martes, 17 de marzo de 2015

El regalo



El regalo  
José Pedro Sergio Valdés Barón

Se hacía tarde y Amparito tomando la mano de su pequeña hija Rocío aceleró el paso, intentando llegar a tiempo al trabajo en el asilo del anciano La Eternidad, donde laboraba como cocinera desde hacía cinco años, comenzando poco después de haber nacido su princesa colgada ahora de su mano.
Esa noche era nochebuena, y además de la cena para los adultos mayores debía preparar la de su familia, aunque en casa tendría la ayuda de su madre y cuñadas, pero aún así habría mucho trabajo para darse abasto con tanta gente, tal y como sucedía desde hacía muchos años cuando celebraban en familia el nacimiento del niño Dios. Tradición en la cual además de disfrutar a los seres amados ahí reunidos, degustaban los deliciosos platillos preparados por su madre y ella, como eran los tamales, romeritos y el bacalao a la vizcaína. También era uno de esos días en los cuales debía cargar con Rocío al trabajo, porque no había nadie disponible que se hiciera cargo de ella, y menos ahora cuando se había vuelto tan traviesa, pareciendo torbellino dejando un caos a su paso. Ese día esperaba que se entretuviera platicando con los ancianos sin molestarlos demasiado y antes que le llamara la atención la señorita Aramburu administradora del asilo, quien a pesar de haberle dado consentimiento para llevar a su hija al trabajo, su carácter de pocas pulgas la hacía impredecible, y más valía no jalarle la cola al tigre.
No era fácil criar una hija siendo madre soltera y menos si era una niña como Rocío. La pequeña era muy inteligente pero demasiado inquieta, tanto que inclusive le encantaba bailar y cantar cuando estaba viendo en la tele sus programas preferidos. Aunque no era nada obediente, ésa mañana muy temprano se había levantado sola, entusiasmada por acompañar a su madre a la casa de los viejitos, como ella llamaba al asilo para personas de la tercera edad. Con su gruesa chamarra, pantalonera y una bolsa de plástico con sus muñequitos Pet Shops trataba de mantener el paso de su madre, en tanto por el esfuerzo exhalaba vaho por su boquita. La fría mañana decembrina presagiaba lloviznas de las que empapan y calan hasta los huesos, pero por fortuna aún no se precipitaban sobre la metrópoli, sólo el frio cortaba sus rostros chapeados mientras trotaban por las casi desiertas calles.
Al llegar al asilo, las dos ayudantes de cocina apresuradas servían el desayuno a unos cuantos adultos mayores, pero aún faltaba la mayoría —en total unos veinte ancianos— quienes vivían como sentenciados esperando la parca en el asilo geriátrico. Mientras tanto algunos serían recogidos por sus familiares esa tarde, para festejar en compañía de los suyos las festividades de fin de año. A la mayoría sólo los visitarían sus parientes por unos minutos para volverlos olvidar durante todo un año, y tal vez dos o tres sufrirían el desengaño de no ver a ningún ser querido en esa fecha; sólo había uno a quien con seguridad nadie visitaría, como pasaba desde que fue abandonado en el asilo.  
Dejando a Rochi, como llamaban a su hija de cariño, en el cuarto de despensa jugando con sus Pet Shops, Amparito se apresuró para ayudar a sus asistentes con el desayuno, e iniciar la preparación de la comida y la cena especial de ese día para el personal asignado a quedarse de guardia, y los ancianos que sumidos en la tristeza finalmente se quedarían a celebrar la tradicional noche recluidos en la institución.
No pasó mucho tiempo para que Rochi se aburriera y se saliera a curiosear a la cocina, donde estaba su madre atareada hasta el copete. Como nadie le podía prestar atención y era peligroso andar entre los guisos cocinándose, su madre la sacó al jardín que languidecía de frio. Ahí se encontraban algunos ancianos tratando de calentarse un poco, con el sol que tímidamente se esforzaba por abrirse paso entre las nubes plomizas. Dejando encargada a su pequeña con el conserje, a quien le pidió de favor que le echara un vistazo de vez en cuando, Amparito regresó a sus labores, en tanto la niña se acercaba a una pareja de ancianos sentados en una de las bancas del parquecito, y sin ninguna inhibición se puso a platicar con ellos. Se dice que los viejos y los niños comparten una simbiosis especial que conecta los extremos del ciclo de la vida y permite una espontánea relación entre ellos. De cualquier manera, Rochi y la pareja de adultos mayores entablaron una conversación que pareció divertirlos por un buen rato. De pronto, la niña se percató de un anciano que a la distancia parecía vulnerable y doblado por la tristeza, quien solitario se escondía en una banca alejada con la mirada perdida en el horizonte, más allá de la reja blanca que limitaba la propiedad de La Eternidad.
Aproximándose con lentitud y sintiendo curiosidad por aquel extraño personaje, Rochi se sentó en el otro extremo de la grada, mirando de reojo la encorvada figura del anciano. Pasado un tiempo la pequeña se atrevió acercarse al ensimismado hombre, preguntándole con su tierna vocecita: «¿Qué hace?». Hasta ese momento el anciano pareció percibir la presencia de la niña, respondiéndole después de un breve momento: «No sé». Rochi insistió: «¿Quiere platicar?». Con triste y desconcertada mirada el viejo volvió a responder: «No sé». Entonces mostrando una ingenua sonrisa la pequeña le dijo: «Hoy en la noche llega Santa Claus». El viejo sólo repitió el: «No sé».  
Al mismo tiempo, desde una ventana en el segundo piso del edificio geriátrico, el doctor Cervantes observaba el lento caminar de la capa de nubes amenazando con empapar la ciudad; de improviso se dio cuenta que una niña intentaba interactuar con uno de sus pacientes. Interesado logró percatarse que el anciano parecía responderle a la pequeña, iluminando de pronto el cerebro del galeno. Llamando a Miriam, la jefa de enfermeras, le inquirió cuando estuvo junto a él:
—¿A qué hora le toca su medicamento a don Nacho?
—En poco menos de una hora —respondió solícita la enfermera.
—¡Bien!... Suspenda la mementina y sustitúyala con Fluoxetina —le ordenó a la confundida asistente.
—¿Cómo dice doctor? —la enfermera, Miriam, intentó confirmar la orden.
Por toda respuesta, el doctor Cervantes le señaló la banca del parque donde se encontraban la niña y el anciano, en tanto le indicaba a la enfermera:
—¿Puede ver cómo reacciona don Nacho a lo que le dice la niña?
—Sí —le corroboró la jefa de enfermeras.
—¡Si fuera Alzheimer no interactuaría con la niña como lo está haciendo! —exclamó el médico, entusiasmado por su atrevida deducción.
—Entonces… ¿Es depresión? —tanteó la enfermera veterana.
—¡Una muy aguda depresión! Adminístrele el antidepresivo y lo sabremos en dos o tres semanas con seguridad —aventuró el galeno—, mientras tanto quisiera seguir observando esa relación. ¿Quién es la pequeña que logró la atención de don Nacho?
El doctor Cervantes se fue a mirar más de cerca a su paciente y la niña, en tanto la enfermera se dirigió a cambiar el medicamento e investigar quién era la jovencita.
Alguien más había notado la interacción de la niña con el anciano, y molesta de inmediato se dirigió a la cocina para llamarle la atención a la cocinera, quien no había respetado sus claras instrucciones:
—¡Señora Amparo! ¿Acaso no le ordené evitar que su hija molestara a los pacientes? —fue lo primero en espetar la señorita Aramburu, cuando enfrentó a la apenada madre de Rochi.
—Lo siento, no volverá a pasar, ahora voy por ella —se disculpó la señora Amparito, al mismo tiempo que se disponía a salir en busca de su hija.
—¡Creo que fui bastante explicita, cuando le permití traer a su hija al trabajo! —insistió molesta la administradora.
—Desde luego que sí señorita Aramburu, perdone usted —volvió a disculparse con la iracunda mujer.
En ese momento se presentó la enfermera Miriam, y al darse cuenta de lo que sucedía, se apresuró para rescatar a la pobre cocinera, explicándole a la señorita Aramburu las instrucciones del doctor Cervantes:
—…y me ordenó permitir a la niña seguir relacionándose con don Nacho —concluyó la jefa de enfermeras, apenas disimulando su satisfacción de contrariar a la administradora.
—¡El doctor Cervantes debió consultarme primero! ¿En dónde se encuentra ahora? —la irascible señorita se dirigió a la enfermera.
—Está en el patio observando a don Nacho —le indicó la aludida, reprimiendo apenas la risa. 
Dando media vuelta, la señorita Aramburu se encaminó al jardín a grandes zancadas. Al ver al médico se dirigió hacia él, y conteniendo su enojo le reclamó airada:
—¡Doctor Cervantes!... ¿Usted permitió que esa niña molestara al paciente? —dijo señalando a la pequeña Rochi, quien seguía hablándole a don Nacho.
—¡Así es! ¿Algún problema? —como buen psiquiatra, el médico sonrió y adoptó una actitud tranquilizadora.
—¡Usted bien sabe, que la política de ésta institución no permite a los visitantes alterar la tranquilidad de los enfermos! —replicó contrariada la administradora.
—Tengo entendido que esa política también contempla hacer todo lo posible para el bienestar de esos pacientes —le aclaró el galeno muy tranquilo.
—¿Me podría explicar cómo podría ayudar esa escuincla a la mejoría de don Nacho? Recuerde que yo también soy psiquiatra, además de la administradora de la casa La Eternidad.
—Por supuesto que sé que usted es psicóloga y una estricta administradora, pero le recuerdo que don Nacho es mi paciente y yo determino su tratamiento, y si pienso que la interacción con la niña puede mejorar su condición mental, le recuerdo que es mi decisión y en su momento haré el informe respectivo —le explicó el doctor Cervantes, haciéndole entender a la señorita Aramburu que daba por concluida la conversación.
—¡Esto lo reportaré al comité médico! —Sintiéndose impotente, la señorita Aramburu dio media vuelta y se retiró furiosa a su oficina.  
Como siempre, la señora Amparito batalló para que Rochi comiera algo, la inquieta niña prefería andar brincoteando y jugando en lugar de sentarse a comer como deseaba su madre. Dándose por vencida, Amparito llevó a su hija al patio, como se lo solicitó la enfermera Miriam para que volviera a platicar con don Nacho, quien después de tomar su nueva medicina y comer algo, regresó a sentarse en la banca ayudado por la enfermera, la cual se retiró a propósito para dejarlo solo. Para Amparito le pareció rara la instrucción de que su hija hablara con un enfermo, pero estuvo de acuerdo porque sabía que su hija era una niña muy despierta y sin duda el médico pensaba que podía ayudar al paciente de alguna manera.
Conforme se aproximaban al anciano, Rochi intuyo que algo estaba pasando a pesar de su corta edad, y sin poderse contener le preguntó a su madre:
—Mami… ¿Cómo se llama el viejito?
—Todos lo conocemos como don Nacho.
—¿De qué está enfermo?
—No lo sé, sólo sabemos que no habla con nadie desde que su hija lo abandonó hace algunos años, poco después que yo entrara a trabajar aquí —Le explicó a su hija.
La tarde era agradable, la temperatura había subido un poco y las nubes, arrepentidas por dejar caer su chipi-chipi en algunas partes de la ciudad, se alejaban con lentitud dejando a su paso unos girones de cielo azul. Rochi se acercó con su bolsa de juguetes y se sentó al lado del anciano, quien al sentir su proximidad volteó perturbado, pero al reconocer a la niña su rostro se relajó y pareció alegrarse. Después de un largo silencio, mientras jugaba, Rochi le preguntó al anciano: «¿Le pidió algo a Santa?». Un tanto confundido, don Nacho tardó en responderle: «No sé… Me gustaría». Rochi volvió a inquirirle: «¿Qué le pediría?». El viejo extravió su mirada en el lejano horizonte y pareció no haber escuchado a la niña; pasado un prolongado momento, don Nacho miró intensamente los ojos inocentes de Rochi, con un brillo en los suyos que parecía haber desaparecido hacía mucho tiempo, contestándole en un susurro: «Quisiera volver a ver a mi hija». Con su más alegre cara, Rochi tomó de la mano al anciano y lo jaló para ponerlo de pie, diciéndole: «En el árbol de navidad está un nacimiento con el niño Dios… vamos a pedírselo a él».
Sin esperar ninguna respuesta, Rochi siguió jalando a don Nacho hasta la estancia del asilo, donde se encontraba un árbol navideño con un nacimiento en su base, y en la cuna un niño Dios demasiado grande, desproporcionado en comparación al resto de figuras de cerámica que adornaban el nacimiento. Ahí la niña obligó al anciano a hincarse, y juntos comenzaron a orar para que se cumpliera el deseo de don Nacho.
La enfermera Miriam y el doctor Cervantes, quienes habían estado observando toda la escena, se voltearon a ver y sonrieron. Ambos sabían que el resto de la vida de don Nacho sería menos deprimente, y habían acertado en permitirle a una niña alegrar al viejo en esa Navidad. Sin nada por decir, cada quien continuó con sus labores para terminar ese día e irse satisfechos a sus respectivas casas para disfrutar de una alegre cena en compañía de sus seres queridos.
De la mano de su madre, Rochi regresó a su hogar para gozar una inolvidable nochebuena junto con toda su familia, hasta que avanzada la noche la convencieron para irse a dormir, amenazándola que no llegaría Santa Claus si no lo hacía. Con la esperanza de que el viejo barbón, con el traje rojo y sonora risa, también cumpliera el deseo de don Nacho, la niña con semblante angelical se quedó profundamente dormida.
No muy lejos un anciano dormía con una sonrisa en el rostro, y en su mano apretando el Pet Shop que le había regalado quien creyó era su hija.

Fin.

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