lunes, 11 de diciembre de 2017

El maleficio


El maleficio
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Había sido un domingo perfecto, y disfrutábamos el final sentados alrededor de unas mesas del restorán-cafetería El faisán en el parque Centenario de Coyoacán. Éramos cuatro parejas y dos solteros platicando sobre las incidencias que habíamos disfrutado con nuestras súper bikes, cuando volamos en la carretera libre a Cuernavaca por la mañana. Normalmente regresábamos al anochecer, pero en esa ocasión retornamos temprano y decidimos ir a Coyoacán a tomar un café antes de despedirnos. Acostumbrábamos salir los domingos a correr con nuestras motocicletas por las carreteras que llevaban a los lugares de esparcimiento cercanos a la cdmx, donde gozábamos los fines de semana y no siempre con nuestras parejas. Ninguno de nuestro grupo de riders era millonario; sin embargo, unos eran profesionistas, otros empresarios, negociantes o ejecutivos. A mis 32 años yo era group product manager de un importante laboratorio en la industria farmacéutica mexicana. Tenía un buen salario, ahorros en mi cuenta bancaria, vivía en mi propio departamento y era soltero sin compromiso por el momento, aunque tenía planes para casarme con mi novia Alejandra, quien era una hermosa joven a punto de recibirse como cirujana dental. Sin duda podía decirse que por lo general la vida me sonreía.
            En realidad no sé cómo sucedió, pero de pronto estaba frente a un joven con ojos claros, alto y delgado, quien sin la tupida barba y la melena sucia y enmarañada, vistiendo andrajos como indigente, podría creerse que era una persona de clase social acomodada. No entendí bien lo que me dijo, solo recuerdo que como regalo puso en mi mano una piedra rara de unos dos centímetros y forma irregular, la cual después pude comprobar era de algún material resinoso rojizo oscuro, pero a contra luz se podían distinguir burbujas de aire atrapadas en su interior.
            Sin satisfacer la curiosidad de todos, y una vez agotadas las burlas de mis amigos se olvidó el asunto; sin embargo, por alguna razón inexplicable conservé la piedra y la guardé en una bolsa interior de mi chamarra de piel negra, aunque no sé si hubiese cambiado algo el no hacerlo. Lo que sí sucedió pasados unos días, fue que la piedra rojiza la consideré mi amuleto de buena suerte y la traía todo el tiempo conmigo.
            Al principio mi vida continuó igual, pero paulatinamente las cosas fueron cambiando. Mi amigo y gerente general de los laboratorios farmacéuticos donde yo trabajaba fue despedido y no fui del agrado a su sustituto Víctor Manuel Dominguín, a diferencia de mi subalterno Víctor Arteaga, al que yo le enseñé todo sobre el marketing de la industria farmacéutica en México, quien adulándolo descaradamente en poco tiempo se convirtió en el brazo derecho del nuevo gerente general de la empresa. Por supuesto y como era de esperarse, pasados unos meses fue el mismo Víctor Arteaga quien me comunicó mi despido de los laboratorios, eso sí con todas las de la ley, y además como una generosa compensación por mis seis años de servicio, me adjudicaron el automóvil de ejecutivo concedido como prestación, condonándome la deuda vigente que todavía faltaba por liquidar en libros acordado en el plan de automóviles de la empresa. Días más tarde me enteré, que el traidor Arteaga se había quedado con mi puesto.
            Con el buen dinero de mi liquidación laboral y mis ahorros no me sentí demasiado afectado, y aunque por un tiempo extrañé a mis amigos y compañeros pronto me recuperé. Aprovechando mis conocimientos y experiencia en el ramo, logré establecer mi propio negocio de publicidad especializada para la industria farmacéutica. Al inicio pareció marchar todo como navegando con el viento a favor, pero en poco más de tres año debí cerrar el negocio, los gastos consumieron mi capital y por ende me vi obligado a endrogarme con un banco. No quedándome otra opción, comencé a buscar empleo en la industria farmacéutica con los amigos y conocidos. ¡Oh sorpresa! Los amigos prometían ayudarme y luego me daban la espalda y se escondían, y los conocidos se comprometían en llamarme pero nunca lo hacían. Entonces no me quedó más remedio que vender mi hermosa motocicleta súper bike para sostenerme en tanto encontraba trabajo, ya no en la industria farmacéutica, donde mi di cuenta que por alguna razón desconocida no tenía cabida, sino en cualquier lugar donde me permitiera tener algún ingreso para mantenerme a flote por un lapso lo más largo posible, pero después de un tiempo me di cuenta que al parecer el único empleo al cual podía aspirar era como comisionista.  
            Logré ingresar a una agencia de automóviles como vendedor a comisión, pero después de seis meses no había vendido ni un auto, no pude con la competencia de marcas, ni con las imposiciones de acabados de fábrica, ni mucho menos con la pelea de perros por los clientes entre los mismos vendedores de la agencia. Más adelante probé suerte en el despacho de seguros de un amigo de la infancia donde también fracasé, en poco menos de un año solo tuve un ingreso con la comisión por la venta de una póliza de seguro empresarial contra incendios. Sin más remedio debí vender mi auto para poder sobrevivir. Trabajé como vendedor de bienes raíces, como ejecutivo comisionista vendiendo tiempo aire en una televisora, pero nada funcionó, todo me salía mal. Una noche, después de haber vendido mi televisor de 50” de la estancia y el de 40” de mi recamara y todos mis muebles excepto mi cama, me puse a meditar en lo que me estaba pasando. Por la mañana había ido a la Basílica de Guadalupe a pedirle ayuda a la Virgencita, mi madre espiritual, como lo hacemos los mexicanos cuando estamos en problemas. Al salir de la Basílica caminé hasta mi departamento y sin comer ni cenar me recosté mirando al techo. Entonces, y como respuesta de la Virgencita de Guadalupe, se me iluminó el cerebro y vino a mi mente atribulada el recuerdo del momento en el cual aquel mendigo me regaló una piedra. Ahora estaba seguro que no tuve una racha de mala suerte, ni la piedra era un amuleto de buena suerte, sino en realidad era una maldición que el desgraciado hijo de perra me trasmitió por alguna razón desconocida.
            Sin pensarlo más busque la piedra, y abriendo la ventana de mi cuarto la lancé con todas mis fuerzas a la calle desde el quinto piso. Pasado un tiempo durante el cual continuó mi mala suerte, caí en cuenta que había cometido una estupidez al deshacerme de la piedra, ahora no tenía nada para pasar la maldición a otro fulano, aunque no supiera las palabras para hacerlo, pero eso era mucho mejor que nada. Para consolarme me convencí que la creencia en las maldiciones era pura mentira, solo una leyenda urbana, y ya me llegarían mejores tiempos, todo lo que debía hacer era continuar esforzándome, sin embargo no fue así. Finalmente me vi obligado a vender mi departamento, y con el dinero de la venta compré un taxi ecológico para trabajarlo durante el día y me mudé a una casa de huéspedes rentando un cuarto sin baño. Por un par de años la fui sobrepasando, pero no pude evitar que mi economía siguiera en picada. No obstante cuando pensaba que ya no era posible me fuera peor sucedió lo inevitable, mí adorada novia Alejandra terminó conmigo, siendo comprensible porque me había convertido en un perdedor.
             El gasto de gasolina y las constantes reparaciones del taxi apenas me dejaban para comer y pagar el cuarto de huéspedes, obligándome a trabajar hasta catorce o dieciséis horas al día, pero me consolaba yo mismo diciéndome que al fin y al cabo era mi propio patrón y ya nadie podría despedirme. Eso era cierto, pero nunca imaginé que me esperaban cosas peores. Como debí aumentar las horas de trabajo en mi intento por salir adelante, me vi en la necesidad de trabajar incluso durante la noche.
            Serían como las diez de la noche cuando una mujer joven y muy guapa me hizo la parada pidiendo llevarla a la zona rosa, al llegar a la esquina de las calles Londres y Génova me detuve en donde iba apearse la pasajera, en ese momento por la ventanilla del auto la mujer comenzó a gritar pidiendo auxilio. Sin saber qué demonios pasaba me quedé pasmado, hasta que, quien sabe de dónde, aparecieron dos policías como por arte de magia y sin miramientos me arrestaron, la mujer me acusaba de haber querido violarla. Siguiendo a la patrulla con la mujer y un policía, y yo en mi taxi con el otro nos dirigimos supuestamente a la delegación Cuauhtémoc. Por el camino nos detuvimos en una calle solitaria y golpeándome con sus macanas los policías me metieron a la patrulla, comprendiendo al fin de qué se trataba toda la farsa. Con la amenaza de encarcelarme por intento de violación me sacaron todo el dinero que traía, y como les pareció una miseria se encabronaron y completaron la golpiza hasta dejarme inconsciente. Al volver en mí, el auto estaba desvalijado y sin llantas. Como no tenía ni quinto para repararlo no me quedó más que vender mi coche como chatarra, y aceptar trabajar como ruletero para un dueño de taxis que se compadeció de mí. Ahora una vez más era empleado y, además de pagar la gasolina y las reparaciones del taxi, debía cubrir una cuota diaria para el propietario del vehículo.
            Con todo lo sucedido me doblaba pero no me quebraba, hasta que comenzaron aparecer pasajeros en el asiento posterior del taxi. Como yo era el nuevo en el grupo de ruleteros que trabajábamos para el dueño de los taxis, me asignaron suplir por las noches a quienes tenían permiso o les tocaba descanso. Una noche lluviosa recorría las calles de la ciudad en busca de pasajeros, cuando de pronto comencé a sentir un frio gélido y mi respiración se convertía en vaho a pesar que la noche siendo muy húmeda tenía un clima agradable, en seguida percibí un olor fétido que me revolvió el estómago, y al buscar su procedencia me di cuenta, por el espejo retrovisor, que estaba una persona sentada en el asiento posterior. Sentí que los cabellos de la nuca se me erizaron, y di un enfrenon que estuvo a punto de estampar el auto en un poste. Al voltear no había nadie ni nada en la parte trasera del taxi, me bajé del vehículo y con la mirada busqué en todas direcciones sin ver nada anormal. Con las piernas temblando del susto, me dije que solo había sido una alucinación provocada por el constante estrés al cual estaba sometido, así que olvidé el asunto.
            Por desgracia el asunto no se olvidó de mí, cuando menos lo esperaba sentía la presencia de alguien o algo en el asiento trasero del taxi, y al intentar ver lo que era, solo alcanzaba a distinguir una sombra desvaneciéndose de inmediato. Nadie me creyó, todos pensaban que era una invención mía para cambiarme al turno matutino, y aunque esa no era mi intención, sirvió para que el propietario del auto me asignara suplir a los compañeros que descansaban durante el día. No obstante mejorar mis condiciones en el trabajo y aumentar mis ingresos al tener más usuarios durante las horas con luz, las manifestaciones extrañas que me perseguían persistieron. Como ya no trabajaba por la noche ahora se manifestaban en cualquier parte y hora del día, en ocasiones al llegar a mi cuarto encontraba mi catre reburujado o con la silueta marcada como si se hubiera recostado ahí una persona, o en el espejo que yo coloqué detrás de la puerta aparecían unos dibujos con algún significado incomprensible para mí. Lo que me pareció más atemorizante fue cuando un día al estarme peinando para salir a trabajar, en la palma de mi mano izquierda aparecieron tres gotas en fila de un líquido parecido a lágrimas humanas, al limpiarlas volvían aparecer después de unos minutos repitiéndose el fenómeno tres veces consecutivas.
             Ya me había dado cuenta que la maldición o lo que fuera, durante años me estaba afectando en lo económico para llevarme a la ruina y convertirme en indigente, pero casi sin darme cuenta se fue transformado en algo más aterrador, en extraños sucesos que estaban a punto de volverme loco. Por fin un día me pareció ver una luz al fondo de la negrura, y tal vez fue la respuesta a mis suplicas de la Virgencita de Guadalupe. Al dejar a unos clientes en el restorán La tablita de San Ángel, reconocí, a pesar de ir muy bien vestido sin la melena y con la barba recortada, al hijo de puta pordiosero que me entregó la piedra maldita, bajándose de un flamante bmw negro y abrazando a una hermosa mujer rubia. Mi primer impulso fue bajarme del taxi y matarlo con mis propias manos, pero me contuve pensando que con eso no rompería el maleficio, si en verdad existía. Así recobré la calma y esperé en el coche con la vista fija en la entrada al restorán. Mientras esperaba comencé a elucubrar lo que haría, y a pesar no tener todo definido, cuando salió el desgraciado con su acompañante me concreté a seguirlos de cerca. Al llegar a un edificio de lujosos departamentos en la colonia condesa, entró el bmw en el estacionamiento subterráneo. En ese instante supuse que ahí era donde vivía y me dije que ya tenía al maldito.
            Solicité permiso por unos días al dueño del taxi, y a un amigo le pedí prestado su destartalado vochito, así pude seguir al desgraciado de nombre Enrique Ortega e investigar quién era en realidad. Después de haberse declarado en bancarrota inexplicablemente,  desapareció unos años sin que nadie supiera nada de él, hasta que volvió a operar como corredor bursátil con mucho éxito. Ahora era nuevamente un soltero adinerado y mujeriego, a quien las jóvenes del Jet Set mexicano andaban detrás de él. Sin tener ninguna duda de su identidad y teniendo definido un plan, en un tianguis compré una pistola escuadra de plástico que parecía de verdad y estuve listo para enfrentarlo.
            Anochecía cuando un auto entró al garaje del lujoso edificio y, antes de cerrarse las puertas automáticas, me deslice al interior del estacionamiento sin que nadie me viera. Escondido en el cuarto de la bomba del agua y la cisterna esperé a mi odiado enemigo. Sin otra cosa por hacer, intenté comprender lo sucedido. La respuesta más lógica me pareció que, cualquiera haya sido el motivo, el tal Enrique también fue víctima del mismo hechizo que me atormentaba, pero él había sido mucho más inteligente que el imbécil de mí, y conservó la piedra para trasmitir la maldición por ser el reservorio que algún brujo o hechicero utilizó para su conjuro. A pesar que posiblemente él también era una víctima, el desgraciado me escogió a mí quien no tenía ninguna vela en el entierro y esa era la razón por la cual debía explicarme el porqué, pagarme por todo lo que yo había perdido y sufrido durante tanto tiempo, e indicarme cómo nulificar la maldición que ahora pesaba sobre mí, y sin tener posesión de la piedra.
            Serían alrededor de las tres de la madrugada, en el momento que oí abrirse y cerrarse las puertas automáticas del estacionamiento, e identifiqué el bmw negro del infeliz Enrique acompañado de otra bella joven. Antes de cerrarse las puertas del elevador, me introduje sorprendiéndolos al amagarlos con la pistola de plástico, y previendo que gritara la mujer la encañoné, mientras le advertía que si lo hacía le dispararía en la cabeza sin ninguna contemplación. En seguida le ordené al maldito Enrique llevarnos en silencio y sin engaños hasta su penhause. Intrigado y tal vez pensando que se trataba de un asalto obedeció sin reconocerme, en tanto la mujer aterrada apenas podía contener el temblor en todo su cuerpo. Al entrar al penhause, golpeé con fuerza la nuca de Enrique con la pistola, que a pesar ser de plástico estaba bastante dura, cayendo al piso inconsciente. En seguida conduje a la joven a la recamara, y tomando algunas corbatas del closet le amarré las manos y pies, poniéndole un pañuelo en la boca. Con toda la calma del mundo hice lo mismo con el desgraciado sin taparle la boca, y vaciándole un jarrón con agua fría en la cabeza esperé a que volviera en sí. Al terminar de enfocar su mirada, le di un puñetazo en el rostro dejándolo aturdido, y comencé a interrogarlo mientras sangraba por la boca. Cuando tenía la cara molida a golpes pareció reconocerme y se quebró, comenzando a responder todas mis preguntas. Así supe la historia en la cual, sin tener yo nada que ver, terminó conmigo.
            Todo se inició con una mujer, joven, bella, exitosa, de la alta sociedad quien se enamoró de Enrique obligándola a terminar con el prometido, quien estaba profundamente enamorado y era un hombre de armas tomar. Al ser rechazado por su prometida por culpa de Enrique, quiso creer que la causa había sido el dinero ostentado por éste y su consecuente popularidad en la alta sociedad de la capital mexicana. Así que para recuperar a la bella joven, decidió vengarse eliminando la riqueza de su rival regalándole la piedra del maleficio obtenida quién sabe dónde. Para su mala fortuna no resultó su intento para recuperar a la joven y fue rechazado, entonces al borde de la locura por los celos y la frustración le quitó la vida con un puñal y a continuación se degolló con la misma arma.
            Enrique perdió todo lo que tenía y terminó como indigente; sin embargo, al igual que yo, se dio cuenta del hechizo implantado sobre él, y lo único en ocurrírsele fue acudir con un brujo que conoció siendo limosnero, quien le aclaró que la maldición a través del amuleto no se podía deshacer, no obstante sí se podía trasmitir a otro sujeto obsequiándole la piedra y mencionando las palabras: Ueliti mictlan telchiua. Una vez que me dijo el nombre del hechicero y en dónde podría encontrarlo, le hice la pregunta que más me intrigaba: — ¿Por qué me escogiste a mí para pasarme la maldición? A pesar de su maltrecha cara pudo esbozar una sonrisa al responderme: — ¡Porque me pareciste el más feliz! Sintiendo hervirme la sangre lo seguí golpeando hasta que se volvió a desvanecer. Sin más me lavé las manos ensangrentadas, y salí como si nada del lujoso edificio bajo la mirada del sorprendido conserje.
             No fue fácil dar con el hechicero, pero el consultarlo resultó decepcionante para mí y por primera vez en mi vida pensé en el suicidio, el chamán solo confirmó lo que ya sabía. La maldición fue un conjuro de un brujo supremo y no podía deshacerse, y mucho menos sin el amuleto trasmisor para poderlo traspasar a otro individuo. La única esperanza que tal vez funcionaría, aunque el hechicero nunca había escuchado que se lograra, era conseguir una piedra semejante y con toda la fe del mundo pedir a una santidad que la bendijera para contrarrestar con buena suerte el maleficio.
            Por días anduve en caminos de terracería, en pedregales y lotes baldíos, hasta que por fin encontré una roca metamórfica muy parecida en tamaño, color y forma a lo que recordaba de la piedra maléfica. A continuación fui a la Basílica de Guadalupe y subí hasta el templo del cerro del Tepeyac, donde se supone que la Virgen Morena se la apareció a Juan Diego, y después de suplicarle con fervor bendecir mi piedra, la escondí al pie de la imagen Guadalupana durante tres días.
            El tiempo transcurre inexorable, y solo me resta esperar a que la buena suerte venza al mal, o aceptar morir en la calle como pordiosero.
Fin
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