martes, 13 de septiembre de 2016

Solsticio de invierno



Solsticio de invierno
. .
José Pedro Sergio Valdés Barón
Despertó con la piyama de franela empapada con sudor frio, aumentando su sensación de frialdad por la temperatura fresca de la habitación. La pesadilla había regresado, tan intensa que en su mente se confundía con la realidad. Se estremeció, no estaba seguro si por el frio o por miedo. Otra vez había visto el intimidante rostro de ella, cuando después de que lo golpeaba con la vara de fresno hasta sangrarlo, lo encerraba durante horas en la oscuridad del cuarto de tiliches, y cuando cansado de llorar y pedir perdón se hacía el silencio, entonces podía escuchar los rezos de ella del otro lado de la puerta. Todo volvía una vez más y se iba acomodando en su justo sitio dentro de su universo de terror.
       Después de ducharse, desayunar y ponerse su cachucha salió del pequeño departamento, no sin antes recorrerlo con la mirada. Todo estaba en perfecto orden, tal y como era su costumbre obsesiva. Caminando se dirigió hacia la estación del metro. Como cada año en esa fecha, no iría a su trabajo como embalsamador en la funeraria con el logo de un amanecer. Vagaría durante las horas pico por las estaciones más conflictivas del sistema colectivo de transporte, en su interminable búsqueda de la mujer.
       Durante los últimos días y conforme se acercaba el momento, su angustia había ido creciendo hasta sentir una opresión en su pecho que por momentos le parecía insoportable,  acrecentando un coraje incontrolable en su mente. Ese 23 de diciembre era el día en que la luz del sol sería la mínima del año, el momento se acercaba inminente. Mientras caminaba sentía ese cosquilleo estimulante en sus manos y piernas, la adrenalina fluyendo por sus arterias excitándolo y su mente alucinando el rostro de ella, sangre y muerte.
       En tanto admiraba los ornamentos navideños de la estación Pantitlán donde abordó el metro, con su mano acariciaba el acero del afilado bisturí retráctil que llevaba en la bolsa de su chaqueta. Al pasar frente a unos policías sonrió y pensó que eran unos imbéciles, durante años les había enviado a las autoridades advertencias y mensajes que, sin duda, se habían perdido en la maraña de la ineficiencia y burocracia; eso le hacía sentirse bien y aumentaba su autoestima, era demasiado inteligente para ellos. Se bajó en la estación Pino Suarez y transbordó a otra línea para apearse en la estación Zócalo; ése año deseaba hacerlo en el centro de la ciudad y ahí inició la búsqueda de ella. Sus ojos, como los de un halcón, se fijaban en cada mujer que se asemejara a la imagen de su madre, quien sería la elegida.
       Permaneció por algún tiempo en la entrada del metro; más tarde merodeó por sus intrincados y extensos pasillos, cuidándose siempre de las cámaras de vigilancia. Nada, no pudo reconocerla entre la multitud que en oleadas se movía en todas direcciones. Entonces decidió regresar a la estación Pino Suarez, pero tampoco tuvo suerte. Ya era tarde y tenía hambre, se comió una torta en un local de los que había en los pasillos del sistema, antes de la hora pico vespertina cuando cientos de personas salían de sus trabajos para transportarse en el metro. Conforme pasaba el tiempo se ponía más nervioso y su impaciencia le impulsó a probar suerte en la estación Chabacano. No habría otra oportunidad, ése era el día.
       La vio caminando rumbo a la línea 2 con dirección Taxqueña y desde ese momento la persiguió como un depredador sigue su presa. Lo que él veía en su mente era a su madre, una mujer bajita y delgada, entre cuarenta a cuarenta y cinco años, con semblante adusto y dominante. Comenzó a sentir que le hervía la sangre, y una furia inaudita se apoderó de sus entrañas como le sucedió cuando tenía dieciséis años, aunque ahora su actitud controlada era tan fría como el hielo.  
        Todo lo que se encontraba en la periferia de su visión se volvió borroso y se fue esfumando, sólo la figura de ella se mantenía nítida y aproximándose. De pronto las cosas comenzaron a sucederse. Por el túnel la luz del tren se acercaba a la estación, la gente se apretujaba para colocarse donde asumían quedaría una puerta de los vagones; él se situó por delante de la mujer y sentía en su espalda la presión de su cuerpo. Cuando se abrieron las puertas del metro las multitudes se enfrentaron, los que querían bajar empujaban a quienes deseaban  subir y éstos a su vez forcejeaban por entrar. En ese momento él se volteó con el escalpelo soldado a su mano, pero fue sorprendido al no ver el rostro de su madre, sino el de un hombre tan alto como él.
       Confundido se dejó arrastrar hacía dentro del vagón; al recuperarse, comenzó a buscar a la mujer con desesperación. Pronto logró localizarla al fondo del tren, ella había sido empujada por la gente hacía la siguiente puerta. Abriéndose paso entre los pasajeros se acercó hasta quedar frente a ella y esperó. En la siguiente estación, los usuarios que iban a bajar se amontonaron en las puertas de los carros, y en el preciso momento en que éstas se abrieron, mirando con odio inaudito el semblante de quien creía era su madre, con la precisión de un cirujano le hundió el bisturí, partiéndole el corazón a la pobre mujer que tuvo la desgracia de parecerse a la progenitora de su asesino.
       Sintió un placer indescriptible cuando penetró el bisturí en el pecho de ella, su trabajo como embalsamador le había capacitado para ser preciso y evitar el sangrado; sólo unas cuantas gotas escurrieron entre sus dedos de la mano, excitándolo al máximo con su calor y viscosidad. Lo sucedido después transcurrió en unos cuantos segundos, pero pareció que todo se movía en secuencia retardada. La mujer se desplomó muerta entre el vagón y el andén, unos hombres trataron de sostenerla, una mujer gritó, mientras la mayoría de los pasajeros eludían el cuerpo o lo brincaban por encima. Él se alejó con gran tranquilidad, ocultando su rostro a las cámaras de vigilancia con la visera de su cachucha.
       Saboreando el éxtasis de su venganza, como enajenado llegó a su departamento. Una vez dentro, como en un ritual abrió la puerta del cuarto que casi siempre mantenía cerrado. La excitación le había provocado una dura erección, que le obligó a masturbarse dos veces consecutivas frente a las fotografías y recortes de periódico pegadas en un muro, de las veintidós mujeres asesinadas por él. Las primeras fotografías eran de su madre, y en los recortes los encabezados de ése 23 de diciembre señalaban que una mujer había sido masacrada de veintitrés puñaladas infligidas por su propio hijo, quien era buscado por las autoridades sin éxito alguno. 
       Como siempre le pasaba después de unos cuantos días, cuando perdía interés la noticia empezó a sentir la necesidad del reconocimiento y la emoción de burlar a sus perseguidores. Desde un café-internet lejos de su departamento, decidió enviar un e-mail a la procuraduría general del Distrito Federal, retando a las autoridades para que lo encontraran, antes que volviera a sentir el incontrolable deseo de matar:  
                                           Cuando el día se hace más pequeño
el vengador anda en el nido de la serpiente
para liberar su odio contenido,
dejando de maquillar a la parca
en la casa del sol naciente; es ahí
donde espera que el justo lo encuentre
antes de otro 23 de diciembre.
Si lo descifras me tienes
                                  El asesino del metro.
Fin.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario