jueves, 18 de febrero de 2016

Sabores de muerte


Sabores de muerte  
José Pedro Sergio Valdés Barón
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A sus dieciséis años de edad, todo lo que conocía eran los muros del cuarto y la cadena amarrada a su tobillo. Su único contacto con el mundo exterior era una pequeña ventana con barrotes situada muy cerca del techo, la cual le proporcionaba luz durante el día y le permitía contemplar las estrellas por la noche. Su mayor diversión era ver pasar alguna ave por la ventana, y en tres o cuatro ocasiones en toda su vida fue contemplar con asombro un enorme pájaro haciendo un ruido ensordecedor.
       A muy pocos semejantes había visto y el único que se presentaba con frecuencia era la temible mujer que lo golpeaba por cualquier pretexto y alimentaba una vez al día. Esporádicamente también entraba para lavar la inmundicia de varios días acumulada en el piso y para bañarlo con agua helada. Ahí se hizo patente y se desarrolló el peculiar don con el cual nació. Su hipersensible sentido del gusto podía distinguir sin error el sabor de cualquier cosa conocida en su mundo. Sin duda había influido la bazofia alimenticia que le llevaba la mujer, y que era la mescolanza de sobrantes de comida traídos desde algún lugar desconocido por él.
       Aunque no sabía más de unas cuantas palabras enseñadas por la mujer, en su mente había inventado los nombres de cada ingrediente que saboreaba, y así podía distinguirlos sin dudar, agregando a esa lista los sabores de cucarachas, grillos y roedores que con cierta regularidad complementaban su dieta. Sin embargo, durante algunos años conservó una rata, la cual amaestró para jugar con ella convirtiéndola en su única amiga, hasta cuando la mujer la descubrió y mató a escobazos.
       Un día la mujer regordeta no regresó; la luz y oscuridad se turnaron para filtrarse varias veces por la pequeña ventana. Sin idea de qué hacer, no sabía cómo gritar, hasta cuando se le ocurrió emitir un agudo lamento parecido a un aullido, esperando con ello que la mujer lo escuchara, pero el tiempo transcurrió y nada sucedía, sólo la pestilencia y el hambre se incrementaban.
       Al fin, una noche cuando sintió desgañitarse, escuchó ruidos como los hechos por la mujer antes de entrar a su entorno. Las linternas lo deslumbraron, y el miedo se apoderó de él al escuchar muchas voces y ver tanta gente como nunca antes. Creyó morirse cuando su cerebro pareció que iba explotar con tanta información confusa e imágenes jamás vistas por él. Personas, edificios, automóviles y luces desfilaron por sus ojos, hasta que sin saber qué estaba sucediendo su mente se colapsó, perdiendo el conocimiento.
       Se despertó sobre algo desconocido, una blanda cama de hospital con almohadas donde reposaba su cabeza. Observó varias personas acostadas igual a él, extraños aparatos y por vez primera vio un televisor. Fue atendido por enfermeras y médicos hablando lo que él no podía entender, y también por primera vez en su vida se sintió limpio y saboreó un postre de gelatina con sabor a limón.
       Todo el mundo en el hospital se compadeció, al enterarse de la trágica historia del muchacho que erizaba los vellos del cuerpo, y aunque se fue alterando un poco al pasar de boca en boca no se alejó mucho de la verdad. Al parecer, el joven había sido recogido por una tía materna siendo un bebé con unos cuantos días de nacido, al morir la madre por causas desconocidas. La tía, una mujer solitaria poco agraciada, era la única pariente del recién nacido, quien vivía en una apartada vivienda todavía en obra negra en lo alto del cerro del Ajusco y que nunca se concluyó al morir el marido. No se sabía la razón por la cual la tía encerró al muchacho desde muy temprana edad; se suponía que como no tenía a nadie para cuidarlo, mientras ella salía a trabajar como ayudante de cocina en un famoso restaurante, lo encadenaba en un cuartucho construido sobre piedra volcánica, en medio de varios arbustos y tupida maleza al fondo del terreno donde se levantaba la vivienda principal.
       También se especulaba que tiempo después, ya vieja y cansada, la tía optó por dejar a su sobrino encadenado permanentemente, para no molestarse más de lo mínimo necesario. La carga era demasiada pesada y le enfurecía las veces que interfería en sus relaciones esporádicas con algún hombre; entonces bajo el efecto del alcohol o la droga ella y su pareja en turno perdían el juicio, desquitando su rencor con la vida golpeando de manera inhumana al infeliz muchacho. Los inviernos eran crudos a esa altura de la serranía, y una noche fue tan fría, que la mujer se apiadó del sobrino semidesnudo y le llevó un raído cobertor para que no muriera congelado. De regreso a su morada, donde le esperaba un acogedor fuego, la muerte sorprendió a la mujer en la mitad del escabroso terreno, e irónicamente después de haber cometido un acto humanitario. 
       El jovencito sin nombre y sin saber hablar fue llevado a una casa hogar en la delegación Tlalpán, después de varios meses en que trataron en el Hospital General su aguda desnutrición, las heridas abiertas en su tobillo deformado causadas por la gruesa cadena, y las fracturas mal soldadas en diferentes partes de su cuerpo, evidencias del maltrato sufrido en manos de quien supuestamente debía cuidarlo.
       En la casa hogar le nombraron Fidencio; una psicóloga intentó sanar sus profundos traumas mentales, y varios maestros se acomidieron para enseñarle lo más elemental y a comunicarse en castellano; nunca aprendió hablar bien, pero más o menos se hacía entender. Fidencio se convirtió en un joven solitario y callado, no hablaba más de lo requerido, y sus compañeros del orfanato se apartaban de él burlándose y observándolo a lo lejos. Para Fidencio lo único que le importaba era saborear todo lo que podía meterse en la boca; desde lo que para él eran las delicias de la comida en el albergue, hasta las hojas de árboles y los pequeños insectos cazados en el jardín o en el patio de juegos, ocasionando las risas o el disgusto de las personas que lo miraban.
       En la casa hogar, los jóvenes fabricaban pequeños mecheros para mantener calientes, en baño maría, los recipientes de comida en los bufet de restoranes o eventos sociales, y el dinero que ganaban ayudaba a los gastos del orfanatorio. Un día Fidencio fue escogido para entregar un pedido en un afamado restorán en la Zona Rosa. A un lado del chofer de la camioneta y dos compañeros, el sombrío joven iba asombrado de todas las maravillas que sus ojos descubrían en el extraño mundo jamás imaginado por él.
       Al llegar al restaurante, debieron pasar frente a la cocina para llegar a la bodega donde era entregada la mercancía; Fidencio no dejó de admirar la exquisitez de todas las delicias cocinándose que le hicieron tragar saliva. Sin poderse controlar entró en la cocina, y tomando un cucharón probó el guiso de una humeante cacerola, dejándolo por completo  extasiado el sabor que disfrutó su paladar y lengua.
       Pierre Tirel, el robusto Chef en jefe, gritó y estuvo a punto de agredir al confundido intruso, y acercando su cara a la del muchacho le cuestionó con su gangoso acento: —Porrgué higsite tal locugra? —Fidencio sólo acertó a quedársele mirando. — ¿Quiéng egs este mugchachog y quég hagce en mi cogcigna? —continuó el enfurecido Chef. En seguida el chofer y uno de los compañeros tomaron del brazo al joven y disculpándose comenzaron una penosa retirada; entonces Fidencio se detuvo y volteando a ver a Pierre, le dijo con su deficiente español: — ¡Muy buena… combinación, mezclados ingredientes… bog, late, male y sando… buena! —volteando a ver a todos, el Chef inquirió: — ¿Quég digce? —por toda respuesta, Fidencio se abalanzó sobre una despensa y tomó uno a uno los ingredientes: Zanahorias, mantequilla, dientes de ajo, hebras de azafrán, jengibre, naranjas, sal y pimienta exclamando orgulloso: — ¡Ser estos!
       Todos los presentes se quedaron expectantes mirando al sorprendido Chef, quien exclamó: — ¡Mi sogpa du zanaghoriagas a la nagranga! ¿Supigtes todo egso, con sóglo probagrlo? —Fidencio asintió con la cabeza. Entonces, incrédulo, el Chef Pierre le dio a probar los guisos de diferentes cacerolas, preguntándole a continuación cuáles eran los ingredientes y por su intensidad sus respectivas proporciones. Media hora después de respuestas con ejemplos y algunas palabras, el Chef quedó convencido del extraordinario don del muchacho.
       Pasados unos días, un representante del restaurante “Les Moustaches” llegó a la casa hogar preguntando por Fidencio; al encontrarlo y en presencia del administrador de la beneficencia, le ofreció trabajo en el restorán, bajo la tutela del prestigiado Chef internacional Pierre Tirel. Muy serio y un tanto sorprendido, Fidencio, con la aprobación del administrador, aceptó la propuesta.
       Como Fidencio no sabía moverse en la enorme ciudad de México, decidieron acondicionar la bodega del restorán, para que allí pudiera dormir el muchacho; la cual estaba junto al baño de empleados, donde hasta podía bañarse en la regadera ahí instalada. Para Fidencio era como vivir en un palacio, en comparación a la pocilga en la cual vivió la mayor parte de su corta existencia. El Chef Pierre le recibió amablemente y en muy poco tiempo se convirtió en su exigente maestro, quien no tardó en enseñarle los nombres de todos los ingredientes posibles, revelándole también los secretos de la alta cuisine. Semanas después, no sólo cocinaban exquisitos platillos para la delicia de los clientes de “Les Moustaches”, sino comenzaron a experimentar nuevas recetas que excitaban sus propios delicados paladares. La retraída personalidad de Fidencio pareció no cambiar, pero en su inexpresivo rostro se relajaba el deleite cuando probaba algún manjar cocinado por ellos.
       Una noche, cuando Fidencio se preparaba para acostarse a dormir, entró a la bodega Pierre; parecía pasado de copas, algo inusual en él. Se acercó al desprevenido muchacho y trató de abrazarlo, diciéndole: —Apuegsto queg egres virgren, pego tu maegtrog te enseñagrá algro nuevgro —asustado Fidencio trató zafarse de la mano que le cubría la boca para no dejarlo gritar, pero sus esfuerzos fueron inútiles ante la fuerza y corpulencia superior a la del enclenque muchacho. Entonces, sin pensarlo, mordió con todas sus fuerzas la mano del agresor, arrancándole por completo un dedo. Pierre soltó al joven maldiciendo en francés, y al trastabillar con unos zapatos, Fidencio aprovechó para tomar un pesado ablandador de carne que se encontraba sobre una mesa cercana, y enfurecido golpeó una y otra vez el cráneo del sorprendido Chef.
       Cuando finalmente se detuvo, la cabeza de Pierre era una masa sanguinolenta e irreconocible. Fidencio estaba confundido por completo, no entendía lo que había pasado; si alguna vez Pierre había dado muestras de su homosexualidad, para el joven no habían significado nada. Parado ahí contemplando el cadáver, no tenía idea de lo que debía hacer. Estaba paralizado y con su mente en blanco, hasta que el sabor de la sangre del Chef en su boca lo volvió a la realidad. Nunca antes había probado sangre humana y ahora su sabor inundaba totalmente su mente; era algo sublime y glorioso, algo que nunca antes había paladeado y provocado tal deleite. En ese momento supo qué hacer. Como pudo arrastró el cuerpo hasta cerca del refrigerador horizontal, y al no poder levantar el pesado cuerpo, tomó un filoso cuchillo de carnicero y procedió a cortarlo en pedazos. Amanecía al poner los últimos paquetes de embutidos y verduras sobre los trozos de Pierre Tirel.
       Esa mañana, Fidencio incluyó en el menú un estofado de ternera, después que el gerente le dio la responsabilidad de cocinar los platillos en ese día, al no aparecer el gran Chef Pierre por ninguna parte. Para sorpresa del gerente, las hostess y meseros, ése día se agotó el estofado y los filetes de pavo a la pimienta; siendo muchas la felicitaciones para el Chef. Semanas después, la fama de “Les Moustaches” creció como espuma y la gente hacía fila para entrar a comer o cenar. Los dueños y el gerente del restaurante decidieron que Fidencio sustituyera a Pierre, cuando éste no apareció a pesar de la búsqueda de la policía, y al constatar que no le importaba a nadie su paradero. Al genial joven le aumentaron el sueldo y le otorgaron el título de Chef internacional, nombrándolo Fid d´Encie.
       Fidencio se encontraba en un serio problema, las partes de Pierre se habían agotado y él se había obsesionado con la carne humana; además parecía que a mucha gente también le encantaba. A insistencia del Chef Pierre, Fidencio había aprendido a manejar la camioneta del restorán, para utilizarla en traer algunos comestibles y para dar el servicio de comida en eventos sociales. Esa misma noche llevó a cabo el plan que había fraguado; subiendo a la camioneta, tipo panel, una silla de ruedas abandonada en la bodega, sacó el vehículo del estacionamiento del restorán, y como la vez que lo hizo para deshacerse del cráneo y los huesos del difunto Pierre, le dijo al vigilante que se iba de parranda.
       Durante algunas horas anduvo vagando por las calles de la Zona Rosa; frío, calculador, con sangre de hielo observando sus posibles víctimas, midiendo los riesgos. Al llegar la madrugada, al fin se encontró con un borracho que estaba orinando en una calle poco iluminada. Estacionando la camioneta cerca de él, pensando que esa carne ya se estaba marinando en alcohol, fingiéndose discapacitado le pidió ayuda al borracho para bajar la silla de ruedas. En el momento en que el briago intentaba subir al vehículo para bajar la silla, Fidencio le propinó tremendo golpe en la cabeza con el pesado ablandador que llevaba a propósito. El hombre cayó fulminado, quedándose arrodillado sobre el estribo de la puerta corrediza en el costado de la camioneta. Batalló para terminar de subir a su víctima, pero tuvo suerte y nadie vio lo sucedido.
       Inició por primera vez su rutina. Destazó al pobre borracho como lo hizo con Pierre, y como no desperdiciaba nada guardó los sesos, vísceras y los trozos de carne en el refrigerador horizontal, al que prácticamente sólo él tenía acceso, cubriéndolos con una gruesa lona ahulada y una capa de hielo. Poniendo encima los embutidos y verduras procedió a hervir el cráneo y los huesos para descarnarlos por completo, y con el caldo resultante destilaba un jugo para posteriormente hacer concentrados de sabores. Los cuales utilizaba en novedosas recetas de alta cuisine, convirtiéndose más tarde en éxitos culinarios del restaurante “Les Moustaches”.
       La vida diaria de la gran metrópoli se vio alterada, cuando comenzaron aparecer cráneos y huesos humanos por varias partes de la ciudad. La gente especulaba algunas historias urbanas; desde manadas de perros comedores de hombres, hasta un ser infrahumano que había venido del más allá para comerse a los pecadores. La policía se encontraba desconcertada, y supuso que se trataba de un asesino en serie al descubrir por casualidad la coincidencia del adn de algunos cráneos, con el de varias personas reportadas como desaparecidas. Hasta ahí llegaban sus investigaciones; no encontraban ningún factor común entre las víctimas, ni motivos o escenas del crimen; sólo sabían que todas habían muerto de un fuerte golpe en el cráneo y sus restos óseos dispersados, limpios y relucientes, después de haber sido hervidos.
       Al principio Fidencio elegía sus víctimas indiscriminadamente, considerando sólo las oportunidades y los riegos, sin importar si eran hombres o mujeres, adultos o jóvenes. Sin embargo, no tardó mucho para darse cuenta que las mujeres eran más adecuadas que los hombres; sus cuerpos eran bastante más livianos y maniobrables, tenían mayor cantidad de carne muy blanda y su sabor era deliciosamente un poco más dulzón.
       Para Fidencio no tenía importancia que su cuenta de nómina del Banco se estuviera incrementando, su único propósito en la vida era satisfacer su insaciable adicción a la carne y sangre humana, y como no era tonto, sabía que mientras proveyera de sus deliciosas recetas a “Les Moustaches”, él gozaría de un techo y todos los recursos necesarios para disfrutar y satisfacer, por fin, su ahora agradable vida. Fidencio no distinguía entre el bien y el mal, por ello no podía sentir ningún remordimiento por sus abominables actos; para él era algo tan normal, como la vida que sufrió en lo alto del cerro del Ajusco. Sin embargo, a veces le preocupaba que la policía pudiera detenerlo, porque sabía muy bien que entonces ya no podría seguir deleitándose con la exquisita carne humana. Ese temor obligó a Fidencio ser cada vez más cuidadoso, y perfeccionar su estrategia y métodos para hacerse de su principal materia prima.
       Un día el gerente requirió que Fidencio se presentara en una mesa, en la cual se encontraban varios importantes políticos acompañados de algunas estrellas del espectáculo, quienes solicitaron la presencia del Chef para felicitarlo personalmente por tan deliciosa comida. Apareciendo con timidez y un tanto reacio, Fidencio se quedó embelesado con la belleza de una mujer que resaltaba entre las personas sentadas alrededor de la mesa, y sólo escuchó en la periferia de su consciencia, la voz del robusto hombre que le decía: — ¡Lo felicito maestro Fid d´Encie por sus exquisitos platillos, felicitaciones! —Fidencio sólo acertó dar las gracias sin quitar la vista de la mujer, quien sonriendo sensualmente le regresó la mirada. Como entre sueños regresó a su cocina, decidido a conocer todo sobre ella y a sabiendas que jamás la olvidaría.
       Esa misma tarde se atrevió preguntarle a uno de los meseros por la bella mujer; éste burlonamente le inquirió a su vez, si no conocía a la célebre estrella de telenovelas Miranda del Mar, lo que Fidencio negó con la cabeza. Riéndose, el mesero le sugirió que la viera por televisión todas las tardes, cuando trasmitían su más reciente telenovela. A partir de entonces, Fidencio se volvió su fan y no se perdió ni un solo capítulo del drama televisivo, en el cual Miranda era la principal protagonista. No conformándose con eso, compraba todas las revistas de espectáculos en las cuales ella aparecía y comenzó indagar en dónde vivía. Su obsesión por Miranda sólo era superada por su adicción a la carne humana; aunque en su mente no estaba definido con claridad, si era porque deseaba comérsela o el motivo era algo nuevo todavía no muy consciente en él.
       El mesero sorprendió a Fidencio semanas después, al informarle que la famosa Miranda del Mar se encontraba en una de las mesas comiendo. Calmándose para no denotar su emoción, dejó pasar un rato antes de asomarse al restorán. Escondido detrás de los mostradores del bufet, la contempló hasta que salió del lugar junto con sus acompañantes. Más tarde buscó el número de las placas del auto de ella, el cual había sido registrado en el estacionamiento del lugar, y así logró indagar el domicilio de la actriz con un frecuente comensal empleado del departamento de vialidad del Distrito Federal.
       Su agradable vida se vio alterada por su precaria salud, la cual se deterioraba de manera evidente; consecuencia atribuida al maltrato sufrido en lo alto del Ajusco y al incremento de sus actividades diarias. Por las mañanas preparaba el menú del día ayudado por los cocineros; en la tarde, después de ver la telenovela, experimentaba con sus recetas y concentrados de jugo humano, y por las noches cuando no estaba buscando materia prima, se la pasaba espiando la casa de Miranda del Mar.
       Después de un tiempo sabía con exactitud lo que deseaba hacer. Había estudiado las rutinas de Miranda y sabía que ella vivía sola acompañada de su mascota, una perra negra Scottish Terrier, y también con su vieja mucama, quien dormía en el cuarto para la servidumbre en la azotea de la residencia. En algunas ocasiones algún hombre se quedaba con ella en la noche y por lo general se escabullía por la mañana. Durante el día se presentaban la cocinera, el jardinero, y cuando Miranda permanecía en la casa desfilaban muchas importantes personalidades. Si no salía, o si lo hacía y regresaba temprano, se iba a caminar a un parque cercano paseando su mascota, con frecuencia al anochecer. Fidencio esperó con paciencia el día y el momento apropiado. Cuando al fin se presentó, procedió con su plan.
       Trotando en sentido contrario al de ella, Fidencio fingió tropezarse cayendo frente la mujer; de inmediato Miranda se acomidió ayudarlo, mientras su mascota ladraba al muchacho. Preocupada se prestó a que el joven se apoyara en ella para poderse levantar, preguntándole: — ¿Está bien…puede caminar?—. Aparentando un fuerte dolor apenas le respondió: —Creo…rompí el tobillo—. Pasando un brazo de él sobre su espalda y tomándolo por la cintura, Miranda logró que caminara apoyándose en ella, en tanto le inquiría: — ¿Vive cerca?… ¿A dónde quiere que lo lleve? ¿Desea llamar alguien?—. Negando con la cabeza, él le dijo: — ¡No!...Gracias, aquella mi camioneta, favor allá llevarme—. Mientras caminaban hacia el vehículo y la mascota seguía ladrando, Miranda veía el rostro del lesionado, alterado por los gestos de dolor. — ¿Le conozco?... su cara me es familiar —dijo, en tanto abrían la puerta lateral de la camioneta y se sentaba el adolorido desconocido. —Tal vez…trabajo restorán “Les Moustaches”—. Reconociéndolo, ella exclamó: — ¡Por supuesto!… Usted es el Chef—. Con más confianza, Miranda se sentó junto a él, tratando al mismo tiempo de hacer que se callara su perra.
       Fidencio había observado que dos o tres personas se fijaron en ellos, especialmente por el escándalo de la mascota; sin embargo, debía correr un riesgo calculado. Era improbable que hubiesen tomado el número de placas, y además había cubierto con pintura de agua el logo del restorán en los costados de la camioneta. 
       En determinado momento, cuando la mujer volteó para callar a su perra, Fidencio tomó el ablandador y le rompió la cabeza a la bella actriz, quien empujada por él cayó recostada dentro la camioneta. En seguida le dio un fuerte puntapié al animal y aprovechó para terminar de subir las piernas de la infortunada Miranda del Mar. Cerrando la puerta corrediza echó andar el vehículo, seguido por la mascota que corría detrás ladrando sin parar; hasta que en una bocacalle, la Scottish Terrier acabó siendo atropellada por un auto que no la pudo esquivar. Aliviado al verse librado del molesto animal, Fidencio condujo tranquilo perdiéndose entre las calles de la gran metrópoli.
       Al llegar al estacionamiento de “Les Moustaches”, lavó la camioneta para eliminar la pintura de agua que cubría los logos del restaurante, y esperó hasta estar seguro que el vigilante dormía profundamente como era su costumbre. Con mucho trabajo y ayudado por la silla plegable, bajó el cuerpo de Miranda introduciéndola en la cocina. Ahí la desnudó y la contempló fascinado hasta la madrugada, pero en esa ocasión no quiso descuartizarla; con grandes esfuerzos la metió al fondo del refrigerador, cubriendo la evidencia como siempre lo hacía.

El sargento Mario Medina estaba cansado y aburrido; se había pasado gran parte de la tarde interrogando a vecinos de la famosa Miranda del Mar y deportistas que caminaban o trotaban en el parque cercano a la residencia de la señora, pero nadie la había visto u observado algo inusual en los pasados días. Los familiares pensaban que había sido raptada el día que la mucama aseguraba haberla visto salir a caminar con su mascota Lady, como lo hacía con frecuencia, aunque esta vez no regresó.
       El sargento Medina estaba muy molesto, porque el capitán del grupo especial de la pgr les había llamado una vez más la atención, por no haber avanzado nada en la investigación del asesino tira huesos, como ya lo nombraban, y ahora también los estaba presionando para encontrar pistas y resolver la desaparición de la famosa actriz Miranda del Mar.
       Sentado detrás su desordenado escritorio, el sargento meditaba sobre los hechos que hasta el momento conocían sobre el asesino tira huesos: Tenían las ubicaciones de los cráneos y huesos encontrados; por los cortes parecía que se había utilizado un filoso cuchillo de carnicero, habían identificado varias de las víctimas por su adn y… — ¡Me lleva la chingada! —Se dijo — ¡No tenemos nada! —concluyó mirando el plano de la ciudad, donde tenían marcados los lugares en los cuales habían sido encontrados los restos óseos. De pronto se percató de algo evidente y al parecer nadie había tomado en cuenta: la mayor parte de los restos fueron encontrados en el área de la Zona Rosa. Entonces se le ocurrió comparar la localización de los restos humanos, con la cronología de la desaparición de las víctimas identificadas, y para su sorpresa descubrió que las primeras habían sido vistas por última vez en la Zona Rosa, y coincidía, en tiempo, con las ubicaciones donde fueron encontrados sus cráneos dos o tres días más tarde. Emocionado, concluyó que al parecer el asesino había comenzado a cazar sus presas en la mentada Zona Rosa y desechado allí mismo sus restos. Después, conforme fue depurando su modus operandi, su patrón de conducta se hizo más aleatorio y se fue extendiendo por la ciudad.
       Le pareció que por fin había encontrado una de las posibles escenas del crimen, aunque bastante extensa; sin embargo era un paso para desestancar la investigación. Ahora, pensó, sólo faltaba localizar el sitio exacto y eso iba a ser algo más difícil. Por lo pronto decidió seguir él solo con la investigación, hasta que tuviera más consistencia su teoría y entonces se la restregaría en la cara a su jefe y todo el mérito sería para él.
       Durante los siguientes días interrogó a las personas que habían sido las últimas en ver a las víctimas; recorrió los sitios donde las habían visto y anduvo preguntando en busca de posibles testigos, y aunque no descubrió nada nuevo, cada vez que lo pensaba su instinto le decía que era muy probable su hipótesis.
       En su pequeño departamento, sentado en su sillón preferido, el sargento Medina miraba el televisor sin verlo; su mente trataba descifrar los hechos para armar el rompecabezas. Por experiencia presentía que estaba muy cerca la pieza clave, sólo requería identificarla, reconocerla. Volvió a repasar las pistas en su poder; se había asegurado que en toda la Zona Rosa no existían carnicerías; reduciendo los lugares donde podían haber cuchillos de carnicero a los negocios de comida: taquerías, torterías y restoranes de los cuales había muchos en el área. Circunstancia que hacía bastante difícil encontrar el lugar donde el asesino destazaba sus víctimas, si no encontraba alguna otra evidencia para identificarlo. Pensando en restaurantes se le prendió una luz en su mente, al recordar la desaparición de un famoso cocinero. Sin perder tiempo, tomó el teléfono en espera que hubiera alguien en la comandancia. Por suerte le respondió uno de los agentes del grupo asignado a la guardia, a quien le solicitó buscar un expediente con la investigación de la desaparición de un famoso Chef en la Zona Rosa, no hacía mucho tiempo. Pasada una desesperante espera, por fin su compañero le informó los pormenores asentados en el expediente: El nombre del Chef era Pierre Tirel, quien trabajaba en el restorán “Les Moustaches”. Hasta el momento seguía desaparecido y continuaba abierta la investigación, ahora asignada a la división de personas extraviadas. — ¡Dame la fecha en que se perdió! —interrumpió el sargento, y pasado un momento, sonriendo colgó el teléfono.
       Ahora todo parecía tener sentido; el Chef Pierre Tirel parecía haber sido la primera víctima; ahora sólo debía profundizar sus pesquisas en el mencionado restorán “Le Moustaches”.

Fidencio tenía un serio dilema, la carne humana se le había terminado para cocinar sus alabados guisos y estaba reacio a destazar a Miranda; por las noches continuaba admirando su belleza, ahora un tanto rígida. No podía hacerse de otro cuerpo, porque no cabrían los dos en el refrigerador sin ser descubiertos; así que haciendo un gran sacrificio se decidió por cortar en pedazos a la bella Miranda. Aunque en esta ocasión conservó intacta la cabeza con sólo la mortal herida en el occipital, pero lo suficientemente hermosa para seguir contemplándola. En los siguientes días, Fidencio disfrutó del exquisito sabor de la carne de Miranda, el cual le pareció que era el más delicioso de cuantos había probado a la fecha; haciéndolo experimentar una vivencia que lo llevó al clímax y a tener por primera vez en su vida una erección y un orgasmo.
       Fidencio intentó continuar con su rutina, pero en algún momento su reciente buena suerte cambió y los problemas comenzaron aparecer. Su frágil salud continuaba deteriorándose, y la diarrea durante el día y fiebre por las noches anunciaron la calamidad que se le avecinaba.

Cuando el sargento Mario Medina se presentó en “Les Moustaches” para interrogar al personal, fue sorprendido por la apariencia del Chef que había sustituido a Pierre Tirel; éste parecía un esqueleto ambulante, quien con muy raro hablar respondió sus preguntas. La experiencia del sargento pronto le dijo que el Chef Fid d´Encie mentía y ocultaba algo importante; desde ese momento Fidencio se convirtió en su principal sospechoso y comenzó investigarlo a fondo. No tardó en enterarse de la patética historia del joven, y consideró que ese entorno en el cual creció, pudo haber sido el elemento determinante para generar un sociópata compulsivo, sin ninguna moral que lo frenara. En la mente del sargento comenzó a tomar forma una teoría que le revolvía el estómago, pero aclaraba los hechos y acomodaba las piezas del rompecabezas que había vuelto loca a la sociedad y los cuerpos policíacos. El asesino tira huesos mataba para proveer de carne humana sus famosos platillos, que sin saberlo se comían los ingenuos clientes, y se deshacía de los cráneos y huesos tirándolos en las calles de la capital.
       Acompañado de refuerzos, regresó más tarde al restaurante para llevarse detenido al joven Chef y así seguir interrogándolo en la comandancia; acto seguido, el sargento Medina procedió a procesar lo que consideraba una posible escena del crimen. No tardó mucho para encontrar un cuchillo de carnicero, posible herramienta con la cual el criminal destazaba los cadáveres, y el pesado ablandador de carne con el que probablemente matara a sus víctimas. Mirando a su alrededor se fijó en el refrigerador horizontal, que sin duda tenía la capacidad para ocultar un cuerpo humano, y a pesar de estar preparado, fue sorprendido por su macabro hallazgo. No sólo encontró dentro restos humanos, sino también resolvió la desaparición de la famosa Miranda del Mar.
       La noticia se extendió como niebla entre las montañas, y no cesaban los elogios para la policía por haber detenido al asesino tira huesos y resuelto la desaparición de la querida estrella de telenovelas. Por supuesto, algunos clientes de “Les Moustaches” sufrieron traumas al saber que habían practicado el canibalismo y les había gustado, pero todos negaron tal experiencia; aunque muchos extrañaron el sabor de los deliciosos platillos con los cuales se habían deleitado. Sin embargo, para Fidencio no terminaba su patética vida; antes de llegar a juicio debió ser hospitalizado por una aguda infección de las vías respiratorias. En el hospital los médicos le diagnosticaron sida además de la infección, y sin haber sido enjuiciado nunca, Fidencio sin apellidos, el asesino tira huesos, murió de una infección pulmonar aproximadamente a los diecinueve años de edad.
       El sargento Mario Medina estaba seguro que Fidencio había sido víctima de la venganza del gran Chef Pierre Tirel. Sus interrogatorios del criminal le habían permitido conocer bastante de su mente sociópata y su corta vida, y sabía que el joven asesino en serie nunca tuvo relaciones sexuales con nadie y tampoco fue drogadicto; por lo cual era muy probable el haberse infectado cuando desprendió el dedo de su maestro y tutor, teniendo contacto en su boca cortada y bebiendo la sangre infectada de sida. La probabilidad se fortaleció al comprobarse que la enfermedad también llevó a la muerte algunas de las parejas homosexuales del difunto Tirel. Por fortuna, la carne de Pierre ingerida por los comensales de “Les Moustaches” estaba cocinada y no hubo riesgo de contagio.
       En cuanto concernía al sargento Medina, el final del asesino tira huesos fue pura justicia divina.

Fin
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