lunes, 21 de noviembre de 2016

HORMIGAS


HORMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón

Creo que todo comenzó cuando mi esposa viajó a Ciudad Juárez para ayudar a nuestra nuera con mi nieto de dos años, durante los días que estuviera convaleciente después de dar a luz una nueva nieta. Antes de irse se quejó varias veces conmigo, que la casa estaba invadida de hormigas por todas partes, pero nunca lo hice consciente por estar ocupado en mis quehaceres cotidianos y no le puse atención.
Al principio fue sólo una molestia, si dejaba restos de comida en la barra de la cocina o en los botes de basura y trastes sucios en el fregadero en un instante se llenaban de hormigas. Quién sabe de dónde salían, pero no tardaban en formar largas filas por las cuales iban y venían por el alimento, especialmente si eran deshechos azucarados o grasos. Recordé que mi esposa había insistido en tirar los desperdicios de comida en una bolsa de plástico, afuera en el patío. Eso hice, además de lavar los trastes y limpiar la cocina matando al mismo tiempo muchas hormigas, pero nunca imaginé que mi acción fuera el verdadero comienzo de mi pesadilla…Y algo más.
No pasó mucho tiempo para que al abrir la alacena la encontrara invadida de insectos, las envolturas de panes, pastas y dulces de manera increíble las habían violado y sólo las latas permanecían intactas. Enojado tiré todo al basurero y me fui a comprar el insecticida más potente que encontré, y al regresar rocié toda la cocina y las plantas del patio trasero de la casa. Era tanta la peste que me vi obligado a salirme a la calle e ir a comer a la cenaduría Coyoacán, para después meterme en un cine esperando pasara el tiempo suficiente para que se disipara el olor a pesticida y cuando regresara a mi casa el aire fuera respirable. Al abrir la puerta de mi hogar el olor se podía soportar, por lo cual decidí abrir ventanas y puertas, encendiendo todos los ventiladores para que se oreara y poder pasar la noche en mi cama. En la cocina no había ninguna señal de hormigas, y erróneamente creí que me había deshecho de ellas. Nunca pensé que muy pronto me arrepentiría de haberles declarado la guerra.
En los siguientes días no apareció ninguna hormiga y creí que todo había vuelto a la normalidad, pero luego comenzaron a salir algunas hormigas solitarias a las que identifique como exploradoras, las cuales mataba con mis manos; sin embargo si olvidaba lavar los trastes o dejaba algún alimento en algún lado de inmediato se acumulaban los insectos, lo único que al parecer rehuían era al frio del refrigerador. Entonces comencé a notar algo increíble, cuando me veían u olían trataban huir antes que comenzara aplastarlas con mis manos y las exploradoras zigzagueaban rapidísimo para esconderse. Mientras las aniquilaba sentía que de alguna manera unas cuantas se subían a mi cuerpo y me mordían, produciéndome el dolor agudo como de un pequeño piquete. Lo siguiente en pasar, sin en realidad comprenderlo, fue que no habiendo hormigas a la vista las sentía corriendo por mis brazos y piernas; primero pensé que eran únicamente mis nervios, pero comprobé lo cierto cuando logré atrapar algunas.
En una ocasión se lo comenté a mi hija, pero ella sólo me contestó que en su casa también tenía una plaga aconsejándome mantener limpia la cocina, y al platicarlo con mi esposa por teléfono se soltaba riendo y me tildó de loco. Siguiendo el consejo de mi hija me mantenía limpiando, no sólo la cocina sino toda la casa. Cuando comenzaron aparecer las hormigas en mi recamara, oficina y el baño decidí que era hora de tomar una medida drástica y pedí auxilio a una empresa exterminadora de plagas. Al llegar a la casa para fumigar me preguntaron cuál era el problema, y después de explicarles lo sucedido me aseguraron que dejara de preocuparme, ellos se encargarían de aniquilar la plaga de insectos; aunque al decir esto disimularon una sonrisa burlona, como diciendo «A este tipo le falla el coco».
Efectivamente la fumigación funcionó, pero sólo por casi un mes. Las hormigas regresaron más agresivas que nunca, no había lugar en la casa donde no estuvieran, y comenzaron aparecer grandes grupos de hormigas alrededor de cadáveres de otros insectos, como cucarachas, grillos y hasta arañas, haciendo inútil toda limpieza. Harto me clavé en la computadora buscando una solución, y descubrí que mis enemigas eran monomorium mínimum originarias de Estados Unidos, principalmente del estado de California y los estados del Este. Al parecer nadie les había informado a los insectos que estaban muchos kilómetros al sur de su hábitat y no debían estar en mi casa. Conociendo más a las invasoras, probé toda clase de remedios caseros que encontré en Internet contra las plagas de hormigas caseras, pero tampoco funcionaron, con algunos disminuía la cantidad de insectos por unos días, pero regresaban cada vez más amenazantes. Comencé a encontrar lagartijas, aves y ratones cubiertos de los diminutos monstruos devorándolos; lo inverosímil fue cuando apareció el cuerpo de un pequeño perro comido a medias por las hormigas. No sé cómo lograron matarlo y arrastrarlo hasta dentro de la cochera de la casa, pero el hecho debió alertarme para huir de mi hogar, en lugar de hacerme el valiente y creer que podría contra ellas.
Al mismo tiempo comenzaron a suceder cosas extrañas. A pesar de ser invierno y por la noche enfriaba bastante el exterior, dentro de la casa hacía un calor infernal, subiendo el termómetro digital interior hasta 45º centígrados, obligándome a encender los aires acondicionados de todas las habitaciones en un intento para poder dormir. Al enfriarse la casa la invadía un olor penetrante, y se comenzaba a escuchar una especie de zumbido que oscilaba su intensidad sin poder precisar de dónde provenía, parecía venir de todas partes desde el interior de los muros.
Ese día transcurrió muy tranquilo, las hormigas no aparecieron por ningún lado dándome falsas esperanzas, pero por la tarde cuando me encontraba lavando los trastes, al prender la luz porque anochecía muy temprano, me quedé congelado al ver que todo parecía estar infestado de hormigas negras azabache, que como un manto viviente se movía en oleadas hacia mí. Ahora no había las que exploraban, en su lugar iban al frente las guerreras un poco más grandes que las obreras, pero con una enorme cabeza con aterradoras mandíbulas. La verdad no supe qué hacer, hasta cuando comenzaron a subirse por mis piernas expuestas por los shorts, y empecé a sentir las dolorosas mordidas que al contacto segregaban ácido fórmico. Como pude corrí hacia el baño y me metí bajo la regadera abriendo la llave del agua que salió bastante fresca, mientras al mismo tiempo mataba con mis manos todas las hormigas que podía. Después de un rato y al no sentirlas recorriendo mi cuerpo me atreví a prender la luz del baño. Aliviado no vi ninguna, ni siquiera los cuerpos de las que había matado, al parecer el agua las arrastró por la coladera, y sólo quedaba como prueba de su presencia las muchas ronchas ardiendo en mi anatomía. Con cautela abrí la puerta del baño, y al no ver nada peligroso constaté que las hormigas se habían esfumado como si nunca estuvieron ahí. Confieso que sentí miedo y me propuse abandonar mi hogar al día siguiente e irme a refugiar a la casa de mi hija. Supongo ese fue el peor error que pude cometer, porque debí irme de inmediato lejos de ahí, pero no lo hice por no parecer un cobarde, aunque esa misma noche sucedió lo inimaginable.
Encerrado en mi recamara mirando adormilado el televisor de improviso se fue la luz, aunque por la ventana vi que las luces en la casa de enfrente y del arbotante de la calle permanecían encendidas. Enseguida empecé a sentir que subía rápidamente la temperatura del cuarto y un aterrador zumbido aumentaba su intensidad; despierto por completo, de inmediato me levanté de la cama y agarrando ropa y toallas del closet tapé todas las rendijas de la puerta que pude, agazapándome sobre la cama con una revista enrollada como arma en la mano. En la oscuridad no podía distinguir a los insectos, pero sabía que habían entrado a la habitación y amenazantes se acercaban lentamente hacia mí. Traté de conservar la calma, pero el miedo se apoderó de mí impidiendo que pensara con claridad y emprendiera la huida, y cuando percibí que subían a la cama ya era muy tarde y no pasó mucho tiempo para que estuvieran sobre mí. Con furia tiré golpes contra ellas a diestra y siniestra, pero el dolor agudo de sus mordeduras era intenso y sentí que comenzaba a sangrar por las heridas, haciéndome soltar la revista y con las manos tratar de aplastarlas en mi cuerpo. Aterrorizado intenté salir corriendo de la casa, pero las piernas no me respondieron. El dolor, el cansancio y el terror nublaron mi mente y caí al piso, entonces con mis últimas fuerzas me arrastré hacia la sala en un desesperado intento por salir a la calle y mi salvación. Cerca a la puerta de la sala que da a la cochera no pude más y me rendí. En ese instante acepté que había sido vencido por unas diminutas hormigas.

Fin

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