Se desplazaba tan despacio siguiendo la curvatura del muro que parecía no moverse, no obstante al llegar a la tercera imagen representando al planeta tierra causó un destello de luz cegadora, convirtiendo la imagen en una superficie acuosa y circular de unos dos metros de diámetro. Samuel no lo pensó, y como si eso fuera lo esperado se lanzó a través del círculo que se cerró un segundo después.
            No lo podía creer, Elizabeth, pero las evidencias eran incuestionables. La tercera prueba de carbono 14 confirmaba que la momia tenía una antigüedad poco menos de ochocientos años y las pruebas de adn demostraron, sin lugar a dudas, que pertenecían a Samuel Camal. Ninguno de quienes se enteraron del inexplicable fenómeno pudo encontrar una respuesta plausible para aclararlo, y cada uno elaboraba extravagantes hipótesis sin satisfacer a nadie. Harta de tantas incoherencias y preocupada porque Samuel no daba señales de vida, sin pensarlo más tomó el primer vuelo con destino a Chetumal, Quintana Roo, y fue en busca de su amado.
            En las instalaciones de administración y vigilancia a la entrada del complejo arqueológico le informaron a Elizabeth no saber nada. Lo echaron de menos hacia solo unos días, y al no encontrar más que la tienda de campaña con todas sus pertenencias dentro las guardaron y llamaron a la policía federal, quienes iniciaron las respectivas investigaciones sin resultados a la fecha, y aunque sospechaban de un robo mal logrado los hechos no concordaban con las evidencias, simplemente el señor Camal se había esfumado de la faz de la tierra. Con lágrimas en sus bellos ojos, Elizabeth buscó en las pertenencias de Samuel cualquier indicio para aclarar lo sucedido, pero nada encontró. Desesperada quiso ver en persona el lugar que tantos bellos recuerdos le traía y recorrió palmo a palmo todas las ruinas mayas, pero al final debió desistir, no encontró ninguna señal del amor de su vida.
            Deprimida y con un misterio más sin respuesta regresó a la Ciudad de México. No quería saber nada de arqueología, así que después de meditarlo durante un buen tiempo, mientras superaba su pena, decidió estudiar Historia Precolombina. No volvió a saber nada de los integrantes de la expedición a la zona arqueológica de Kohunlich, incluyendo a su jefe el Dr. Álvarez, únicamente durante varios años se mantuvo en contacto con la policía federal esperando le informaran si encontraban cualquier cosa de su amado Samuel Camal.
            Un día Elizabeth asistió a una conferencia sobre la cultura maya en el Museo Nacional de Antropología e Historia, y al terminar la conferencia se le apeteció comer algo rápido en el restorán del museo. El lugar estaba lleno, pero un hombre apuesto le ofreció sentarse en una de las sillas de la mesa que ocupaba. No iba aceptarlo, pero al ver sus ojos sintió paralizarse su corazón sin ninguna explicación y le fue imposible negarse. Mientras comían iniciaron una plática sobre la conferencia a la cual ambos habían asistido, pero a pesar ser amena la charla ella sentía que su subconsciente deseaba decirle lo que su consciente no quería escuchar, sin embargo no pudo rechazar la invitación que le hizo el hombre llamado Samael Camal.
            Comenzaron a salir disfrutando de su mutua compañía, fueron a conciertos, visitaron las ruinas del templo mayor y la gran Tenochtitlan, y les encantaba ir al cine o a bailar. Pasados los días, Elizabeth comprendió que estaba enamorada de Samael desde mucho tiempo antes de conocerlo, el destino tenía muchos caminos y su amado Samuel encontró la manera de volver a ella a través de su descendiente Samael, quien era tres años menor que ella y había nacido en Chetumal, Quintana Roo, en el seno de una antigua familia con una historia ancestral perdida en la bruma del tiempo. Ahora, Elizabeth conocía la verdad a partir del momento en que vio los ojos de su amado en el rostro de Samael. De alguna manera Samuel pudo viajar en el tiempo por la puerta que se abría cada cien años y no vivió lo suficiente para regresar por la misma. Sin embargo debió tener relaciones con una mujer maya, y a través de su descendencia pudo lograrlo creando una paradoja temporal que lo devolvió a ella.
            La primera noche en su luna de miel con Samael, Elizabeth reconoció la medalla de oro colgada en el pecho desnudo de él con la inscripción que decía: el verdadero amor todo lo puede.


Fin

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