lunes, 17 de octubre de 2016

Las sillas


Las sillas
José Pedro Sergio Valdés Barón
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No podía evitarlo, era extraño pero siempre que pasaba frente la casa de los viejitos con la mirada Samuel los buscaba, aun sabiendo que yendo a la escuela a esa hora de la mañana no estarían a la vista; aunque en algunas ocasiones, don Manuel regaba muy temprano el césped del jardín frontal de su casa cuando hacía mucho calor. Sin embargo la imagen de él y su esposa era imprescindible por las tardes, cuando sentados bajo la sombra de una frondosa lila platicaban con cuanto vecino se les acercara, o simplemente contemplaban a los niños jugar en el parque central del fraccionamiento privado.
            El matrimonio de doña Leticia y don Manuel Spirto era conocido y estimado por todos los habitantes del conjunto residencial, en especial por los niños que siempre recibían de ellos una sonrisa, un dulce o una galleta horneada por doña Lety, como la llamaban de cariño. La pareja de ancianos vivía en el fraccionamiento desde que comenzaron a vender las casas, y había ido y venido mucha gente durante todos esos años. Sin embargo, al parecer no tenían hijos y nadie podía decir que había visto algún familiar o amistad que los visitara, y además ellos eran muy retraídos respecto a su pasado, no obstante ser sociables y estar siempre presentes en los eventos comunitarios o en cualesquier reunión a la cual se les invitara. Para todos era un enigma cómo sobrevivían, don Manuel no tenía algún trabajo conocido, pero era evidente que el dinero no les faltaba y se especulaba que habían heredado una buena fortuna que guardaban en el banco, aunque a nadie le constatara.
            Samuel, o Samy como le llamaban, era un niño de unos diez años que de alguna manera se comportaba diferente, tal vez porque no conoció a ninguno de sus abuelos y la carencia de ese afecto lo compensaba con lo que sentía por los viejitos Spirto, y estos a su vez le correspondían con el mismo cariño. Doña Lety con frecuencia le regalaba algo especial al niño, y don Manuel platicaba mucho con él y le daba sabios consejos, haciendo patente que a Samy lo diferenciaban de los demás niños del complejo residencial. Para los padres de Samy y los residentes del fraccionamiento fue indudable la inusual conexión entre Samy y el matrimonio Spirto, la cual se intensificó a partir del día en que don Manuel le salvó la vida al niño. Ese día Samy andaba en bicicleta con otros niños por la calle alrededor del parque, cuando una vecina se distrajo por un momento conduciendo su camioneta, impactando a Samy lanzándolo varios metros adelante a pesar que el vehículo iba a baja velocidad. Por fortuna don Manuel caminaba por el parque cuando oyó el tremendo golpe, y reaccionando de inmediato corrió en auxilio del niño accidentado. Su sorpresa fue mayúscula al reconocer a Samy y constatar que no tenía respiración ni pulso, se había golpeado la cabeza en el pavimento y la vida se le escapaba. Sobreponiéndose a la tragedia, don Manuel recuperó la calma y procedió a aplicarle al niño el RCP ante los ojos atónitos de los niños que habían presenciado el accidente, y el llanto y gritos de las mujeres que se aproximaron temiendo por sus hijos, y no entendían bien lo que había sucedido comenzando a especular lo peor. Transcurridos dos o tres minutos de angustia Samy comenzó a respirar, y al abrir los ojos contempló por un largo momento el rostro de su salvador.
            Avisada por una vecina, la madre de Samy sintió que su corazón se detenía mientras corría al lugar donde se juntaba la gente, imaginando lo que no quería ni pensar. Al llegar y constatar que su hijo hablaba con don Manuel, su alma regresó a su cuerpo e hincándose abrazo al pequeño preguntándole cómo se sentía. Fue don Manuel quien le respondió que estaba bien, pero no debía moverse hasta que llegaran los paramédicos de la ambulancia que venía en camino.
            Samy había sufrido un severo trauma craneoencefálico que lo puso al borde de la muerte. Durante los primeros días en el hospital infantil, los médicos pusieron en coma inducido al niño, esperando que la inflamación cerebral disminuyera para poderle extraer un coagulo cerebral, pero en realidad no esperaban que se salvara. Sin embargo, unos días después, los médicos no se explicaban cómo había sobrevivido al golpe y su increíble recuperación en tan poco tiempo. Los padres de Samy nunca perdieron la fe, y ésta se fortalecía cada vez que se presentaba en el hospital el matrimonio Spirto, haciendo que bajo los párpados del pequeño sus ojos comenzaran a moverse y sus labios intentaran hablar. Al principio les pareció una coincidencia, pero la madre del niño no dejó de percibir que había algo más sin explicación. A los dieciocho días Samy regresó a su hogar completamente recuperado, sin embargo algo había cambiado y su madre parecía ser la única en darse cuenta.
            Todo pareció volver a la normalidad, aunque Samy pasaba más tiempo con los Spirto y su carácter maduró volviéndose muy responsable y centrado para su edad. En la escuela se convirtió en un estudiante brillante y popular, volviéndose el orgullo de sus padres. Así creció Samy rodeado de felicidad convirtiéndose en un joven carismático y fuerte, su madre terminó por adormecer el halo enigmático que rodeaba la relación de su hijo con la pareja de viejitos, y los Spirto continuaron alegrando al vecindario y sentándose en sus sillas contemplando por las tardes a los niños en el parque transformarse en hombres de bien.
            La vida tranquila del fraccionamiento residencial se vio interrumpida, la noche comunitaria en que festejaban la tercera posada de la temporada decembrina de ese año. Eran las diez de la noche, cuando unos niños comenzaron a gritar que un ladrón encapuchado acababa de salir de la casa de los Spirto con algo en las manos. La gente corrió a ver lo que había sucedido, en tanto el joven Samy sin pensarlo agarró una bicicleta y emprendió la persecución del ladrón. Al salir del fraccionamiento alcanzó a distinguir una sombra que doblaba la esquina de la calle e incrementó el pedaleo con la intención de alcanzarla, sin medir el peligro. El hombre, con una sudadera oscura y la capucha cubriéndole la cabeza, logró llegar a la entrada de la estación del metro antes que Samy le diera alcance. A pesar de la hora había mucha gente utilizando el sistema de transporte público, obligando a Samy abandonar la bicicleta para continuar persiguiendo al maleante entre la muchedumbre. Por momentos el fugitivo se le perdía a Samy, pero entonces se fijaba en el grupo de personas que parecían ser apartadas con violencia y hacia allí se dirigía haciendo lo mismo, ignorando los insultos que le gritaban las personas afectadas. Al llegar a los accesos del andén, Samy debió saltarlos por no tener boleto permitiéndole también acercarse al ratero, quien no tuvo más opción que correr hasta el final del andén de abordaje, quedando acorralado por el joven que lo perseguía. En ese instante coincidieron varios hechos determinantes; el metro se aproximaba a la estación a gran velocidad, el ladrón dudó por un momento saltar a las vías volteando hacia su perseguidor, Samy se detuvo a unos cuantos metros y en su mente quedó gravado para siempre lo que contempló casi al mismo tiempo: las manos del ladrón sujetando un libro, e impresa en la portada la imagen dorada del tercer ojo en la cúspide de una pirámide. Bajo la capucha el rostro resignado de un hombre de unos cincuenta años de edad, con la barba de candado y unos ojos tan negros que absorbían la luz, y finalmente, el salto del ladrón al encuentro del metro.
               El impacto fue brutal, el destrozado cuerpo del infeliz hombre voló más de treinta metros quedando irreconocible. Pasado el momento de caos, sin que nadie lo percibiera Samy recogió el libro que con el golpe fue lanzado hacía él, y sin mayor problema Samy se esfumó del lugar antes que hicieran su aparición las autoridades. Cuando regresó al fraccionamiento residencial se encontró con una mala noticia y los rostros consternados de los vecinos. Retirándose momentáneamente de la posada, doña Lety había regresado a su casa para recoger unas canastitas de dulces para los niños sorprendiendo al encapuchado robando sus pertenencias, quien después de golpearla con el puño huyó en seguida. Más tarde al volver la calma, Doña Lety se negó ir al hospital para ser atendida y sólo permitió que don Manuel le aplicara hielo en el mentón, donde había recibido el golpe. Al llegar la policía, y como los Spirto no quisieron levantar una denuncia, se concretó a asentar los hechos y no habiendo delito que perseguir se retiró del lugar. Cuando las amistades preguntaron a Samy qué había sucedido con el ladrón que persiguió, para no dar explicaciones les respondió que lo había perdido entre la oscuridad de las calles, y cuando alguien preguntaba por el objeto que el ratero llevaba en las manos al huir de la casa, don Manuel respondía que no había sido nada, sólo un mal entendido; pero sin notarlo las personas, las miradas de complicidad de Samy y don Manuel se cruzaban, ocultando la importancia del libro de las verdades del culto Iluminati, que había intentado robar un desertor.
            Hay cosas en la vida que no tienen remedio, y doña Lety se recuperó del golpe en la cara, pero, sin nada que lo explicara, del daño en su alma no pudo hacerlo, comenzando a marchitarse lentamente. Una tarde lluviosa doña Lety dijo adiós a este mundo, dejando a don Manuel sin su otra mitad. El tiempo prosiguió su camino y don Manuel pareció sobreponerse a su pérdida con el apoyo de Samy. Casi sin darse cuenta, los residentes del complejo residencial se fueron acostumbrando, a ver por las tardes al viejo sentado en una de las sillas contemplando a los niños jugar en el parque, y a veces sentado en la otra a Samy su discípulo y sucesor. Sin embargo, el semblante de don Manuel era diferente, sus ojos ya no expresaban la alegría de otros ayeres, y como fue de esperarse su vida languideció, hasta que un día decidió partir para reunirse con su amada.
            Por algún tiempo la casa de los Spirto se fue deteriorando, pero las sillas permanecían esperando a sus dueños soportando el sol, el viento, las lluvias y el frio sin sufrir daño y sin que nadie se atreviera a quitarlas, hasta que la casa fue embargada por el gobierno y subastada más tarde. Los nuevos dueños fueron quienes recogieron las sillas y las arrumbaron en la cochera, para continuar con la vida como si nada hubiese pasado, perdiéndose en la bruma del pasado el recuerdo de los viejitos Spirto.  
            Los años se fueron acumulando y Samy maduró hasta convertirse en un hombre ejemplar; encontró su pareja llamada Lucía, Lucy de cariño, quien era una excelente mujer, y cuando Samy sufrió la muerte de sus padres vendió la casa paterna y compró una nueva en un reciente condominio residencial. En ese lugar doña Lucy y don Samuel envejecieron transformándose en una pareja de ancianos bondadosos y alegres, quienes sentados en unas antiguas sillas por las tardes contemplaban a los niños jugar en el parque del condominio residencial.


FIN

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